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Clubs, think tanks, debates...

Clubs, think tanks, debates...

Me parece muy interesante el nacimiento del Club Tocqueville, hay mucho por hacer, mucho de qué hablar, más allá del 'temita'

08.04.2018 23:55 h.
7 min

John Elliott, el famoso hispanista autor de El Conde-duque de Oivares, de La España imperial, de Richelieu y Olivares y de tantos otros libros de historia que tienen la particularidad de estar escritos con tanto rigor como amenidad, de manera que se constituyen en discursos literarios y en lecturas apasionantes, pronunció la conferencia inaugural del Club Tocqueville, que resumió muy bien Manuel Manchón el viernes en este medio, así que me abstengo de repetir lo que él ya ha escrito. Pero la ocasión es oportuna para saludar el nacimiento del Club Tocqueville, que desde luego no hubiera podido encontrar mejor maestro de ceremonias para su presentación en sociedad. Y para recordar algunos intentos de articular desde la sociedad civil la vida intelectual barcelonesa.

Recuerdo, por ejemplo, que hace algunos años fui comensal en las cenas literarias que se organizaron --creo que el impulsor fue precisamente Valentí Puig, que ahora está también al timón del Club Tocqueville-- con el encomiable objetivo de acercar a los autores que escriben en catalán y a los que escriben en castellano, y que viven bastante al margen los unos de los otros. El experimento no llegó a cuajar y se canceló al cabo de unos meses. El caso, decía, es que aquellas reuniones bastante numerosas para sentarse alrededor de los manteles y debatir sobre algún tema que era sólo la excusa para que nos conociéramos, aunque a la postre resultasen estériles fueron, desde luego, meritorias. Yo creo que hoy sería impensable una cosa así. El proceso separatista también ha causado destrozos incurables en el mundo de la cultura, fanatizando y polarizando sobre todo a algunas figuras destacadas de la literatura en catalán. No diré nombres.

Recuerdo también que en años pasados Andreu Jaume, Gonzalo Torné y otros distinguidos académicos del Invisible College, institución informal que con el nombre de la homónima británica ellos habían fundado e implantado en Barcelona, organizaban unas interesantes veladas para el debate intelectual, totalmente al margen de la política y de los debates lingüísticos, que se desarrollaban en un reservado del restaurante La Camarga según un esquema determinado: primero la exposición de un tema de actualidad cultural a cargo de alguno de los académicos, y a continuación se cenaba mientras se sostenía un debate abierto entre todos los comensales, que eran cerca de 20. Creo que esa docta institución ha resucitado o acaso no dejó de existir aunque yo la perdiera la pista.

Constitucionalistas y soberanistas

Como iniciativa de otro nivel, muy recientemente el escritor y viajero Gabi Martínez ha gestionado en las bibliotecas públicas de Barcelona una serie de encuentros-debate entre escritores constitucionalistas y soberanistas, convencido como está de que es lamentable que no se traten, que se ignoren los unos a los otros. Yo accedí a participar en una de esas sesiones superando mi pereza y mi escepticismo, porque en abstracto tiene razón Gabi: hay que dialogar, hay que evitar que la distancia que el nacionalismo ha instalado entre unos y otros nos haga ver a todos que el que está enfrente es un monstruo, y no una persona respetable e incluso amable, aunque lamentablemente desnortada en cuanto a la política.

Tenía razón Gabi en abstracto, decía; en abstracto; porque en concreto pasé un rato más bien desagradable y salí con la firme decisión de no reincidir. Al fin y al cabo unos y otros ya mantenemos un largo diálogo, o un cruce de monólogos, por escrito, leyendo los artículos que escribimos.

En otros artículos he hablado ya, elogiosamente, del CLAC.

Recuerdo que asistí a las primeras reuniones en el Taxidermista de la plaza Real cuando una docena de intelectuales preparaba la fundación de un nuevo partido político para plantear la batalla al nacionalismo. Yo era en aquellas reuniones uno de los partidarios de fundar más bien un club intelectual, una asociación para el debate y la generación de lenguaje y de discurso, que es una tarea fundamental para higienizar el espacio público. Mientras que otros de los que allí se reunían tenían muy claro que lo más eficiente para intervenir en el escenario político era constituir un partido. Entonces me desentendí del asunto pues no me agradaba la idea de los discursos, mítines y manifestaciones, ver a la gente de cerca, etcétera. ¿Y si un día tenía que ir a un mercado y besar a un mocoso?

Bueno, los que querían fundar un partido tenían razón, como lo demuestra el éxito que ha tenido Ciudadanos. Pero la idea de organizar think tanks no por ello debe quedar descartada. Ahora me parece muy interesante el nacimiento del think tank Club Tocqueville. Hay mucho por hacer, mucho de qué hablar, más allá del temita. Y también más acá del temita. Para Club Tocqueville Valentí Puig sostiene, creo, una línea liberal-conservadora, según sus ideas moderantistas, y otros miembros fundadores se adhieren a otra línea social-liberal. Ni unos ni otros pretenden organizarse reactivamente al pensamiento supersticioso tan del momento, pero todos están perfectamente limpios de él. Será instructivo ver en los próximos meses qué acogida y qué sostén halla una iniciativa tan oportuna en esta sociedad catalana trastornada e intelectualmente degradada.

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