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Régis Debray

Debray, en la sombra del Che Guevara

De aquel medio centenar de guerrilleros que han entrado en la noche oscura del tiempo, el más conocido, aún vivo, fue el entonces joven intelectual francés Régis Debray

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Hubo un momento decisivo en la aventura vital del Che Guevara, personaje que tanto ha impresionado las fantasías redentoras, las esperanzas de cambio de varias generaciones hasta convertirse en símbolo e icono pop, cuya efigie de beau ténénreux fijada por la cámara de Korda puede verse en compañía de roqueros como David Bowie y Mick Jagger y actrices como Marilyn Monroe y James Dean, todos descoloridos por el sol, en la toalla playera que cuelga en el escaparate de la tienda de la esquina, en Canet de Mar, pueblo de veraneo.

Aquel momento decisivo tuvo lugar al principio de la campaña contra Batista cuando se hallaba con sus camaradas guerrilleros acorralados en la selva, tras una batalla o escaramuza que salió mal. Obligados a retirarse corriendo para salvar la vida, y a decidir qué elementos de su impedimenta cargar consigo, Guevara vaciló entre el botiquín de médico y una caja de balas. Había tensión, peligro en el aire, una prisa loca por salir corriendo. Tras unos segundos de duda, Guevara agarró la caja de balas, se la colgó al hombro y salió de estampida. Así se decantó el destino de una vida que ya no se definiría por su capacidad de curar sino de matar, y que concluiría, pocos años más tarde, en la selva de Bolivia, donde con medio centenar de guerrilleros cubanos se proponía levantar a los campesinos para repetir la revolución cubana. La aventura salió fatal, los guerrilleros desertaron, murieron en combate, fueron hechos prisioneros o se escaparon, y Guevara fue fusilado. De ahí a la conversión en símbolo internacional intergeneracional de un moderno Cristo armado, violento y crucificado y a icono pop descolorido en la toalla de baño del bazar chino de Canet.

De aquel medio centenar de guerrilleros que han entrado en la noche oscura del tiempo, el más conocido, aún vivo, fue el entonces joven intelectual francés Régis Debray, cuyo momento decisivo tuvo lugar en 1965, y fue desde luego menos dramático que aquel en el que el che tuvo que elegir entre el botiquín y las armas: fue la publicación en Les temps modernes de un ensayo titulado El castrismo o la larga marcha de la América Latina, donde comparaba la victoria de los barbudos de Castro con los primeros pasos de Mao Tse Tung a la conquista de China. Ese artículo fue seguido de invitaciones a La Habana, la integración en la elite del régimen y la desastrosa aventura boliviana. Debray cayó preso y si no le fusilaron como fusilaron al Che unos meses más tarde fue gracias a que sus acomodados padres tenían acceso al presidente del Estado francés, el general De Gaulle, que se empeñó personalmente en salvarle la vida.

Después de cuatro años en cautividad Debray fue liberado y reanudó su vida como escritor político. Fue consejero de Salvador Allende y de François Mitterrand. Yo lo considero uno de esos “turistas del ideal” occidentales, esos intelectuales que predican la revolución en el tercer mundo desde un loft en el barrio latino, desde su cátedra en una universidad europea, desde las mesas de los restaurantes de cinco tenedores donde ils ont ses habitudes. Con la salvedad de que a diferencia de esos bon vivants Debray por lo menos lo que dijo con la pluma lo sostuvo con la espada.

Expliqué esto el otro día en el instituto Francés de Barcelona, en la presentación de Hija de revolucionarios, el magnífico y magníficamente bien escrito testimonio de Laurence Debray, hija de Régis, cuando saltó un señor del público, que bastante indignado preguntó qué son cuatro años de prisión en un pueblo de Bolivia, rescatados luego con honores y prebendas en el París del izquierdismo chic, comparados con la vida que perdieron cientos y cientos de chicos idealistas de los años sesenta y setenta que se enrolaron en las fallidas guerrillas hispanoamericanas convencidos por el influyente libro de Régis Debray ¿Revolución en la revolución?, publicado en Cuba a principios de 19767, luego en Francia, el “breviario del foquismo”, doctrina castrista encarnada por el che, que consiste en la multiplicación de focos guerrilleros.

Aquel señor desconocido, y dolido, nos desafió a que leyésemos ahora ¿Revolución en la Revolución? para que comprobásemos qué clase de basura intelectual era, y lo decía con la relativa autoridad que le confería haber leído y apreciado más otros libros del mismo autor, y tener --supuse yo-- alguna cicatriz secreta que no quiso mostrar.

Así se abrió el tema, tan importante, y meollo de Hija de revolucionarios, que es la responsabilidad del intelectual. Pero lo dejamos pasar sin detenernos. Allí en el Instituto Francés sólo se me ocurrió pensar que si cuatro años de amargas penalidades con la vida pendiente de un hilo le parecían a aquel señor poca compensación, poco castigo para Régis Debray por los daños que causados por su influencia sobre los juveniles, y por consiguiente blandos y maleables, cerebros de sus lectores ¿qué pena hubiera sido plausible imponerle, o que se autoimpusiera? ¿Veinte años? ¿El paredón? ¿Quizá, una vez rescatado por los buenos oficios de De Gaulle y de Pompidou, presidentes al fin y al cabo derechistas y hay que suponer que en las antípodas de su pensamiento y de sus convicciones, hubiera debido considerarse intelectualmente desautorizado y en adelante reducirse al silencio en vez de seguir opinando sobre Allende, Mitterrand, el subcomandante Marcos, los sandinistas, Chaves, etcétera?

Recordé la respuesta de De Gaulle a la carta de la flor y nata de la intelectualidad francesa --Sartre no la firmó, dicho sea de paso-- pidiéndole el indulto para Brasillach, un notable escritor que había sido condenado a muerte por ponerse al servicio de los alemanes durante la Ocupación, en atención a los servicios que aquel intelectual de gran talento podría en el futuro rendir a la patria. De Gaulle se negó a la indulgencia, diciendo “El talento es una responsabilidad”.

Por cierto que en la celda donde aguardaba a ser conducido ante el paredón Brasillach escribió unos poemas extraordinarios, probablemente imposibles de escribir si no estás seguro de que tu suerte está echada.

Todo esto es tan interesante que he llegado hasta aquí sin hablar del libro de Laurence Debray, en el que merece la pena demorarse, como haré Dios mediante el próximo domingo.