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'Sacrificio de Isaac' de Caravaggio

Cuando los ángeles llegan tarde

El ser humano se inventa toda clase de representaciones para ocultar la oscura realidad de que el hombre vive para perdurar en el tiempo, cueste lo que cueste

12.05.2019 01:23 h.
7 min

Varias veces se me ha invitado a presenciar un asesinato, lo que viene a ser también como participar en él de una forma pasiva.

Varias veces acepté la malvada invitación, y queda por saber si acepté por morbo que me hace cómplice pasivo de tales crímenes, o al revés: los vi por un sentido de responsabilidad raro, torcido, que me decía que no podía yo desviar la vista de la tragedia y de la maldad humana.

También podría ser que me hubiese movido una incredulidad beata en la maldad de la naturaleza humana. Al no haberla experimentado en la vida real, uno tiende a creer que ciertos extremos de maldad son imposibles en los seres humanos, como un sueño, o mejor dicho una pesadilla. Esto me recuerda una de las escenas finales de Lo importante es amar, la obra maestra de Zulawski, inspirada en la novela La nuit américaine de Christopher Frank, novela de un romanticismo desgarrado que no tiene nada que ver con la película de Truffaut con el mismo título.

En esa escena unos sicarios le pegan una paliza demoledora a Servais Mont, el personaje del fotógrafo que interpreta Fabio Testi en el mejor papel de su carrera. Y cuando Servais se encuentra en el suelo retorciéndose de dolor y sangrando por todas partes, la jefa de los sicarios, una viejecita que hasta entonces parecía dura pero comprensiva y encantadora, se acerca a Fabio y le explica, cariñosamente, al oído, con su vocecita de anciana, que si ha encargado que le asestaran la paliza no ha sido porque sí; no ha sido por capricho, sino porque ella y los suyos son realmente “malos”, malos de verdad; y sucede que la gente como él --como Testi--, la gente que vive en una sociedad supuestamente benigna, razonablemente piadosa, no quiere creer que gente tan mala exista; y es por eso, para que nos enteremos de que sí existen --para ganarse su derecho a existir--, que ella y los suyos tienen que dar muestras, a veces, de su maldad.

Algún beneficio obtiene Servais Mont de ese reconocimiento forzoso de la maldad: sobre su cuerpo lacerado y sanguinoliento, su amada Nadine Chevalier (Romy Schneider) repetirá con desesperación “Je t’aime”.

¿Pero yo qué beneficio he sacado de ser testigo de varios asesinatos, como esos tarados norteamericanos que solicitan y obtienen permiso, como representantes aleatorios del pueblo, para asistir a las ejecuciones de los reos condenados a muerte en la cámara de gas o en la silla eléctrica?

La primera vez que asistí a un asesinato, vale decir a un exterminio, fue en el año 2000, en las Islas Canarias, donde vi, en el contexto de la exposición ¡Viva la muerte! organizada por el Kuntshalle de Viena y el CAAM de las Palmas la obra De negocios y placer, del artista mexicano Iván Edeza

Endeza casualmente había encontrado en un rastro mexicano una snuff movie donde se documentaba el exterminio de unos indios del Amazonas, masacrados fríamente, a tiro limpio, a caballo y desde un helicóptero, donde se había instalado el fusilero y el cameraman. La “pieza” se exhibía en una sala del CAAM con un cartel advirtiendo que podía herir la sensibilidad del espectador.   

En el año 2015 vi en Youtube cómo el policía Michael Slager mataba deliberadamente por la espalda, de cuatro tiros, a Walter Scott, un ciudadano de North Charleston, en Carolina del Sur. Casualmente pasaba cerca alguien que acertó a grabar el asesinato con su móvil. Gracias a esa prueba, Slager ha sido condenado a 20 años de cárcel, de los que cumplirá 18.

En cambio no quise ver las ejecuciones de los cautivos del Estado Islámico ni otras abyecciones.

En el museo de arte moderno de Tirana se puede visitar ahora la exposición del artista kosovar Sokol Beqiri, donde figura su perturbadora pieza Cuando los ángeles llegan tarde, variación sobre el mecanismo de Étant donnés de Duchamp.

En medio de una reproducción del Sacrificio de Isaac de Caravaggio --que representa el relato del Génesis en el que Dios pone a prueba la obediencia de Abraham ordenándole que degüelle a su hijo Isaac, pero en el último momento envía a un ángel para cancelar la orden--, se advierte un “judas”; y cuando el espectador pega el ojo al vidrio contempla una filmación terrorífica de la guerra de Kosovo que voy a permitirme no describir.

No creo que estos horrores me hayan dañado especialmente el alma, ni enseñado mucho sobre la naturaleza humana; ni creo, como suele decirse, que en determinadas circunstancias cualquiera es capaz de hacer cualquier cosa, cometer cualquier crimen.

Siempre he oído resonar en mi mente la vocecita de la anciana mafiosa de “Lo importante es amar” explicándole a Testi que a veces la gente mala como ella tiene que hacer determinadas cosas desagradables para que la gente como él se persuada de una vez de que los malos existen...

En cuanto a la obra de Beqiri, superado el horror y el asco, se puede recordar la idea de Schopenhauer según la cual todos los fenómenos del mundo responden a dos fuerzas, que son la voluntad y la representación.

El ser solo anhela, y solo trabaja, para perdurar y preservarse, a costa de lo que sea. Pero como un mundo que se reconociera así sería para nosotros invivible, insoportable, nos inventamos toda clase de representaciones que velen la desnuda verdad. Como las religiones, la cultura, el arte, la cortesía, la moda, los códigos penales, las normas de la circulación, etcétera.

Caravaggio para tapar la guerra de Kosovo.