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Disparen al 'showrunner'

Disparen al 'showrunner'

La audiencia de las series ya no es un actor pasivo, sino que es capaz de destruir al propio creador de la obra si se siente traicionada

6 min

Chandler Riggs tiene 18 años, y lleva siete siendo Carl Grimes, el hijo de Rick Grimes (Andrew Lincoln) en The Walking Dead, la serie basada en los cómics de muertos vivientes de Robert Kirkman, en la que no es que nadie vaya a ir a ninguna parte --como ocurría en las películas del gran George A. Romero, padre del zombi tal y como le conocemos, en las que uno moría o escapaba casi definitivamente de la invasión--, es que va a tener que aprender a vivir con ello, porque el mundo, ahora, está muerto, y la vida se ha convertido en una perpetua huida, y una espera, angustiosa, del mordisco que acabe contigo convertido en un devoracerebros más. La serie funciona como lo hacen las series con midseason, esto es, lanza la mitad de una temporada y luego pulsa el botón de stand by durante semanas y mantiene en vilo a su audiencia a la espera del cierre de la misma durante un tiempo. Tiempo que, esta vez, su audiencia, por cierto, menguante --la serie empezó a dar muestras de desgaste hace al menos dos temporadas--, ha decidido aprovechar para intentar deshacerse del showrunner, un tipo llamado Scott M. Gimple.

¿Que cómo piensa hacerlo? Reuniendo firmas. La idea es reunir 75.000, cosa que harán, y probablemente, mientras usted lee esta columna, ya hayan hecho, pues las firmas crecían a razón de siete por segundo en la web de Change.org, y enviárselas a AMC para que actúe en consecuencia. El tipo al que se le ha ocurrido todo esto es un tal Tyler Sigmon, un Annie Wilkes de la ficción televisiva, quien, incapaz de soportar que su protagonista muera --porque Tyler está convencido de que "toda la serie había conducido al personaje de Carl a convertirse en el líder que es su padre, un día quizá tomando el mando él mismo", ha escrito--, quiere que alguien lo impida, y eso sólo es posible eliminando de la ecuación a Gimple. A la manera en que Annie Wilkes casi extermina a Paul Sheldon, el protagonista de Misery, el clásico de Stephen King, cuando éste, también novelista, había decidido acabar con Misery, la protagonista de una serie de novelas sin las que la existencia de Annie Wilkes no tendría sentido.

Wilkes ya no está sola

Lo curioso de aquello, obra de ficción, claro, clásico entre los clásicos del terror del autor --el fan que te destrona y quiere acabar contigo--, es que Wilkes estaba sola, con el autor en casa --por culpa de un desafortunado accidente--, y su solución era del todo drástica y macabra, y también, claro, ficticia. Ésta es real. Y Tyler no está solo. Hay miles, puede que incluso cientos de miles, de fans de la serie que se han sentido como Annie Wilkes y quieren sentar a Scott ante la máquina de escribir, como Wilkes sentó a Sheldon, y pedirle que escriba otro final, que invente, por ejemplo, que lo ocurrido no ha ocurrido en realidad, o que milagrosamente Carl va a ser el primer personaje que se libra del mordisco de un zombi. Algo que, por el momento, no va a ocurrir, porque el actor, el niño ya no tan niño Carl (Chandler Riggs) ha sido ya formalmente despedido, ante la estupefacción de su propio padre, quien aseguró que el chico había firmado por tres años más, hecho que le había llevado a posponer sus estudios universitarios, y aquí es donde gana fuerza la hipótesis de Tyler de que la decisión de Gimple no es creativa sino personal.

En cualquier caso, el público, la audiencia, ese ente que se entendía como algo pasivo, que se limitaba a dejarse narcotizar por lo que fuese que el creador decidiese que debía consumir, se ha vuelto un ente del todo activo, capaz de destruir, a lo Annie Wilkes, la vida del creador que no está siendo justo con su creación. Porque su creación ya no es sólo suya. El espectador ha pasado siete años con ese niño. Le ha visto crecer. Esperaba cosas de él. Cosas que, según parecía, iban a llegar, tarde o temprano. Y ahora se siente traicionado. Y no piensa aceptarlo. La empatía es un arma de doble filo. Y hoy todos podemos ser Annie Wilkes, y ya no estamos solos.