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Vinilo carabruta Gato Pérez

Cualquier noche podía salir el sol

Zeleste era una parada obligatoria para el noctámbulo. Si tenías suerte, podías toparte en la barra con la pandilla de dipsómanos que componían Sisa, Gato Pérez, La Voss y Carles Flavià

11.03.2019 00:00 h.
5 min

Lo mejor era llegar cuando ya había terminado el concierto de la noche, pues Zeleste era un local tremendamente divertido que programaba una música aburridísima, aunque muy del agrado del propietario y fundador, Víctor Jou, un tipo encantador y extremadamente tranquilo, como si siempre llevara encima una buena ración de Valium. Cuando me lo presentaron, no paró de bostezar en todo el rato que estuvimos hablando, lo cual me hizo pensar que igual mi presencia le aburría mortalmente, pero luego fui informado de que el bostezo formaba parte de su manera de comunicarse. También le gustaba la pesca, que es algo que dice mucho de un hombre: algunas veces, en Cadaqués, lo había visto sentado en un pedrusco con la caña en el mar y la vista en el horizonte, más solo que la una y con expresión meditabunda. Evidentemente, ni se me ocurrió acercarme a saludarle, por mucho afecto que le tuviera.

A Víctor le gustaban el jazz y sus derivados. De ahí que la llamada Onda Layetana estuviese compuesta principalmente de grupos criados a base de Miles Davis y Weather Report que, aunque a mí me aburrían a muerte, llegaron a tener cierto seguimiento. De todos modos, uno prefería a los excéntricos que se subían al escenario del local de la calle Platería, número 65 -ahora hay una tienda de Desigual, esa marca de ropa ideal para concursantes de Gran Hermano: sic transit gloria mundi-, gente como Jaume Sisa, Ia & Batiste, Pau Riba, La Voss del Trópico o la Orquestra Platería. En caso de duda, como decía al principio, mejor aparecer después del concierto.

Sisa me comentó una vez que había pasado toda su juventud en Zeleste, ya fuese actuando o de farra. O sea, que entre 1973, año de la inauguración, y 1987, año del traslado, finalmente ruinoso, al Poble Nou, nuestro hombre encontró allí un hogar lejos del hogar. No fue el único. Durante todos esos años, Zeleste era una parada obligatoria para el noctámbulo. Si tenías suerte, podías toparte en la barra con la pandilla de dipsómanos que componían Sisa, Gato Pérez, La Voss -que se llamaba Jordi Farràs- y Carles Flavià, especialista en unos monólogos hilarantes para cuatro gatos que siempre me parecieron mejores que los que largaba en su época de humorista profesional. Ahí solían estar los cuatro amigotes, Ebrios de soledad, como los retrató Gato en una de sus canciones: ahora Sisa es el único superviviente y ya no nos vemos en las barras, sino en un restaurante de menú algún jueves a mediodía, que es el día de la paella.

Mi agradecimiento a Victor Jou -y a su segundo de a bordo, Rafael Moll, rebautizado por La Voss como El Molleras- será eterno. Nos proporcionó a muchos un club social en una ciudad en la que no se estilan los clubs privados y reinventó el barrio de la Ribera como zona de ocio para los locales, antes de que se convirtiese en el parque temático para guiris que es en la actualidad, donde una tienda de Desigual es prácticamente de rigor. Lo hizo a su manera. Sin dejar de bostezar. Con aspecto de haberse excedido con el Valium. Pero con una voluntad de hierro que hasta le llevó a crear una escuela de música aburrida, de ésa que a él le gustaba y que yo esquivaba como la peste. Cuando abandonó Zeleste, me dijeron que había vuelto a su oficio de aparejador. El Molleras se colocó en editorial Planeta y siguió produciendo discos. Los parroquianos nos hicimos mayores: unos dejamos la bebida y las drogas, otros murieron en el cumplimiento del Beber. Lo habitual. Lo de siempre. Como cantaba Sisa, Y el paso de los años solo deja un recuerdo.

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