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Imagen del glaciar islandés Okjökull, desaparecido por el cambio climático / EFE

Cambio climático, cambio de ideas

Cada día suenan más campanas con un redoble de apocalipsis. Ambiente tétrico. Sospechas de que las especies se extinguen voluntariamente, para ahorrarse el porvenir

25.08.2019 00:00 h.
6 min

Es irreversible el deterioro de la naturaleza, el calentamiento global, el cambio climático, la crisis ecológica, la amenaza de un futuro catastrófico. A algunos les da igual, pero entre quienes tienen dos dedos de frente el estado de ánimo varía entre el fatalismo y el pánico. Vattimo dice (en El País): “Espero morir antes de que reviente todo” y cita la última entrevista que le hicieron a Heidegger, que se publicó bajo el titular “Solo un Dios puede salvarnos”. El físico Stephen Hawking sostenía que la única posibilidad de salvación para la Humanidad es colonizar otros planetas. ¿No viene a ser lo mismo?

Cada día suenan más campanas con un redoble de apocalipsis. Ambiente tétrico. Sospechas de que las especies se extinguen voluntariamente, para ahorrarse el porvenir. Malas noticias a cada minuto. Se funden los polos, se baten los records de calor y cuando los vientos levanten la arena del Sáhara las dunas llegarán al pie de los Pirineos. Anteayer supimos que los peces del Mediterráneo van dopados con Valium y demás ansiolíticos con los que adormecemos nuestra angustia y que luego vertemos al mar, disueltos en orina. Ayer, que las gotas de la lluvia van cargadas de micropartículas de plástico --oh, no hay que preocuparse, de momento, no son letales aunque ya se han incorporado al organismo humano--.

Estas realidades catastróficas y pintorescas, estos nuevos conocimientos, hacen ver el futuro como la sonrisa desgarrada de un payaso torturado por la esquizofrenia. Nos dicen que si todos los vectores que apuntaban hacia el futuro como el lugar dialéctico donde la historia cuaja y el progreso culmina en cierta realización de la felicidad posible –alimentación, techo, educación y cultura para todos, supresión del estado de guerra permanente, victoria sobre todas las enfermedades e incluso sobre la muerte, un Estado mundial para una sociedad coherente y solidaria formada por miles de millones de ciudadanos compasivos y generosos--, en realidad adonde conducen es hacia el Armagedon, queda desautorizada la idea misma de progreso y deben ser puestas en cuarentena todas las prácticas relativas a la aplicación de la inteligencia humana, el conocimiento científico y la técnica para poner los recursos del planeta al servicio de la emancipación del ser humano de las contingencias de su hardware.

Si los aviones contribuyen al agujero en la capa de ozono y los coches envenenan el aire que respiramos y todos somos culpables en cuanto vamos al aeropuerto o nos ponemos al volante o salimos del supermercado con toda clase de alimentos envueltos en plástico (incluida el agua, que así se vuelve agente cancerígeno), entonces no solo Henry Ford fue un asesino en serie y es maléfico el invento del avión (“hay una ley: la gravitación universal; la aviación la conculca sistemáticamente”: Pla dixit), sino que hubiera habido que ahogar en la cuna a James Watt (1736-1819) antes de que inventase la máquina de vapor. Y más aún, todas las ideas y convicciones sobre el bien deben ser reconsideradas.

Durante demasiado tiempo hemos celebrado (y envidiado) a las naciones y a las inteligencias que en vez de enzarzarse en guerras y en el sometimiento a los oscurantismos de religiones bobaliconas con sus deidades desagradables y todopoderosas, se dedicaron en cuerpo y alma al comercio, la manipulación de las materias, el trueque y la plusvalía, la obtención de energía. Ahora sabemos, por poner un ejemplo, que la actividad de las empresas de confección textil económica (tipo Uniqlo o Zara) consumen más recursos energéticos del planeta que la aviación y el automovilismo juntos. Y por consiguiente todo lo que va ligado al vestido, incluso la elegancia más austera, es reprobable cuando no suicida. Lo mismo en todos los campos de la praxis humana, que algunos comparan con una metástasis cancerosa sobre la piel del planeta.

Punset decía que alcanzaremos la inmortalidad a base de dietas equilibradas, suplementos vitamínicos, repuestos de órganos y sensatez a ultranza. “Yo probablemente no me moriré nunca”, aventuraba, el muy temerario, en la tele. ¿Qué dices ahora, Punset? ¡No te oigo!

En fin. Lo sensato –ya que es impensable, imposible, frenar el progreso incesante, plantarse en un “crecimiento cero”—, lo preferible a largo plazo acaso hubiera sido la pasividad, resignarse a la ignorancia troglodita, temerosa de la caída del rayo y de dioses terribles que exigen sacrificios humanos; acurrucarnos de noche al fondo de grutas pintarrajeadas, desvalidos y tiritando, mirando caer la lluvia y el paso de las grandes bestias. Pero ya es demasiado tarde para desandar el camino de perdición que emprendimos. Solo nos queda atenernos a las consecuencias, la primera de las cuales es comprender que cosas, ideas, ideales, disposiciones, actitudes, todo lo que hasta ahora considerábamos deseable y beneficioso, en realidad es tóxico. El Papa hizo bien en forzar a Galileo a retractarse… Ésta sí que va a ser una buena transvaloración de todos los valores.

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