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Pintura de Jan Van Eyck que representa a la humanidad adorando al cordero místico. Culturas

Culturas vivas, identidades muertas

El filósofo François Jullien define la cultura como una suma de recursos a disposición de todos frente a la teoría de los rasgos diferenciales que pregonan los nacionalismos

26.09.2019 00:00 h.
11 min

Toda la mitología del nacionalismo, incluso en sus versiones más guerreras, tiene su origen en alguna forma de orfandad. La falta de trascendencia que, a medida que vamos creciendo, nos muestra la vida –el absurdo existencial es la verdadera semilla de la espiritualidad, presente en todas las culturas–, ha provocado, en determinados contextos, el surgimiento de ideologías que adoran, con la misma fe que los carboneros, la idea de que alguna vez existió un pasado idílico y prístimo, característico de una forma de ser (llamémosle pueblo), expresado en una lengua pura y que, con el decurso de la historia, ha sido objeto de algún tipo de contaminación o perversión, hasta instalarse en la decadencia. Así piensan todas las utopías regresivas: dan una explicación fácil para algo tan complejo como la identidad colectiva. 

Ocurre, sin embargo, que el pueblo no existe sino como una mera convención conceptual –los individuos somos la única realidad cierta– ni podemos hablar propiamente de identidades culturales cuando éstas no devienen de la voluntad de buscarse, sino de un azar (el lugar de nacimiento, la familia, el entorno de crianza), que a todos nos iguala, aunque sea de forma diferente. El filósofo francés François Jullien (Embrún, 1951), versado en las artes secretas de la sinología y catedrático de la Universidad Diderot de París, publicó hace dos años un opúsculo ensayístico, con cierto aire de manifiesto intelectual, en el que defiende justamente esto: que no podemos hablar stricto sensu de identidades culturales. 

El libro, publicado en español por Taurus, tiene apenas un centenar de páginas pero, en este breve espacio, desarrolla con acierto toda una teoría cultural que nos ayuda a entender cómo la antigua democracia liberal se ha convertido en el actual sistema parlamentario-demagógico, las pulsiones sentimentales se han adueñado del espacio público y los nacionalismos –en cualquiera de sus variantes– se han ocupado de destruir la propia noción de cultura. Jullien escribió su reflexión tras la victoria de Macron en las elecciones francesas –ante la candidata ultraderechista Marie Le Pen– pero la enuncia (y éste es uno de sus méritos) con un planteamiento general, aplicable a cualquier geografía o espacio de referencia. Por, ejemplo, la España actual, bloqueada por el desafío del independentismo, mímesis (posmoderna) de los populismos clásicos de raíz nacionalista, étnica y económica. Por desgracia, se trata de un mal universal: un nacionalista, básicamente, es un clasista radical que, en lugar de en función de los méritos particulares, traza una raya –entre él y los demás– basándose en la creencia de una supremacía natural por razón de nacimiento o pertenencia a una comunidad imaginaria. Esta operación política, que degenera con facilidad en la ingeniería social, exige creer en el imposible de la identidad cultural, con frecuencia asociada al uso de una determinada lengua.

Culturas vivas, identidades muertas, El filósofo François Jullien / CLAUDE TRUONG NOGC

El filósofo francés François Jullien / CLAUDE TRUONG NOGC.

Jullien, sin embargo, se pregunta: ¿Una cultura es realmente esto? Diríamos que no. Su libro se dedica precisamente a explicar por qué le hecho cultural no puede ser una cárcel –para unos– ni un castillo –para otros– sin dejar intrínsecamente de ser lo que es. Dicho de otra manera: somos imágenes abiertas, no las viejas fotos sepias de un álbum de recuerdos familiares. El filósofo francés distingue entre la identidad individual, la del sujeto, que considera personal y estática; y la colectiva, que es subjetiva y se encuentra en constante proceso de mutación y evolución. Tal diferenciación, a nuestro juicio discutible –todo lo que está vivo, da igual si es un individuo o una comunidad, cambia y tiene derecho a evolucionar– nos lleva a la conclusión de que las culturas, si están vivas, es porque cambian, se transforman y evolucionan. No sólo en relación a sí mismas, sino en la tensión fructífera con otras, en ese proceso de intercambios que Jullien designa con una palabra –écart– que podríamos traducir como distancia, interludio o separación. O mejor: el espacio en el que opera la divergencia de perspectivas de las distintas culturas que están, como en Cataluña, en contacto. 

La fecundidad de cada cultura nacería, según esta perspectiva, gracias a las tensiones entre valores diversos, no únicamente del respeto a una supuesta tradición. Se trata de un concepto original, pero probablemente abstracto para un lector medio. Más diáfano resulta hablar de la cultura como una suma de recursos o herramientas intelectuales que, aunque se hayan creado en un tiempo y en un lugar preciso, están a disposición de todos, sin coste alguno. La prueba es la constante pervivencia de la cultura clásica griega, o del derecho romano, en nuestra actual cosmovisión del mundo. El tiempo y el lugar de su origen nos quedan ya muy lejos en el calendario, pero esto no implica que sus enseñanzas no formen parte constante de nuestro presente, actualizándose mediante el contraste entre lo que pensaron nuestros ancestros y lo que discurrimos nosotros. 

La interpretación del hecho cultural es pues un patrimonio universal –que no es lo mismo que global, de la misma manera que lo común no es idéntico a lo uniforme– que no caracteriza a nadie en concreto, sino que nos vincula a todos. De ahí la idea (feliz) de la cultura como una hibridación fecunda entre los que, creyéndose diferentes, en realidad son complementarios. A la luz de esta tesis, resulta inaudito que los nacionalismos, movimientos históricamente reaccionarios ante el universalismo de la Revolución Francesa y la posterior idea imperial de la etapa napoleónica, conciban lo que es una riqueza (la presencia de múltiples culturas en contacto) como un mayorazgo exclusivo, trazando además fronteras –mentales, primero; físicas, después– entre un ideal nosotros y un pavoroso vosotros.

culturas vivas, identidades muertas, François JullienEs llamativo que este delirio, propio de quien ansía una raíz sublime que no existe, porque todos venimos (y terminaremos) en el mismo légamo, pretenda el fin imposible de detener el tiempo, codificando en categorías artificiales la vida y eligiendo –y exigiendo a todos– cumplir esa condena de vivir no en un sitio y en un tiempo concretos, sino atados a una mitología. Sacrificando la libertad al ideal frío de una estatua. Ninguna cultura puede definirse ni desde el miedo ni en función de los afectos. El criterio válido es otro: la generación de inteligencia. Cada cultura, explica Jullien, si está viva, engendra su contrario, crea su propia disidencia, sanciona su particular herejía. Y ambas forman parte intrínseca de su misma naturaleza. Francia es Baudelaire, Rimbaud o Descartes, pero también la vergonzante rendición colectiva ante el nazismo que cuenta –en un libro tan triste como La agonía de FranciaManuel Chaves Nogales. Todos somos dioses, sí; pero, del mismo modo, todos somos también seres vulgares. ¿Tiene entonces credibilidad, como instrumento crítico, una cultura concebida exclusivamente como una epopeya anacrónica? 

Lo más terrible de la manipulación nacionalista de la cultura es esta conversión de lo universal en comunitarismo, la versión intolerante y sectaria de lo común, donde la creencia sustituye a la razón e, igual que en el cuadro de Van Eyck donde se representa a la humanidad adorando al cordero místico, se establece una línea ciega entre aquellos con quiénes se pueden compartir algunas cosas y aquellos con los que no. Los primeros forman parte del pueblo (de Dios); los otros, son excluidos o marginados de la comunidad auténtica, que se nos presenta como destino necesario, cosa infalible, fenómeno natural y construcción ecuménica

Cuando una cultura limita esta idea de lo común únicamente a unos individuos concretos, negándosela por tanto a los demás, lo que hace es suicidarse, condenándose a ser un objeto de museo, un emblema o una bandera, en lugar de un proyecto en busca (permanente) de una identidad que, por suerte, no va a encontrarse nunca. La única identidad cultural que existe no es un fin, sino un medio. No es un destino, es el viaje mismo. Buscarse y no encontrarse. O, como dijo una vez Savater, carecer de raíces y, por fortuna, tener piernas para poder moverse de un sitio a otro. Prescindir de las patrias y caminar hacia un horizonte abierto. Poder elegir todos los días cómo ser en lugar de jurar –de rodillas– las reglas de una hermandad siniestra.