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'Homenot' Manuel Chaves Nogales / FARRUQO

Chaves Nogales: Albert Camus entre nuestros mohicanos

El periodista sevillano, igual que el escritor francés, eligió estar en el bando que compaginaba el compromiso social con la libertad

06.09.2018 23:56 h.
11 min

“¿Quién sabe lo que piensa Valle acerca de nada y de nadie?”, escribió Azaña en sus Diarios, una obra de arte de la crónica y del relato. Cuando Chaves Nogales entró por primera vez en la Granja El Henar se había conjurado con el silencio, pero se dejó llevar por el corazón y de primeras soltó un par de frases ocurrentes. De repente, fue interrumpido por Valle-Inclán: “Oiga pollo, se va usted a pisar la lengua”. El resentimiento era hegemónico en el ámbito del autor de Luces de bohemia.

Eran los años republicanos de la corte de los milagros; el espacio-tiempo romántico detenido en la ciudad de los ramones, cuando a Ramón María del Valle-Inclán, en El Henar, le secundaba Ramón Gómez de la Serna, en el Pombo; la ciudad destino en la que las tertulias actuaban de auténtica universidad popular, a criterio de Unamuno.  Faltaba poco para el “venceréis pero no convenceréis” del rector de Salamanca, pero ese poco dio para mucho para el gran escritor sevillano que finalmente se acomodó en la peña del Regina, donde mandaba don Manuel Azaña, su mentor y camarada con el que recorrió parte de su exilio francés.  

Chaves Nogales tuvo tiempo de oír en plena calle a los vendedores de periódicos a grito pelado aquello de “La República ha caído en el Regina”. Fue el 14 de abril del 31 y empezaba un tiempo jubiloso, pero cargado de malos presagios, que se confirmarían más tarde. Para entonces, ya era redactor jefe de El Heraldo, donde el intelectual de provincias había hecho méritos como cronista durante la dictadura de Primo de Rivera, cuando conoció a González Ruano, chambelán de la retórica y cesante galáctico. Nadie ha descrito aquellos tiempos mejor que Manuel Vicent, maestro en el arte convertir el periodismo en literatura, puente engalanado entre el género y la vida, como se hace visible en Los últimos mohicanos (Alfaguara). 

Antes de que los españoles nos matáramos a tiros, en el cocido de nuestros bares viajaban las noticias que se editorializaban a media tarde en las tertulias, anticipándose a los consejos de redacción de los diarios. Lo cotidiano le ganaba entonces la partida al papel impreso, en parte, porque las emisoras de radio no habían empezado todavía a condicionar nuestros primeros balbuceos diarios. En un entreacto de la España cainita, Manuel Chaves Nogales escribió la biografía de Juan Belmonte alejando al gran matador de los topicazos que verbenean las crónicas taurinas.

También huyó del tono bizcochante de los viajeros plumíferos y contó para su público las verdades callejeras e institucionales de la antigua URSS, el país cercenado de los zares y destruido por el bolchevismo duro. Cuando glosó a la aviadora Ruth Elder a bordo de su mítico Stinson Detroiter, ya había atravesado Europa para visitar lo que quedaba de San Petesburgo, sucesivamente convertida en Petrogrado y Leningrado en honor de sus teócratas, Pedro el Grande y Lenin.

Arremetió contra los miasmas de una mentira (octubre del 17) con la misma fuerza con la que denunció al fascismo. Puso su pluma al servicio de la libertad; decidió dar por perdidas las batallas dialécticas de Azorín y Baroja en el café de Levante y se desgajó de Indalecio Prieto en el Fornos. Quiso ser él y lo fue también en compañía de Azaña, primero en Madrid, como director del diario Ahora, después en Valencia (gobierno provisional) y finalmente, tras la contienda, en aquel momento parisino en que los huidos Marañón y Ortega peinaban a la intelectualidad exiliada a falta de temple –no de sabiduría, de la que iban sobrados– para saborear ellos mismos las sobremesas de Santiago Casares Quiroga (último presidente republicano) en casa de Albert Camus, con momento de café y pastas a cargo del actor Gérard Philippe. Chaves Nogales escribió sus crónicas de guerra A sangre y fuego en la etapa francesa, pero conviene no olvidar que nunca anidó donde hubo postureo.

Era un hombre de una sola pieza y duró poco en París. Perseguido por la Gestapo, se refugió en Londres, donde pasaría el resto de su vida y donde fue enterrado en plena segunda Guerra Mudial. Había denunciado a Hitler y entrevistado a Goebbels antes del Holocausto, como lo hizo el catalán Eugeni Xammar, en su viaje a Alemania junto a Josep Pla, en el pórtico de una entrevista al líder del Reich titulada Viaje al huevo de la serpiente (Quaderns Crema/Acantilado).

Ambas piezas, la de Nogales y la de Xammar-Pla, enmarcan un mundo político cuyas entrañas sentimentales se entienden profundamente  justo ahora, con la aparición en castellano de la correspondencia entre Stefan Zweig y su primera esposa (Stefan vs Friderike, Correspondencia 1912-1942; Acantilado). Zweig se suicidó en Brasil a causa del dolor que le producía estar lejos de su gente en el momento del genocidio. Chaves Nogales murió de una peritonitis en 1944, en un Londres entre bombas alemanas y sin apenas medicinas, como reveló el doctor Josep Trueta, exiliado tras la guerra española y nombrado por el Gobierno de Churchill jefe-coordinador de las instituciones sanitarias de la capital británica.

Casares Quiroga murió en París en 1950, en el último piso de la Rue de Vaugirard y fue enterrado en Montparnasse. Su hija, la gran actriz María Casares, dama de la Comédie y del cine, se enamoró de Camus leyendo Le Malentendu, una obra incluida por el mismo autor en el llamado Ciclo del Absurdo, y solo poco después conoció al escritor de rostro altivo, “ausente de fatuidad, que cuanto más se apartaba más presente se hacía”, tal como lo describe César Antonio Molina en el fragmento El anfitrión de la República española, incluido en el libro La caza de los intelectuales (Destino).

Camus fue comunista y expulsado de su partido en una purga, pero dirigió Combat, el órgano de la resistencia durante la ocupación nazi. A Chaves Nogales, un republicano liberal, no le dio tiempo de recorrer el periplo sentimental del autor francés, nacido en Argelia. Pero, por la gravedad de su gesto y por el ingenio, podemos decir que ambos viajaron en el bando que compaginaba compromiso social y libertad

La actualidad de un hombre fallecido hace ochenta años resulta tragicómica, por lo de tragedia y comedia a propósito de la Historia, tal como lo utilizó Karl Marx en El 18 Brumarios de Luis Bonaparte. La actualidad, en ambas facetas, ha servido para refugiar durante los últimos años la pesadilla catalana del procés a través del libro de Chaves Nogales ¿Qué pasa en Cataluña?, en el que el periodista sevillano quiso indagar el catalanismo en las instituciones (con entrevistas a Francesc  Macià y a Lluís Companys). Nogales califica al separatismo como “una rara sustancia que se utiliza en los laboratorios políticos de Madrid como reactivo del patriotismo y en los de Cataluña, como aglutinante de las clases conservadoras”.

Este certero disparo a la línea de flotación del conflicto indepe tuvo de coetáneo al Tot s’ha perdut de Gaziel (Agustí Calvet), publicado en 1930, en el que el gran periodista responsabiliza a los catalanes de “individualismo rabioso”, conducente siempre a un “patriotismo por eliminación”. Por pura concomitancia, ambos, Nogales y Gaziel, se aproximaron a la pregunta de Vicens Vives: “¿qué queremos ser?...antes que nada preguntémonos esto a nosotros mismos, ya que vivimos en un país pinzado entre dos grandes estados, el nuestro y el francés”.

Se ha dicho en demasiadas ocasiones que Chaves Nogales tiró con la pluma desde la distancia corta que recomendaban los gigantes de la instantánea, Mann Ray o Henri Cartier-Bresson. Sí. Fue un reportero en el mejor sentido filosófico del término; supo establecer la distancia analítica, porque no sirve estar ahí si no puedes proyectar la esencia total del relato. A su temprana desaparición, Cernuda le puso este bello colofón: “donde habita el olvido”.