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Fotomontaje de la biblioteca de Hitler con exlibris a la izquierda

La biblioteca del Führer

Hitler, cuya biblioteca estaba compuesta por libros de regalo, sentía devoción por el 'Julio César' de Shakespeare y por el personaje de 'Pinocho'

01.04.2018 23:55 h.
9 min

En la primavera de 1945, cerca de Berchtesgaden, en una mina de sal, la División Aerotransportada 101 halló 3.000 libros. Tras una larga evaluación en Múnich que duró hasta 1952, los volúmenes fueron embarcados con destino a la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Aquellos libros habían pertenecido a Hitler. En América se sometieron nuevamente a examen. Los libros que no contenían inscripciones del Führer, ni dedicatorias manuscritas a su persona, eran absorbidos por la colección de la Biblioteca del Congreso. Si estaban duplicados se enviaban a la división de intercambio y donaciones, encargada de enviarlos a otras bibliotecas o al libre mercado. Se conservaron unos 1.200 volúmenes que hoy ocupan el tercer piso del edificio Jefferson, donde un cartel delimita su estancia: “Colección Tercer Reich”. Los soviéticos pescaron algunos más, unos 10.000 libros. Pero por el hermetismo ruso se desconoce su paradero. Se calcula que la biblioteca estaba compuesta por unos 17.000 volúmenes. Gerhard Weinberg, uno de los primeros en estudiarlos decía al respecto: “Estaba intrigado por lo que podría encontrar, [pero] realmente parece que gran parte de los libros nunca fueron escudriñados por su dueño”. 

Aparentemente, la biblioteca de Hitler estaba compuesta por libros de regalo de autores y editores, como la de tantos otros políticos, y había pocas muestras “de que hubiese leído alguno”. En el estudio de Philipp Gassert y Daniel Mattern se llegó a la misma conclusión. Se trataba de un listado de quinientas y pico páginas, que se publicó en 2001. Incluía transcripciones de dedicatorias y reproducciones del exlibris usado por Hitler: un águila agarrando una esvástica entre una rama de roble. Poder, fuerza e ideario aparecían representados en el pictograma. De los títulos que reforzaban el ideario llama la atención la obra Las actuales tareas de la política alemana de Paul Lagarde, un escritor nacionalista del XIX. Hitler subrayó en el texto con dos líneas gruesas la frase “reubicación de los judíos polacos y austriacos en Palestina”. ¿Subrayaría la frase para incluir esa idea dentro de sus planes antisemitas? 

Aparentemente, la biblioteca de Hitler estaba compuesta por libros de autores y editores, como la de tantos otros políticos, y había pocas muestras “de que hubiese leído alguno”

El resto de marcas halladas en otros textos se limita a doble y hasta triple subrayado y a escuetas anotaciones con la característica cursiva dentada del dictador. Hitler leía pasajes, reflexionaba y apuntaba sus ideas a grafito. A través de esas marcas vemos a una de las figuras más oscuras de la Historia como lector de libro y lápiz. El dictador al desnudo, construyendo su ideario a partir de su biblioteca privada. Algunos ejemplares que apuntalaban su destructiva ideología fueron: El judío internacional de Henry Ford, un pasquín antisemita escrito por el magnate de la industria automovilística en 1920; Ciencia Racial del Pueblo Alemán (1929) de Hans Günther, investigador racial y miembro del partido nazi​ cuya obra vendió más de medio millón de copias y Germania (98 d.C.) de Cornelio Tácito, un tratado clásico sobre la idealización del pueblo germano que los nazis adoraban como su biblia. Pero quizás el libro más trillado por Hitler, por su aspecto manoseado, fue el Manual de bolsillo sobre tanques (1935) de Heigl, que introducía el concepto de blitzkrieg (guerra relámpago).

Ciencias ocultas

En la biblioteca también había cabida para las ciencias ocultas. Se halló una reedición de un tratado anónimo de alquimia del siglo XVIII. Temática por la que mostraba especial atención Heinrich Himmler, plenipotenciario encargado de los campos de exterminio y de dirigir la Iglesia de la Orden Teutónica. Y aunque los nazis no eran muy de literatura inglesa, porque Himmler ya se encargó de montarles un fantasioso mundo germánico, en la biblioteca del Führer Shakespeare tenía un espacio reservado. Poseía sus obras completas publicadas en alemán por Georg Müller en 1925, encuadernadas en cuero marroquí y con las iniciales “A.H.” grabadas al lomo. Sentía especial predilección por Julio César. En un cuaderno de notas dibujó la escenografía de la tragedia, con sus deplorables fachadas cerrando el foro en el que iba a ser asesinado César. Se la sabía al dedillo. “Nos volveremos a ver en Filipos”, con esa frase amenazaba Hitler a sus oponentes, parafraseando la advertencia que el espectro le hace a Bruto tras el asesinato.

Aunque los nazis no eran muy de literatura inglesa –Himmler se encargó de montarles un fantasioso mundo germánico– Shakespeare tenía un espacio reservado en la biblioteca del Führer 

También leía otros clásicos universales como Robinson Crusoe o Don Quijote. “Cada uno de ellos constituye en sí mismo una idea grandiosa”, llegó a decir. En Robinson Crusoe veía la evolución de la humanidad y en la obra de Cervantes el final de una época. Su edición predilecta, la ilustrada con los grabados de Doré, en los que se mostraba al héroe cervantino asolado por las ilusiones. Me pregunto si se recrearía mucho en el pasaje de la quema de los libros.

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Imagen de la sala de lectura de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos / CG

Un lector como Pinocho

Cuando el joven Hitler llegó a Viena con 17 años tan solo llevaba cuatro cajas de libros, un caballete para pintar y bastante miseria. En su carrera hacia el poder se dedicó a depredar libros. Quemó muchos sí, pero otros fueron exprimidos por sus meninges. Era su manera de actuar, como en Polonia. Se trataba de un lector raro. Su relación con los libros era como una de esas relaciones tóxicas en las que alguien que te ama con todo el odio del mundo te vampiriza hasta dejarte sin ideas, como su relación con Eva Braun y su perra alsaciana.

“Tomo de los libros lo que necesito”, decía. La lectura sólo le servía de combustible para su fábrica de malas pretensiones. “Leer no es un fin en sí mismo, sino un medio para un fin”, escribía el ideólogo del Mein Kampf. Por extraño que parezca así leía también su personaje favorito de Disney, Pinocho, el cual llegó a dibujar cuando se lo permitía su ambición. Al animado muñeco la escuela solo le servía para aprender a leer y a escribir. Su única intención era ganar mucho dinero y poder comprarle a su padre una “chaqueta bordada de plata y oro, con botones de diamantes”, eso sí, después de dejarlo en mangas de camisa. Así construyó un Estado amoral.