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Un ‘San Juan’ del escultor Juan de Juni, ‘vigilado’ por el estudio de ojos de Charles Le Brun / MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA

El cuerpo humano hecho arte

El Museo Nacional de Escultura de Valladolid plantea un viaje alrededor del lugar del cuerpo en el arte desde el Renacimiento a la Ilustración

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En algún momento de la Historia, el arte hizo de la carne humana un caladero. Todo pasaba por saber qué éramos por dentro. Qué escondían los músculos, sus conexiones, los pliegues, lo blando y rojo del colorín que es todo el cuerpo. Para qué servía ese tum-tum incesante del corazón. A dónde iba esa corriente de luz que se colaba por los ojos. Por qué ese laboratorio líquido de los riñones filtrando en algo nuevo. El ser humano aparecía como una menestra muy rara divida entre el pensar y el soñar, que son los dos hemisferios principales de la vida del hombre. Y los que más sabían de esto eran algunos artistas, ciertos pintores alados y otros pocos escultores.   

Lo dijo a las claras Michel de Montaigne: “Somos maravillosamente corporales”. El humanista francés daba cuenta así de la admiración con que el Renacimiento descubrió un nuevo continente: el hombre y su cuerpo, la parte carnal del individuo, su naturaleza física, terrenal. Su lado puramente material. Todo aquello planteó una novedad crucial que no se detuvo hasta la Ilustración: algo así como una “civilización del cuerpo”, muy firme y optimista, sí, pero cruzada también de espinosas dudas morales, de paradojas y devociones. En esa travesía, la carne humana estuvo en el centro del circo artístico, en una lucha con apasionantes cambios y reacciones.    

Un vaciado en yeso de Bernini, junto a un lienzo que representa el episodio bíblico de Susana y los viejos. MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA

Un vaciado en yeso de Bernini, junto a un lienzo que representa el episodio bíblico de Susana y los viejos / MUSEO DE ESCULTURA

Aquel impulso ordenó el pensamiento, atravesó las ciencias, golpeó los sentidos, se expresó en imágenes violentas o sensuales, e inventó, en el esfuerzo, un nuevo espacio de sensibilidad y saber. Se trató de una sensibilidad con rasgos nuevos que abrió cadáveres para poder dar forma a los vivos, que transformó la energía vital en una ecuación matemática, que castigó el cuerpo para glorificarlo, que mezcló ciencia y crimen, que fundió erotismo y disección anatómica, que se adentró en el mundo de las pasiones para legislar sus gestos. Desde las lecciones de Andrés Vesalio a la Magdalena penitente de Goya, que abrió las puertas a otra sensibilidad: la modernidad.  

“El cuerpo experimentó un proceso de invención arduo, variado y extenso, en el seno de una visión humanista y moderna del mundo. Y tan importante resultó y tan espléndidos fueron sus logros que se convirtió en la quintaesencia real y, en apariencia, definitiva de la representación de lo humano”, señala la historiadora María Bolaños, quien ha decidido ilustrar esa deriva en la exposición La invención del cuerpo. Desnudos, anatomía, pasiones. Para tal fin, el Museo Nacional de Escultura de Valladolid reúne hasta el 4 de noviembre casi un centenar de esculturas, lienzos, dibujos, tratados, reliquias, fragmentos de retablos, vaciados en escayola y figuras articuladas.

La muestra tiene su línea de salida en el siglo XV, cuando se despertó en los artistas una insaciable curiosidad por el cuerpo que obligó a rescatar el oficio de su versión artesanal, modernizar la formación y refundar el arte sobre una base intelectual. La figura humana se convirtió en una obsesión, pero no sólo su aspecto externo, sino también lo que se adivinaba bajo de la piel: la firmeza de los huesos, la elasticidad de los músculos y, para tal fin, estudiaron el canon de las estatuas clásicas y se empaparon de historia y de naturaleza, como adivina en la Lección de anatomía de la escuela de Bartolomeo Passerotti (c. 1550-1592) procedente de la Galería Borghese de Roma. 

Esa conexión del arte con las ciencias continuará cuando los artistas se enfrenten al desafío de reproducir el movimiento de los cuerpos, algo que Aristóteles vinculó al deseo: “Los hombres se mueven porque experimentan cambios en su fantasía”. Así, en principio, la acción será torpe, limitada, como en el maniquí articulado atribuido a Alberto Durero (c. 1525). Posteriormente, gracias al impulso de Descartes en su Tratado del hombre, las representaciones humanas se asemejarán al mecanismo de un reloj y se concebirán como máquinas movientes que giran la cabeza, doblan los brazos y alargan las manos, como la talla de San Antonio abad del gallego Benito Silveira.   

Una de las salas de ‘La invención del cuerpo’ presidida por la escultura de San Antonio del gallego Benito Silveira. MUSEO NACIONAL DE ESCULTURA

Una de las salas de La invención del cuerpo presidida por la escultura de San Antonio de Benito Silveira / MUSEO DE ESCULTURA

El viaje que propone La invención del cuerpo –una exposición a modo de tesis que hará parada a final de año en el Museo San Telmo de San Sebastián- se detiene también a mediados del siglo XVI cuando, entre grandes tensiones espirituales, ganan terreno las emociones. Ahí por primera vez, en el torbellino del Barroco, el cuerpo dará cuenta de lo que sucede en el alma como si un espejo se tratase. “La relación de cada individuo con su sentimiento se localiza en partes físicas, de modo que, a través de las facciones del rostro, de los gestos de las manos, de las posturas y ademanes, sabemos lo que el alma siente: ira, miedo, desprecio, alegría”, explica Bolaños.      

De este modo, gracias al despliegue de obras, es posible comprobar cómo las artes visuales desarrollaron recursos propios de su oficio –una luz dirigida sabiamente al cuerpo o la intensidad de una mancha de color–, pero también se sirvieron de artes ajenas, como el teatro y su fuerza elocuente, o la oratoria y su expresión en púlpitos y cátedras. Bajo el ímpetu de la Contrarreforma, la Iglesia ocupó con gran empeño el territorio de los sentimientos, convirtiendo hábilmente al cuerpo en un depósito de emociones y mensajes espirituales teñidos de ambigüedad. Así, la desnudez se utilizó como himno al hombre en tanto criatura divina como un territorio de la culpa.  

Finalmente, la exposición transita, a partir de Artemisia Gentileschi, por la carnositá, es decir, la materialidad de la carne, concretada por la pintura veneciana del siglo XVI –con Tiziano al frente del pelotón– en una afinidad entre el cuerpo femenino y el juego erótico. En esa estrategia tuvo un papel importante el uso del color, una pequeña insurrección hasta entonces relegada a un segundo plano pues, se le creía un foco de desorden. Pero ahí, la aparición de artistas como Rubens convirtió el color en un lugar privilegiado para el encuentro entre la estética y la seducción. Ya lo advirtió el tratadista Leon Battista Alberti: “Observando las formas de los cuerpos, un pintor ve más cosas que todos los filósofos reunidos midiendo y explorando el universo”.