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Sangre en la nieve

Fotograma de 'Deadwind', la serie policíaca finlandesa de Netflix / VIMEO

La serie 'Deadwind' se adentra en la temática negra mediante una pareja de investigadores con profundas historias personales y poco peso de la trama policíaca

08.09.2018 00:00 h.
5 min

La nieve es muy fotogénica, especialmente en los relatos audiovisuales del género negro. Fargo --la película de los Coen y la serie de televisión subsiguiente-- no sería lo mismo en un entorno soleado. Y en lo que ha dado en denominarse Nordic Noir, la nieve es, prácticamente, un elemento obligado. El extremo contrario también puede funcionar, como sucedía en Fuego en el cuerpo, donde un calor agobiante contribuía al romance criminal entre William Hurt y Kathleen Turner, pero donde esté la nieve como un personaje más, que se quite todo.

La nieve es omnipresente en Deadwind, interesante serie finlandesa recién colgada en Netflix. Está por todas partes. Es el decorado habitual de casi todas las secuencias rodadas en exteriores. Y parece, incluso, influir en la psique de sus protagonistas, una inspectora y su ayudante, buenas personas con un punto de frialdad que, piensa uno, tal vez desaparecería en un entorno menos gélido y opresivo: ella perdió a su marido dos meses atrás, tiene problemas con la hija del difunto y decide volver al trabajo antes de tiempo para encontrar en el crimen una alternativa razonable al ambiente familiar; él mantiene una relación con una vendedora de drogas a pequeña escala a la que intenta redimir sin mucho éxito. Cuando están juntos, por lo menos, pueden concentrarse en algo más controlable que sus vidas privadas.

Un cadáver en un terreno para construcción

El cadáver de una mujer aparece enterrado en unos terrenos propiedad de una inmobiliaria con preocupaciones ecológicas que espera el permiso del ayuntamiento de Helsinki para construir unos bloques de apartamentos hechos con un material nuevo y sostenible. La muerta trabajaba para esa empresa como asesora social y mantenía un romance con el principal propietario, que se convierte ipso facto en el principal sospechoso.

La trama se extiende a lo largo de doce capítulos y lo hace en un tono no aburrido, pero sí ligeramente moroso que le hace pensar a uno que se podría haber contado lo mismo en la mitad de tiempo (de hecho, me salté el quinto episodio sin darme cuenta y me pregunto qué se explicaba en él, pues pude seguir la historia con absoluta tranquilidad). Si me lo permiten, les ahorraré los nombres de los actores, guionistas y directores, pues se trata de una serie de apellidos impronunciables de una gente a la que no conoce ni su padre fuera de Finlandia. Eso sí, todos cumplen a la perfección con su cometido, demostrando una vez más que los países nórdicos producen talento audiovisual a cascoporro.

Algo tiene, pero no conmueve

Deadwind no es la brillante El puente, pero apunta en esa dirección: dos extraños llegan a algo parecido a la amistad durante la investigación de un caso criminal especialmente complicado. A diferencia de El puente, Deadwind dedica tal vez demasiado tiempo a las vidas privadas de sus protagonistas, como en las novelas de Henning Mankell, en detrimento de la trama policial, que resulta interesante sin llegar nunca a sorprender demasiado.

Algo tiene, pues no la pude abandonar hasta que llegó a su fin, pero se queda uno con la impresión de que esa nieve que sale siempre en el cuadro ha acabado por afectar a todo el equipo de esta serie que habla mucho de emociones humanas, pero no logra conmover en ningún momento al espectador. Colgarla en un verano especialmente caluroso ha sido una buena idea por parte de Netflix, pues el frío polar de Deadwind acaba por contagiarse al espectador que ha pasado una jornada agobiante en la ciudad en que vive. ¿Me tragaría una segunda temporada, en caso de que existiera? Pues la verdad es que no lo tengo muy claro.

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