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Fotograma promocional de 'La maldición de Hill House'

No hay que crecer en una casa encantada

'La maldición de Hill House' es una historia de terror que va más allá de los tópicos y trucos habituales en el subgénero de las casas encantadas

5 min

La escritora norteamericana Shirley Jackson (1916-1965) no pasó de ser durante años la autora de una inquietante novela de culto, Siempre hemos vivido en el castillo (1962), una de esas obras escritas en estado de gracia que, a un paso del terror, se quedaba en la vida algo angustiosa de una niña de ocho años y las personas que la rodeaban. Reivindicada recientemente como una de las voces más originales de la literatura norteamericana del siglo XX, ahora sus libros van apareciendo traducidos al español. Y hasta una excelente adaptación al cómic del relato que publicó en The New Yorker en 1948, La lotería, está a nuestra disposición. Shirley Jackson fue una mujer atormentada, escasamente atractiva, con un sobrepeso rayano en la obesidad mórbida y propensa a depresiones y ansiedades varias que combatía con alcohol y tres paquetes de tabaco diarios. Murió de un ataque al corazón mientras dormía --parece que por una mezcla de los venenos legales recién citados y de un abuso en la medicación contra su ansiedad permanente--, dejando atrás un marido, cuatro hijos y una serie de libros que han necesitado cierto tiempo para ser tomados en serio.

En la campaña general de reivindicación de su obra, no es de extrañar que Netflix se fijara en ella para fabricar una de sus series. La novela elegida ha sido la que mejor cumple con las expectativas del género de terror, The haunting of Hill House (1959), que Mike Flanagan ha adaptado con indiscutible fidelidad al original, aunque alargándolo lo que haga falta para sacarle todo el jugo posible más allá de la primera temporada. Yo creo que lo suyo habría sido conformarse con los diez episodios de la primera entrega, pero el final es lo suficientemente abierto como para poder seguir explotando el filón: de hecho, las conversaciones para una segunda temporada están ya muy avanzadas; Netflix solo espera que los resultados de audiencia se adecúen a sus expectativas.

La maldición de Hill House es una historia de terror, sí, pero va más allá de los tópicos y trucos habituales en el subgénero de las casas encantadas. Saltando constantemente del presente al pasado, la serie nos muestra la infancia y la madurez de cinco hermanos que han sobrevivido como han podido --unos mejor que otros-- a las experiencias a las que les sometieron sus padres cuando se empeñaron en que sus críos podrían crecer tranquilamente en una casa encantada. El cabeza de familia --Timothy Hutton-- parece ocultar algún secreto: ¿Por qué esa insistencia en seguir en un sitio que da pavor? Y su esposa --Carla Gugino-- no parece estar del todo en sus cabales. Y entre uno y otro, los chavales hacen lo que pueden para no perder el juicio. Con el tiempo, los más dañados son los más pequeños, los gemelos Luke y Nellie --espléndidas actuaciones de los niños Julian Hilliard y Violet McGraw--, a los que vemos convertidos en adultos medio rotos, el uno entregado a la heroína y la otra con un miedo y una tristeza a cuestas tremendos.

The haunting of Hill House no es un paseo en el tren del terror ni una visita al túnel de la bruja. Hay sorpresas y sustos, sí, pero el horror que transmite es subcutáneo, del que te hiela los huesos porque va mucho más allá de las tradicionales convenciones del género. La serie tiene caídas de interés por la manía de alargar una historia obedeciendo a motivos económicos. Estuve a punto de abandonarla tras el capítulo tres, pero en el cuarto hubo un subidón que me hizo llegar hasta el final. O hasta lo que yo creía que iba a ser el final de esa historia en la que el hundimiento de una familia se explica desde un género insólito, el terror. Aunque hay momentos de mucho miedo, lo que realmente aterra es cómo el oficio de un padre --comprar casas baratas, reformarlas y revenderlas por más dinero del invertido-- puede arruinar la vida de sus hijos hasta extremos trágicos.