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Cleopatra, visiones en femenino

Elizabeth Taylor in Cleopatra directed by Joseph L. Mankiewicz, 1963

La antigua reina de Egipto es la protagonista del libro de Lucy Hughes-Hallet, que repasa las sucesivas interpretaciones del mito a lo largo de la historia

27.09.2018 23:55 h.
7 min

Faltos estamos de aproximaciones poscolonialistas y subalternas a la llamada historia de las mentalidades, Cleopatra. La mujer, la reina, la leyenda de Lucy Hughes-Hallet, no lo es enteramente porque, podría decirse, es todavía mucho mejor. Escrito por una mujer, ensayista, crítica literaria, periodista, galardonada con los tres premios de ensayos más reconocidos de Inglaterra (y con traducción ejemplar de Amelia Pérez de Villar), puede seguirse como un modelo o una estructura a aplicar para el estudio de los grandes personajes de la historia, como Cleopatra, una mujer descrita por otra mujer, un mito descrito por una gran ensayista.

La revisión que hace Hughes-Hallet de Cleopatra VII, reina de Egipto, muerta en el año 30 a. C., es un estudio riguroso, erudito y un puzle fascinante del porqué de las facetas negativas que se le atribuyen a lo largo de la historia. Una imagen compuesta con fragmentos del mito en la Antigüedad, la iconografía renacentista y la crítica moderna. Cleopatra fue mujer​ y, por lo tanto, extranjera en un contexto de hombres, es decir, representó la alteridad por los siglos de los siglos. Y la historia se la apropió para hablar del engaño, la astucia, la depredación sexual, la promiscuidad, la mentira y la amenaza, cuando en realidad de lo que estaba hablando era de la política sexual, prejuicios y fantasías de la cultura de la que surge o, en definitiva, del poder masculino que una mujer podía hacer tambalearse.

Virtudes, sigue Hughes-Hallet, también las tuvo, aunque deben revisarse. En la Edad Media, significó la virtud o la bondad de la mujer que muere por amor. En el Renacimiento, se representó pictóricamente como una divinidad y, por lo tanto, se desnudó, pues, ahora lo sabemos, solo las mujeres imaginarias aparecían desnudas. Hubo que convertirla en diosa para poder ver su cuerpo. George Bernard Shaw la infantilizó y desexualizó (la  convirtió en mujer-niña), así la desproveyó del miedo que le tenían los hombres y, por fin, pudieron enfrentarse a la “devoradora”. Destaca en el ensayo la aproximación a la Cleopatra femme fatale y camp.

En el capítulo “Los guiños de Cleopatra”, Hughes-Hallet revisa las apariciones del personaje en el cine, y se centra en una de las más celebradas del siglo XX (qué imaginario de espectador no habrá secuestrado), la interpretada por Elisabeth Taylor. En algún momento a principios del siglo XX, resulta difícil creer a Cleopatra y lo que representa. El público sigue demandando la pasión y la extravagancia de la leyenda, pero ya no es posible tomarla en serio y para conservarla “tiene que ser camp. O, lo que es lo mismo, tiene que recurrir a la afectación”.

Si la mujer “buena” molesta, una Cleopatra malvada, que disfruta del poder, la independencia, el intelecto y el sexo, puede reírse de la hipocresía que la condena. Los historiadores preparan durante años el camino a estas imágenes negativas, aunque inteligentes, y los creadores aprovechan el nuevo personaje que surge finalmente: una Cleopatra lista, atractiva y sofisticada.

Las páginas dedicadas a la muerte del mito y sus personajes son también unas de las más destacadas del ensayo, Hughes-Hallet repasa todas sus variantes. Cuanto mayor es el mito, más grandeza supone ser matado por ella, como ocurre en el romanticismo. Pues, ser muerto por una extranjera y mujer, doblemente subversiva, glorifica aún más a sus víctimas. De forma similar ocurre con su genealogía. Además de extranjera y mujer, es reina de Egipto, es decir, oriental. Lo que representa una doble otredad e inferioridad, los embates negativos hacia ella están más que justificados. Occidente construye su mito y encuentra en la Cleopatra oriental un espacio que penetrar, vacío además, anacrónico, para proyectar sueños y deseos. La historia de una fascinación que habla en realidad del espejo y del reflejo de Occidente. 

Elisabeth Taylor

Sin embargo, la visión orientalista puede superarse. Y, al igual que la historia de Oriente y Occidente ha sido también un continuo y un camino de ida y vuelta, Hughes-Hallet estudia a Cleopatra como una simbiosis (fusión) que sobresale por encima de mil y uno personajes. Cleopatra aúna y simboliza en sí misma los atributos de Venus y Marte, el amor y la fuerza; de la madre y de la esposa y del hombre y la mujer, pues la acusan de feminizar a Antonio. Cleopatra es: “una Armonía en sí misma. En esa Edad de Oro es posible acabar incluso con la división definitiva (…) Como escribe Toril Moi, las visionarias feministas, desde Virginia Woolf hasta Julia Kristeva, han entendido que el objetivo de la lucha feminista ha de ser precisamente la deconstrucción de los opuestos binarios de masculinidad y feminidad que llevan a la muerte”.

El brillante collage de Hughes-Hallet representa todos los atributos de la mujer, es decir, construcciones y miradas a lo largo de la historia con los que identificarse y elegir. En definitiva, un ensayo que no es solo una aproximación orientalista y postcolonialista, sino una voz, literaria, justa e inteligente de un mito, cuya personalidad se entreteje tan compleja que su condición de mujer se hace inseparable de sus rasgos.

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