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No críen a sus hijos en Hollywood

No críen a sus hijos en Hollywood

La genial 'bonne vivante' Eve Babitz recogió en 'El otro Hollywood' los secretos más interesantes de algunas de las leyendas cinematográficas de los años 70

15.02.2018 00:00 h.
5 min

Eve Babitz publicó El otro Hollywood en 1974. En 1974, Eve Babitz tenía 31 años. Habría que añadir aquí que El otro Hollywood eran unas memorias. ¿Y quién podría escribir unas memorias con 31 años? Sólo alguien que hubiera vivido demasiado. Y Eve Babitz lo había hecho. Si el Hollywood de la época hubiera tenido un epicentro porque hubiese sido un huracán en vez de la ciudad en la que se fabrican los sueños, ese epicentro bien podría haberse llamado Eve Babitz.

"Me parecía a Brigitte Bardot y era la ahijada de Stravinsky", dice de sí misma en una de las páginas de la devorable autobiografía que no es tanto devorable por lo que de ella cuenta --que también-- sino por lo que explica de todos los demás. Babitz es la cámara que registra, pero es una cámara autoconsciente, que se ve a sí misma en ese mundo en el que impera el caos, el desorden, y la sensación de que cada ridículo encuentro es algo histórico pues, después de todo, sus protagonistas son, o acabarán siendo, auténticas leyendas.

Anécdotas de las leyendas

Pensemos en la anécdota que le cuenta Vera Stravinsky sobre el pícnic casi fallido que preparó Paulette Goddard en 1937. Pícnic al que acudieron los Stravinsky, Charlie Chaplin, Greta Garbo, Bertrand Russell y los Huxley, además de la propia Paulette. Condujeron y condujeron en busca de un lugar con algo de hierba en el que instalarse y acabaron casi detenidos por la policía al instalarse en un sitio prohibido: la ladera del "irrisorio" río Los Ángeles.

Se libraron porque el agente reconoció a Garbo. Babitz califica la anécdota de una anécdota más de lo que ella llama "el páramo" de Los Ángeles, porque, sí, puede que desde aquí nos parezca que todo lo que sale de la ciudad de la montaña letrada, brilla.

Cartografía de un momento y un lugar

Pero, la verdad, apunta Babitz, es que "la ciudad la dirigían como si fuera Kansas" y "la gente que podía hacer cosas dependía de sus propios recursos y tenía que apañárselas sola porque el alcalde sólo asistía al Desfile de la Rosa". He aquí uno de los dardos que lanza Babitz contra Hollywood en un libro en el que, sí, también se habla de sus famosos amantes (Harrison Ford, Steve Martin, Ed Ruscha), del día en que presentó a Dalí y Frank Zappa, de que Jim Morrison le dedicó una canción y de que hay fotos de ella desnuda jugando al ajedrez con Marcel Duchamp.

Babitz, confiesa, empezó a escribir un libro, sus memorias, a los 14 años, y lo tituló No criaría a mis hijos en Hollywood. También dice que llevaba escribiendo ese libro, libro que en algún momento mutó en El otro Hollywood (que Literatura Random House acaba de hacer aterrizar en nuestras librerías), desde entonces y lo que consiguió, además de una vibrante non fiction novel en primera persona, fue una autobiografía que se lee como una novela de aventuras (sentimentales) o, en sus palabras, confesionales, es una cartografía de un momento y un lugar, un mapa repleto de nombres que nada (nos parecían) tenían que ver con el paseo de las estrellas, y que arrojan otra luz, una más decididamente real, a ese reino de los espejos, a esa capital onírica, que constituye ese rincón aún y pese a todo siempre deseable de la ciudad de Los Ángeles.

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