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Cápsulas de tiempo

Cápsulas de tiempo

Los enigmáticos hallazgos casuales e insignificantes en los libros de segunda mano pueden llegar a conmover por unos segundos

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Varios artistas contemporáneos se han sentido intrigados o sugestionados por las cosas que se encuentran en los libros, cosas que alguien metió allí y luego olvidó, y a partir de las cuales fantasean y articulan un discurso, un relato que es la sustancia de una exposición. Lamento no recordar qué artista barcelonés hizo una exposición con este procedimiento. En Praga vi una del artista checo Pavel Prochazka. También a este tema le dedicó, años atrás, una exposición la biblioteca de la Universidad Complutense, bajo el título Cápsulas de tiempo. Como a veces compro en librerías de segunda mano, me encuentro estas cosas, recuerdos de vidas de seres desconocidos pero con los que me une desde luego algo, que es el interés que a los dos nos ha suscitado en un momento u otro ese libro en concreto. Sucede también a veces en las bibliotecas públicas que te encuentras en los libros mensajes dejados aposta por el lector precedente. He comentado ya en alguna parte mi sorpresa al encontrar en el ejemplar de las poesías de Samuel Beckett que posee la biblioteca Teresa Pàmies, de la calle Urgell de Barcelona, un pétalo de flor con un mensaje que decía: "No es mi intención manchar el libro... pero es un pétalo de la tumba de Beckett". Esa tumba está en el cementerio de Père-Lachaise, en París, y se me hacía raro pero verosímil que alguien se traiga una flor o el pétalo de una flor desde tan lejos para dejarla en un libro de la biblioteca, pero la gente puede ser un poco mitológica y tomar iniciativas curiosas y gratuitas como ésta. Por cierto que el pétalo era de un color granate muy oscuro, oxidado, parecía una mancha de sangre. Me dio pie a infinitas aunque estériles reflexiones sobre el autor de la nota y recogedor de pétalos en tumbas lejanas. Por cierto que los poemas de Beckett son estupendos, de una intensidad casi insoportable. A veces, en esos libros que han tenido otros lectores antes que tú, según vas pasando las páginas te encuentras que han subrayado con lápiz tembloroso o con bolígrafo unas líneas, y no sabes por qué precisamente esas líneas y no otras más significativas o más sustanciales, pero desde luego son evidencias de que una inteligencia, grande o escasa, ha estado operando sobre ese texto. Así se interrumpe la lectura y se abre o se podría abrir una relación fantasmal con el anterior dueño del libro, que a lo peor ya está muerto. ¿Por qué subrayó estas palabras? ¿Qué significaban para él? ¿Por qué usó aquí este asterisco o este signo de suma o de admiración? A veces me enfada que mi desconocido camarada en la lectura subraye frases que me parecen elementales y en cambio deje pasar las fundamentales. A veces en la primera página te encuentras dedicatorias afectuosas del autor, o del comprador del libro, a un desconocido. Más enigmático es encontrar entre las páginas del libro de segunda mano que compraste en la librería de lance de la calle de Aribau o de la cuesta de Moyano un billete de metro de otra ciudad, o el resguardo de la entrada a un museo o a un concierto en algún prestigioso coliseo sinfónico o una tarjeta de visita o un recordatorio funerario o una servilleta de papel de algún bar o restaurante. Estos hallazgos casuales e insignificantes son la puerta a la vida de otro ser humano, pero esa puerta es impenetrable. Estos hallazgos fortuitos nos conmueven, por unos segundos; en seguida nos desentendemos, claro, la conciencia tiene que ocuparse de otras cosas.