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Imagen de la exposición de Paula Rego en La Virreina / LA VIRREINA

El desprecio según Paula Rego

Ignacio Vidal-Folch recomienda la exposición de La Virreina donde se refleja la opinión del prójimo ocultada por la normativa social

3 min

Para quienes estén cansados del sentimentalismo melancólico de Hopper, o de la carne elegantemente desollada de Bacon, Paula Rego es una buena inyección de vitaminas, quiero decir de emociones reales, nada estetizadas.

En la exposición de La Virreina (Barcelona) hay tres grandes dibujos que se titulan, respectivamente, Repugnancia, Asco y Desprecio y que representan a una mujer vestida con lencería supuestamente erótica —portaligas y medias—, pero la muchacha es horrenda, su alma es baja y está sucia, y su expresión facial representa con gran exactitud lo que dice el título, no sé si en referencia al invisible compañero masculino del juego amoroso que allí va a establecer o a la vida en general, la que se ven forzadas a llevar todas las criaturas desde que por culpa del big bang el universo nació de la nada.

La normativa social

Es muy improbable que en la vida corriente podamos ver esa terrible expresión en el rostro de una mujer, o que la mujer la pueda ver en el rostro del hombre: la normativa social nos prohíbe manifestar de forma tan cruda la opinión que muchas veces nos merece el otro. Pero está por todas partes en estado de latencia.

Esa es la opinión que nos merece el prójimo —esa opinión opuesta al afecto y al deseo— en cuanto la puerta se cierra a sus espaldas: se tiene, es profundamente humana, aunque nos avergüence tanto proyectarla como recibirla, está muy difundida, y cuando la sorprendes fijada por un dibujo de Rego el reconocimiento de la verdad te pone los pelos como escarpias. Vale la pena ir a La Virreina, es una exposición excelente (y, por cierto, que el director, Valentín Roma, me parece que acierta mucho en su programación) y encima, gratis.

Sobre la peripecia de Paula Rego, gloria del arte portugués afincada en Gran Bretaña, se proyectaba hace unos días en un cine de Lisboa una película-entrevista que también podía adquirirse en CD en los kioscos, que es lo que yo hice. Es una vida tristísima. A punto estuve de llorar. Pero pensé que no me lo podía permitir. O Dios también me hubiera mirado con repugnancia, asco y desprecio.