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'La Bola de Cristal' o la infancia arrebatada

Una imagen de 'Los electroduendes', personajes de 'La bola de cristal'

La muerte de Lolo Rico, realizadora de televisión (para adultos), devuelve a la memoria el mítico programa infantil de TVE que marcó a toda una generación

11.02.2019 00:00 h.
13 min

De entre todos los mitos más o menos desgastados que conservamos de la Transición, de los cachivaches que guardamos en el Xanadú de la historia de España contemporánea --la estatua resquebrajada del juancarlismo, la ilusión socialista rompiéndose con la cultura del pelotazo, la fiesta alegre, banal y sobredimensionada de la Movida Madrileña--, el único mito fundacional que queda más o menos incólume de esos años, limpio de polvo y paja, parece ser el de la virtud del programa de televisión La bola de cristal. De hecho, es uno de los pocos efectos culturales de la época que salva el periodista Víctor Lenore en su reciente y clarividente ensayo Espectros de la Movida. Por qué odiar los años 80 (Akal).  

Aquella cosa que brillaba, encima de la camilla, nos parecía un programa visionario y preclaro. Un magazine infantil icónico que nos acompañaba por las mañana sabatinas en la soledad de la televisión española de la época. Nosotros éramos gozoso público cautivo, sí, y la caja tonta nuestra cuidadora casi a tiempo completo. Los niños de la ciudad pasábamos muchos días de invierno encerrados con un único juguete en el salón familiar, atentos a los espejismos de modernidad de la bola. 

La bruja Avería, décadas después

¿Pero pasaría la prueba del algodón de la actualidad? ¿Han envejecido bien sus propuestas? La nostalgia es la droga dura oficial de una generación repleta de aspirantes a Peter Pan. Nosotros no nos reíamos de la bruja Avería. ¿Lo harían los niños de ahora? Siguiendo el consejo de Santiago Alba Rico, guionista del programa, hijo de la recientemente fallecida directora, Lolo Rico, y autor del magnífico Leer con niños (Literatura Random House) me dispongo a visionar un capítulo junto a mi hija de nueve años, libreta en mano, para comprobarlo. Cierto es que el bueno de Santiago habla de leer junto a nuestros hijos los clásicos de la literatura universal, Homero, Cervantes, Joyce, y así resistirnos a la tentación del hiperconsumismo que nos acecha incesante. Lo mío resulta algo más humilde, pero supongo que la actividad se puede ampliar a los clásicos de cada uno.  

Alaska en  'La bola de cristal'.

Alaska en  'La bola de cristal' / RTVE.

Lo primero que sorprende a mi hija es que la primera parte, llamada Los electroduendes, dedicada en teoría a los más pequeños de la casa, da un poco de miedo. Eso es maravilloso. La dosis justa de escalofrío que tienen los cuentos no edulcorados. Los electroduendes --Bruja Avería, Bruja Truca, Hada Video, Maese Cámara y Maese Sonoro-- son marionetas de cartón piedra que viven dentro de la televisión. Su misión es molestar, mi hija dice trolear, a los presentadores humanos al uso del programa infantil que intentan moralizar y explicar cosas útiles. ¡Ah, qué maravilla de  incorrección! Se nota que los guionistas desconfían del medio, de los discursos al uso. Por poner un ejemplo, cortan un pretendido documental de peces para poner los cortos de animación Plastinots, una serie de stop motion en plastilina de producción alemana.

Aunque se nota que el ritmo es otro distinto al espídico de las series infantiles actuales, mi hija lo ve sin rechistar, atenta a los guiños que pilla y preguntona con los que no. La inventora del juguete, Lolo Rico, declara en el documental Lolo Rico: La mirada no inventada (Julio Suárez, 2015) que vivía enfrente de la televisión española --eso sí es conciliación-- y así desde su ventana veía a los presentadores entrar y salir. Un día se decide a entrar con su libro infantil bajo el brazo y le ofrecen trabajo.  

Entretenimiento y conocimiento

Cartel del documental sobre Lolo RicoDesde entonces se propone conseguir realizar un programa para niños con los mismos medios y ambición que el de los adultos. Un programa en el que no se les trate como a sordos o estúpidos. Rico entiende la televisión como un arma no solo de entretenimiento sino de conocimiento; un arma de instrucción masiva que permita crecer --la infancia mantenida a perpetuidad es una perversión--, que haga entender la importancia de ser culto, que acompañe en la lectura. Ella sola no podía, pero con los amigos de su equipo --como recordaba uno de sus lemas--, sí.

El programa, en una franja horaria (los sábados por la mañana) marginada hasta aquel entonces, pasó de los 100.000 a los cinco millones de espectadores. Sobre todo debido a su sofisticada apuesta por los diferentes niveles de lectura, la bola tenía más capas que una lasaña italiana, que es, en definitiva, lo que continúa funcionando en la actualidad.

Batiburrillo de estímulos

Pero es en la segunda parte, en la dedicada a preadolescentes, El Librovisor, donde la cosa toma vuelo cultural de alto espectro. Alaska, con un doble de títere, da paso a las figuras emergentes de la música y el arte, así en un solo capítulo aparecen: Santiago Auserón, Rosa Chacel, Kiko Veneno y Miró, Pablo Carbonell y Mary Shelley. Las canciones folk de Rosa León junto al rock de Loquillo. Y así todo, un batiburrillo pop y dinámico lleno de estímulos y referentes. Lo nunca visto. Mi hija los sigue ojiplática. Tan atenta a cómo un niño disfrazado de detective le analiza los planos de una película clásica --esto es un travelling, esto un plano-detalle-- que me pide la libreta para tomar apuntes para un corto que dice que se le ha ocurrido. 

La familia Monster

La familia Monster.

Tras la segunda parte llega La Banda Magnética, un espacio dedicado a la emisión de series clásicas estadounidenses. Vemos un capítulos de La Pandilla, las aventuras de unos niños divertidísimos de clase popular, grabado en los 40 con un desparpajo chanante. Pero en etapas posteriores se programaron por primera vez La familia Monster --"¿Cómo puede ser tan moderna una serie en blanco y negro?", pregunta mi hija-- y Embrujada. Después de eso, lo dejamos, hay que hacer la cena y la última parte, llamada La cuarta parte, presentada por un pasadísimo Javier Gurruchaga, estaba dedicada ya a un público adolescente.

Prueba superada

Así las cosas, el algodón no engaña, La Bola de Cristal sigue siendo pertinente, tal vez más que nunca. Tras su aparente éxito sin parangón se oculta la cruel paradoja de que ninguna cadena de televisión ha sido lo suficientemente audaz como para programarla de nuevo, o programar una versión actual del asunto. Los niños andan huérfanos de referentes culturales reales y adultos en su entorno, perdidos en el dédalo de las celebrities vacuas del famoseo o del fútbol.

Imagínense que tenemos quince minutos para imaginar un programa infantil en la actualidad que se acerque a la cultura de manera divertida y rigurosa. Si no se nos ha ocurrido nada, a lo mejor es que deberíamos ver menos el teléfono móvil. ¿Para cuándo un programa infantil actual con Rosalía como presentadora? En el que en sus reportajes aparecieran J. J Bayona, Amaia, Rodrigo Cortés, El Rubius o Ignatius Farray interpretando gags sobre libros, pinturas y música. Combinando sus apariciones con entrevistas a figuras de la cultura relevantes y actuales. 

La ventana televisiva a la cultura

portada la bola de cristalLa  Bola de Cristal fue nuestra Institución de Libre Enseñanza. En vez de Pepín Bello, Lorca, Buñuel y Dalí teníamos a la troupe de Lolo Rico. Una ventana abierta a la cultura. La cosa, como la otra, duró menos de lo que se merecía. Con el éxito de audiencia y la llegada de Pilar Miró a la dirección RTVE la censura empezó a aparecer. Un crítico denunció que nadie se estaba dando cuenta de que unas marionetas horrorosas estaban explicando el libro primero del Capital de Marx en horario infantil. Las críticas a Felipe González, presidente en aquella época, a Ronald Reagan o a Margaret Thatcher, debían suavizarse. Lolo Rico no transigió con la censura y el sueño se acabó.

Lo que resulta realmente increíble es cómo el programa tuvo la posibilidad de enseñarnos el futuro de los programas infantiles producidos aquí. Como las brujas del inicio de Macbeth, que le cuentan su futuro y lo propicia. Los problemas de censura, lo intentos de manipulación, la final cancelación de La Bola de Cristal y su no regreso, auguran los problemas de televisión pública y la cultura de finales del siglo XX y principios del XXI. 

El programa de una generación

Charles Foster Kane susurra la palabra Rosebud a su bola de nieve justo antes de morir en su castillazo de Xanadú. No sabemos cómo la escuchan sus trabajadores, pero el caso es que quieren descubrir qué misterio oculta esta última palabra. Orson Welles, apenas un chaval, a lomos del mejor tren eléctrico que tendría en su vida, nos va escamoteando la respuesta a base de inventarse planos imposibles, ritmo en el montaje, grandiosidad y acaba filmando tal vez la mejor película del siglo XX. 

El paraíso perdido de Ciudadano Kane, descubrimos mucho más tarde, es su infancia prematuramente clausurada, que se quema en forma trineo infantil en el horno crematorio donde los que los trabajadores tratan de mitigar el síndrome de Diógenes deluxe que padecía el magnate. Los niños de la Transi, en nuestro lecho de muerte, entre partida y partida a la Play Vintage, tal vez susurremos otra palabra incomprensible para nuestros descendientes: La Bola de Cristal. Nuestra infancia arrebatada.

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