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Imagen de la primera temporada de 'Stranger things'

Cosas muy extrañas

La habilidad narrativa de los hermanos Duffer hace que te tragues la temporada entera de 'Stranger things', aunque Ramón de España duda si merece la pena ver la segunda tanda

4 min

Con cierto retraso sobre el horario previsto, he acabado tragándome la primera temporada de Stranger things, la serie creada por Matt y Ross Duffer —en arte, The Duffer Brothers—, los ocho episodios en tres noches porque sí. El producto es entretenido, pero la he olvidado a los diez minutos de haber visto el último capítulo. En octubre llega a Netflix​ la segunda temporada y no sé si la veré o no, pues, de momento, me asalta la sospecha de haber perdido miserablemente el tiempo con la primera. Todo dependerá de mis niveles de aburrimiento y tedio vital cuando vuelva Stranger things, pero si vuelvo a picar será por debilidad mental y como el que se sube a una montaña rusa porque necesita emociones baratas y no tiene el coco para muchas alegrías.

Stranger things es un homenaje de sus creadores a su propia infancia. Por eso transcurre en los años 80 y remite a películas​ de la época como Los Goonies. La acción está ambientada en un pueblo de Indiana donde se encuentra una extraña instalación científico-militar dirigida por un sabio siniestro (el mega canoso Matthew Modine). Protagoniza la trama la inevitable pandilla de críos en bicicleta que debe enfrentarse a fenómenos paranormales que les superan y que comienzan con la desaparición de uno de ellos, que ha ido a parar —no se sabe muy bien cómo— a una especie de dimensión paralela, oscura y pringosa y con monstruo incorporado, de la que habrá que sacarlo a toda costa, lo que se acaba consiguiendo para alegría de los chavales y de la pobre madre del desaparecido, papel que interpreta Winona Ryder.

Una pérdida de tiempo

Después del primer episodio, ya tienes la sensación de que eso no es para ti —como me sucedió con Sense8, de las hermanas Wachowski, de la que hui rápidamente porque además de lela y complicada me resultó aburrida—, pero la habilidad narrativa de los hermanos Duffer hace que perseveres y te tragues la temporada entera, aunque luego llegues a la triste conclusión de que lo que has visto es una tontería de dimensiones siderales. No puedes sentirte estafado porque tú mismo te has prestado a seguir las andanzas de los malditos críos, pero sí puedes autoabroncarte por tu facilidad para caer en la trampa de la banalidad resultona.

Lamentablemente, Stranger things no alcanza ni la categoría de guilty pleasure (placer culpable), a diferencia de Revenge, Riverdale y otras series que sigues con la sensación de que no deberías hacerlo, aunque te lo pases bastante bien. Con la cantidad de cosas que hay por ver, zamparse Stranger things es una pérdida de tiempo, pero si en octubre sigo teniendo el cerebro tan licuado como en esta canícula, no descarto tragarme la segunda temporada: comportarse siempre como un espectador coherente no está al alcance de todos.