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Charles Bradley en un concierto

Charles Bradley: el alma en la garganta

Con 63 años, el cantante de Florida, que trabajaba de barrendero, grabó su primer disco, 'No time for dreaming', y cambió el 'soul' contemporáneo

25.12.2018 00:00 h.
13 min

Como tantos y tantos otros artistas de la vastísima, casi inabarcable tradición soul, Charles Bradley tiene, o tenía, una historia. Una bonita. O reconfortante. Con una edad a la que la mayoría de sus ilustrísimos colegas ya estaban plegando velas o retirados o fallecidos y casi todos nosotros andaríamos haciendo planes para una quimérica jubilación, a él le llegó, no una segunda ni una tercera ni una cuarta, sino la primera oportunidad. 

Porque, a diferencia por ejemplo de Lee Fields, otro cantante que llegó a rozar la gloria muy tardíamente y con una trayectoria vital similar en muchos sentidos, Bradley ni siquiera tuvo, durante su travesía en el desierto, el reconocimiento subterráneo de los connoisseurs de la inmensa y casi inabarcable black music, el reconfortante aplauso entendido de los locales restringidos al megaespecífico circuito estadounidense de artistas de culto soul.

Sesenta y tres años tenía Charles Bradley --repetimos: sesenta y tres-- cuando pudo grabar su primer disco, en 2011. Se llamó No time for dreaming. Tal vez como recordatorio de lo que había sido su vida hasta entonces. Tal vez como exhortación a sí mismo ante el camino que comenzaba a abrirse en el horizonte. Tal vez por ambas cosas.

¿Han escuchado Live at the Apollo? No vamos aquí a descubrir nada, pero por si acaso lo recordamos. Es un disco imponente. Un testimonio irrepetible de la fuerza de la naturaleza y del genio vanguardista que fue James Brown, además de un elocuente retrato de lo que significó política y socialmente en los años 60 la música negra. La grabación ha quedado para la Historia como uno de los discos más vibrantes y certeros de aquella época, y del rhythm & blues, del soul y del proto-funk, y de la música popular del siglo XX. 

Charles Bradley

Era el año 1962 y Bradley, que entonces tenía 14, estaba allí, de la mano de su hermana pequeña. Sin poder imaginar, como el resto del público, que aquello que estaban presenciando sería legendario. Sin saber siquiera bien quién era exactamente James Brown ni por qué lo empezaban a llamar The Godfather of Soul. Pero la experiencia lo transformó radicalmente. Le cambió la vida. Se la ensanchó.

Supo, como rememoraría muchísimos años después, que hacer shows grandiosos, generar ese tipo de energía explosiva y empática, provocar esas oleadas de emoción, bailar, brincar, retorcerse sobre el suelo, cantar bajo luces de fantasía, abriéndose paso entre ritmos gozosos, vientos radiantes y coros femeninos henchidos de alegría, era lo que más deseaba en la vida, y lo más hermoso además. 

Tuvo que esperar lo suyo, como ya sabemos. Hasta que pudo lanzarse a ello, le tocó llevar adelante su vida, sin más. Nacido en 1948 en Gainesville (Florida), hijo de madre soltera al que la coyuntura le vino grande, fue criado por su abuela hasta que a los ocho años su madre, a la que no conoció hasta entonces, volvió a por él para llevárselo con ella a Brooklyn. Allí, abandonado de nuevo por su madre, que aparecería y desaparecería constantemente durante toda su vida, a veces acompañada de nuevos hermanos, vivió en las calles, en estaciones de metro, en coches abandonados. 

Abrimos aquí un inciso. Escuchen Changes. Es una famosa balada de Black Sabbath que Bradley hizo suya --elevándola mucho respecto a la original, al menos en nuestros oídos-- para dedicársela a su madre. Contó Bradley en una entrevista que, afortunadamente, tras llegar a odiarla durante muchos años le dio tiempo a reconciliarse con ella antes de su fallecimiento. En esa canción está todo Bradley concentrado: una voz que no es hermosa, ni técnicamente virtuosa, pero en la que la urgencia emocional brota a chorro, provocando la impresión de que al otro lado del micrófono hay un ser humano a la vez angustiado y desesperado por comunicarse y pletórico por poder estar haciéndolo.

Y volvemos atrás. Antes de poder brindarle al mundo esa ruda, bellísima y conmovedora forma de cantar entregándose hasta el fondo (The Screaming Eagle of Soul, dio en llamarlo el sello que creyó en él), Bradley se ganó la vida como barrendero, como cocinero en hospitales, como pescador de temporada en Alaska y, finalmente, como manitas en una empresa de mantenimiento de inmuebles una vez asentado de nuevo en Nueva York tras dar muchos tumbos por varias ciudades. 

Casi con 50 años, un compañero de trabajo que sabía de su devoción por James Brown le preguntó si sabía y se atrevía a cantar y lo puso en contacto con unos conocidos que andaban montando una banda de tributo, en efecto, al Padrino. Nació así Black Velvet, el humildísimo proyecto con el que Bradley se dedicó durante una década a tocar aquí y allá, en baretos sin pedigrí artístico alguno, pero dejándose la piel igualmente. Lo sabe cualquiera que lo viera alguna vez en directo (y quien escribe tuvo la fortuna de hacerlo, en Madrid en 2016, y de quedar apabullado ante su descomunal entrega): tenía dentro amor y pasión de sobra y no estaba dispuesto a guardárselos.

A uno de esos conciertos de Black Velvet fue Gabriel Roth, el fundador de Daptone, un sello discográfico en activo desde comienzos de los dosmiles, y en cuya nueva oficina había estado días antes Bradley haciendo unos trabajitos de fontanería. Quedó deslumbrado. Recordaría Roth años después que, viéndolo actuar, tuvo la impresión de que el cantante “quería abrazar a cada persona de la Tierra una a una”. Et voilà: la oportunidad llegó, primero como corista en plantilla del sello, poco después dando por fin el paso al frente.

Casi tan emocionante como el sentimiento que derrocha Bradley en sus canciones resulta el absoluto mimo con el que Daptone se puso a su servicio. El sello, por cierto, es sensacional. Incluso imprescindible para todo aficionado al soul contemporáneo pero hecho a la antigua usanza. Queremos decir con esto que un género es, claro, una determinada manera de componer, una serie de giros familiares, una articulación creativa en mayor o menor grado de unos códigos preestablecidos, pero también, y nos atrevemos a decir que sobre todo, es un sonido. Y el soul y el funk de los discos de Daptone suenan como tienen que sonar el soul y el funk. Al menos, los que se enmarcan en ese revivalismo que se nutre indisimulada y orgullosamente de las raíces clásicas, y en ese terreno estamos.

Esto lo logra Daptone porque tiene un extraordinario estudio propio equipado con aparatos y micrófonos de los años 60 y 70 (no lo hemos visitado, ay, y no nos importaría; pero lo sabemos porque se ha contado y, más aún, porque se escucha de manera maravillosamente elocuente en los álbumes de su catálogo). Y también porque cuenta con una soberbia escudería de bandas cómplices, tan compactas y musculosas como elegantes y sutiles, entre las que se encuentran la Menahan Street Band o Budos Band (ambas con sus propios trabajos puramente instrumentales en el catálogo del sello, sobra decir que muy gustosos y recomendables, en el caso de los segundos con bastante querencia afro-beat). 

Arropado por la una o por la otra, y a veces por una tercera ya confeccionada ex profeso para su querida Screaming Eagle of Soul, los Extraordinaries, Bradley grabó el citado No time por dreamingVictim of love (2013) y Changes (2016). Difícil inclinarse por alguno. Aunque tal vez el último de los tres vibre con especial fuerza por la extraordinaria y armónica combinación de formas absolutamente canónicas del clasicismo y un sonido más contemporáneo y de pegada formidable

En cualquier caso, la suya es una música genérica. Entiéndase la afirmación sin la menor connotación peyorativa; al contrario, de hecho. ¿Cómo podría suponer un problema para un amante del soul encontrar, con otras inflexiones y con alma propia, eso sí, ráfagas en la onda de Otis Redding, su principal e indiscutible influencia vocal pese a su manifiesta preferencia por James Brown, cuyo eco funk por supuesto también rebota en muchas de las canciones de Bradley, tanto en el plano vocal como en el instrumental? ¿Cómo podrían serlo los guiños al Curtis Mayfield más aguerrido de los 70 (en Confusion, pongamos por caso, de manera particularmente notoria), las reminiscencias de Solomon Burke o ese regusto de Wilson Pickett?

Charles Bradley 2

Su último disco, publicado el pasado noviembre, es ya tristemente póstumo, pues Bradley murió en septiembre de 2017 debido a un cáncer de estómago. El álbum, muy disfrutable, incluye temas grabados con la Menahan Street Band en sus numerosas sesiones para los tres anteriores, que fueron descartados en su momento por motivos de espacio o porque rompían el tono general de los mismos. Hay curiosidades como la versión mucho más eléctrica de Victim of Love, la incursión en el deep-groove psicodélico de (I hope you find) The good life o la confirmación por partida doble de su gusto por la relectura del repertorio rock vía sendas versiones de Heart of gold, el majestuoso clásico de Neil Young, y Stay away, un muy sorprendente chapuzón en los Nirvana más punkoides, a los que muy atinadamente y con enorme naturalidad el cantante y la banda se llevaron a su terreno.

De modo que, ya para terminar, hagamos la brevísima cuenta: de los 63 a los 68. Cinco años le duró a Charles Bradley esta propina de reconocimiento y dicha que le ofreció la vida después de enseñarle su cara más perra. Pero bien que los exprimió. Dejó verdaderamente su huella. Ahí está, ahí sigue en sus discos, quebrándose la voz cuando le daba el arrebato, desbordada la garganta por el ímpetu del sentimiento. Le daban muchos, y juraríamos que cada uno de ellos vale por una catarsis.

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