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En la caverna prodigiosa de Lua Cão

Parte de la exposición de 'Lua Cao' en la Casa Encendida

Una de las ofertas más líricas y encantadoras de la oferta expositiva de Madrid. Puede visitarse en Casa Encendida

02.12.2018 00:05 h.
4 min

Ingresas en la densa oscuridad de las salas sin luz; está prohibido encender la linterna del móvil y avanzas inseguro, tanteando el suelo antes de pisar, y te encuentras ante una pequeña pantalla donde se proyecta un paisaje tembloroso y romántico que ves como si estuvieras dentro de una gruta en la costa de Capri ante la que se despliegan, a los lados, las paredes rocosas, y delante, el mar, la línea del horizonte y el cielo turbio de un crepúsculo nuboso atravesado por jirones de luz púrpura entre los que bailan las esferas de tres soles, tres. Has entrado en la maravilla. El punto de vista y la idea del artificio me recordaban el “Étant donné” de Duchamp, las postales románticas, los trucos de los primeros años del cine, las ilustraciones de los cromos de ciencia ficción, ciertos paisajes escenográficos de Corot. “3 suns”, tres soles, es la pieza que invita, como a un paseo por la cara oculta de la Luna, que resulta ser muy parecida a la tierra, a la exposición “Lua Cão”, en español “Luna perro”, nombre de un fenómeno de halo lunar donde unas sombras parecen tener la forma de un perro.

Lua Cão consiste en una veintena de piezas de imágenes en movimiento de los artistas portugueses Alexandre Estrela y João Maria Gusmão + Pedro Paiva, reunión organizada por el comisario Natxo Checa que ha encontrado entre ellos semejanzas y diferencias mutuamente potenciadoras, prestándose una a la otra sugerencias inesperadas. De manera que ya no se trata propiamente una exposición de Estrela ni de Gusmão-Paiva, sino de un tercer artista. Una de las ofertas más líricas y encantadoras de la oferta expositiva de Madrid. Puede visitarse en Casa Encendida. Quien vaya tendrá, de paso, si se me permite la frivolidad, la satisfacción snob de estar no sólo envuelto en la oscuridad sino también en un secreto, en una experiencia exclusiva sólo para pocos, pues por los motivos que sean la prensa no ha dado noticia de esta pequeña maravilla tan terapéuticamente serenante como inquietante, abismal.

Esas tres salas de la Casa Encendida son un espacio onírico, lunático, en el que se acompañan con dispersa familiaridad los movimientos de las máquinas --sea una lavadora centrifugando o el objetivo de una cámara fotográfica que abre y cierra el diafragma-- con la cámara lenta de los fenómenos naturales, como en “Ola”, la película de una ola rompiendo, estallando contra un alto acantilado, la cabeza de la tortuga asomando del caparazón casi mineral y observando a derecha e izquierda como si inspeccionase un mundo que acaba de formarse, y el reluciente pez vaca asfixiándose y coleando en su pasmosa, feísima soledad sobre un plato de loza como si fuera la cabeza del Bautista. No puedo describir la relación que cada motivo, cada uno con su disposición espacial y con sus dimensiones, establece con las demás pantallas; me limito a hablar de un viaje, de una experiencia de frialdad solemne, en la confusión de lo atávico y lo moderno, de la equiparación entre maquinaria, geología, ojo y cámara, arrullados en el rumor de los diferentes dispositivos de reproducción. Recomiendo la visita. 

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