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Una fotografía de la familia Romanov

En el centenario del exterminio de los Romanov

Mucho se ha escrito sobre el asesinato de la familia imperial rusa: desde los nombres de los ejecutores, hasta el papel pintado del semisótano donde actuaron

22.07.2018 00:00 h.
6 min

El centenario del exterminio de la familia imperial rusa, que sucedió hace exactamente cien años, en la ciudad de Yekaterimburgo, al pie de los Urales, y concretamente en el semisótano de la casa del notario Ipatiev, el cual había logrado fugarse al extranjero unos meses antes de la guerra civil y del dominio de los bolcheviques que se habían apoderado de la ciudad; el centenario, digo, ha dado pie a un sinfín de novelas, películas y ensayos de Historia más o menos rigurosos. Una extensa bibliografía ha podido establecer y documentar hasta el más sórdido detalle de la matanza en la casa Ipatiev –incluido el nombre de los 12 soldados letones a los que el camarada Yakov Yurovski eligió para cometer la matanza; la negativa de otros dos o tres a asesinar a mujeres y niños; lo que bebieron los “doce del patíbulo” durante la noche del 16 al 17 de julio mientras esperaban sentados con las armas en la mano en un cuarto lateral el momento en que Yurovski les diera la orden de pasar al semisótano al que acababa de conducir con engaños a la familia Romanov, a su médico y a sus sirvientas; cómo era exactamente el papel pintado de ese semisótano; qué dijo el zar cuando Yurovski dijo que les iban a matar a todos; y quiénes cayeron primero, y por qué rebotaban las balas en los cuerpos de las princesas, y a quiénes hubo que rematar con la bayoneta, y cómo fueron cargados los cadáveres en la caja de un camión asmático, y las dificultades del entierro clandestino en el bosque de “Los cuatro hermanos” —. 

Entre lo que he leído sobre este tema que ha fascinado y espantado a varias generaciones, pero del que tengo mis motivos para suponer que las últimas no tienen ni la más vaga idea, lo más interesante, bien escrito y altamente literario es la meditación que el poeta español Juan Gil Albert publicó en los años setenta del pasado siglo bajo el título de El retrato oval –por motivos que sería largo explicar le puso el mismo título de uno de los cuentos más desafortunados de Edgar Allan Poe— para explicar su fascinación por el trágico destino de los Romanov que nació siendo él un chico de 12 años, al contemplar en una revista, en el año 1916, es decir antes de que estallase la Revolución y del asesinato de toda la familia, un retrato de la zarina Alexandra, “una señora bellísima” que “dejaba vagar hacia la cámara una mirada clara, de flotante tristeza, que confería a su fisonomía una preocupación y un interés singular”.

Teniendo en cuenta que en el primer año de la Primera Guerra Mundial murieron en combate cientos de miles de soldados rusos, parece que no debiera de importarnos, parece que sea una frivolidad reprobable ocuparse de la suerte de la familia de los autócratas que tan torpemente dirigieron el imperio, pero si aceptamos este argumento también deberemos aceptar lo siguiente: que considerada la infinitud del universo y del tiempo, o incluso sólo los acontecimientos de la historia en los últimos veinte siglos, es imperdonable que nos emocione la victoria o derrota de nuestro equipo preferido en un partido de fútbol o que consideremos valiosa la sonrisa de nuestro amor. También podría decirse que a la vista de la gran cantidad de obras magistrales en la literatura desde el poema de Gilgamesh hasta aquí, es pueril seguir escribiendo, publicando o leyendo libros nuevos.

Reprobable o no, la manía de Gil Albert produjo un libro estupendo, mientras que los reproches de los moralistas son la pura esterilidad cultural y su lógica conduce inevitablemente a la estética del realismo socialista. Pero en fin, si me preguntasen por qué, habiendo tantos muertos donde elegir, habiendo tantas catástrofes, nos ocupamos de pensar en estos pisaverdes que fueron los Romanov, diría simplemente que la brutalidad y sangre fría de semejante ruptura de tabús, cual la matanza de la familia más distinguida y destilación simbólica del imperio ruso, incluyendo la liquidación implacable de las niñas y las criadas, adelanta, resume una valoración fría y razonable de la vida humana que ya entonces en los campos de batalla, y en la explotación colonial y luego en los campos de extermino se expondría de una forma manifiesta, ya no escondida en un semisótano, manifiesta y masiva. Y hasta podría argumentar, con alguna convicción, que la interminable desdicha de la Rusia de los siglos XX y XXI, y de sus países satélites, tuvo, si no su causa, su big bang en aquel semisótano de la casa Ipatiev, en Yekaterimburgo, al pie de los Urales.

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