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The Girl and the Gorilla, New York World Magazine, 1914 / UNIVERSITY OF MARYLAND

Djuna Barnes y Nueva York

La escritora modernista retrató la ciudad de Nueva York desde una perspectiva insólita, como una viajera que descubre su propia ciudad, en sus artículos de prensa

06.01.2019 23:55 h.
7 min

La reconocida escritora Djuna Barnes vivió en Nueva York más de tres partes de su vida. Desde 1913 a 1919 ejerció como periodista y publicó en New York Tribune, New York Morning Telegraph y Sunday Magazine, entre otros medios, una serie de artículos sobre la ciudad. La compilación, Mi nueva York 1913-1919, publicada recientemente por la Editorial Elba, es una oportunidad excelente para avanzar en la poética de Barnes y el conocimiento de la ciudad, prácticamente entonces en plena "adolescencia" y "transformación", como recuerda Mª Ángeles Cabré en el prólogo.

Barnes formó parte de los llamados modernistas y miembros de la Generación Perdida. Esta última, formada por escritores como Ernest HemingwayJohn Dos PassosSherwood AndersonEzra Pound o Gertrude Stein, quienes coincidieron con ella en París en los años 20 y 30 del siglo XIX. Admirada por Truman CapoteAnaïs NinKaren BlixenDavid Foster Wallace y Lawrence Durrell, sus artículos están escritos con tal intensidad y detalle que se asemejan más a unos cuentos (pienso, por ejemplo, en los costumbristas de Chejov) que a unos meros artículos de autor para la prensa.

Djuna Barnes/ ABBOTT.

Djuna Barnes / ABBOTT

Las historias, con tramas incluidas, se abren y se cierran. Allí está la de la comisaria poeta, las sufragistas que educan a sufragistas, los combates de boxeo en Long Island o las ceremonias de té --en un relato primoroso-- de las tiendas de las callejuelas de la quinta avenida (todavía quedan lugares así). Barnes repasa barrios, personajes y hechos de Nueva York con el mismo exotismo que un gran viajero. Con una mirada cínica, ingeniosa y a veces llena de humor, se sitúa fuera (que no arriba, como se ha señalado) de las situaciones y las describe como si no formara parte del lugar, a pesar de vivir allí.

Djuna Barnes   VillagerSale por las calles y barrios de Nueva York a la búsqueda de la bohemia o de lo extraño o diferente, como haría un viajero. Sus retratos son excepcionales. Los personajes toman forma, color, y traducen y activan todos los sentidos del lector, como la mujer que le viene a la memoria en Coney Island, que podría servir como modelo (junto con algunos retratos de la literatura rusa de la segunda mitad del XIX) de cómo describir un personaje. Barnes, antes que nada, es mujer. Y una viajera se fija en las mujeres y las describe, al revés de lo que ocurre con los viajeros: "se necesita una mujer para conocer las tentaciones de las mujeres", escribe. 

Para T. S. Eliot, el editor, prologuista y valedor de su novela más conocida, El bosque de la noche (1936), su estilo literario es excelente y posee un ritmo y fraseo musical en la prosa. Sí, porque Barnes fuerza el lenguaje para ir más allá de las consabidas comparaciones de la literatura de viajes, dando lugar a su voz más modernista y poética: "niños que juegan sin hacer ruido como si fuesen las inocentes cenizas de alguna desesperación". A Barnes le gusta introducirse en los acontecimientos a lo gonzo y escribe unos reportajes al más puro estilo de la gran periodista Nellie Bly. Como sucede, en Las viejas glorias de Chinatown convertidas en polvo, donde narra su incursión en el barrio de Chinatown. Así reproduce el tiempo real de la ciudad y describe un Nueva York menos conocido

Djuna Barnes   Well of the SaintsBarnes selecciona y compila los acontecimientos de la ciudad a partir de su mirada como dibujante. Compone escenas, difumina luces y colores e, incluso, enmarca los personajes en passe-partout. En su afán por registrar la ciudad, la recorre, por tierra, en un bus turístico panorámico, y por mar, en un barco que rodea Manhattan. Desde allí, escucha el ruido de la ciudad que nunca duerme, el mismo que hace hoy y que solo se percibe cuando uno se aleja y la ve como lo que es: una isla. 

Nueva York es una mezcla de culturas e influencias diversas, Barnes sale en su busca, evita lo común y encuentra lo extraordinario. Le gusta diferenciar entre la mirada del viajero y la del turista, entre lo que considera auténtico y lo tópico, pues el turismo ha existido siempre y más en Nueva York. Brooklyn, Greenwich Village, Chinatown, el Bronx. Son barrios turísticos si no se miran con ojos viajeros: "convertirse en un forastero en tu propia casa, a fin de describirla con el colorido obligado".

Destaca la forma en que Barnes describe a Europa y, más específicamente, a Francia y París. Representan lugares de los deseos, modelos a seguir, que condicionan la mirada. Desde la noria de Coney Island, Barnes y sus amigos contemplan el cielo y se preguntan: "¿No se parece al jardín de las Tullerías?". Una pareja en una ventana da lugar al comentario: "Estas cosas solo se ven en Europa. Balzac habría sabido qué hacer con esto. Aquí en América quedará desperdiciado, ignorado, perdido. Es muy triste".

En definitiva, Barnes quiso desenmascarar a la vida y sus personajes para retratarlos mejor, según sus propias palabras, y para contar la vida "tal como es". La vida no era únicamente como ella la percibía, pero la seleccionó y la compiló con tal acierto que asistimos a lugares y momentos de la historia de Nueva York que no existirían de otra forma.

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