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La biblioteca de Alcatraz: lecturas carcelarias

La biblioteca de Alcatraz: lecturas carcelarias

El famoso penal estadounidense esconde historias curiosas de libros y reclusos

6 min

Prisión tiene cuantiosos sinónimos: cárcel, penal, penitenciaría, presidio... El número aumenta si incluimos vulgarismos: chirona, trena, talego, trullo... Pero si hay un nombre propio que evoque mejor el lugar donde los delincuentes purgan sus penas ese es el de Alcatraz; siete hectáreas de roca que mantiene a flote cuatro módulos de alta seguridad. En el D se encontraba la biblioteca. De ella partían los carros que distribuían el fondo de 15.000 libros entre 336 celdas, cada mañana tras el desayuno. A la entrada de la sala de lectura había un cartel que advertía: "Estos hombres leen más literatura seria que una persona ordinaria en la comunidad". ¿A qué literatura se refería? ¿Qué leían los internos?

En 1942 Robert Franklin Stroud fue trasladado a Alcatraz. Sobre sus hombros la perpetua por varios homicidios. El hombre pájaro, le decían. Un día, en el patio de otro trullo, tropezó con un gorrión huérfano que le despertó tanta compasión como vocación a la canaricultura. Parece ridículo contado así, un matón enamorado de los canarios, pero su vida de recluso despertó tanto interés como para dedicarle un libro y un film. Thomas E. Gaddis escribió El hombre de Alcatraz y John Frankenheimer lo grabó en cinta. Burt Lancaster encarna a un recluso que se forma como ornitólogo gracias a manuales y revistas, llegando a montar un negocio veterinario desde el más absoluto aislamiento. Al parecer, al preso no le bastaba con el fondo de la biblioteca, demasiado anticuado en materia biológica por ser herencia del antiguo fortín de la isla. Entre las estanterías podías encontrar pensadores como Kant, Schopenhauer, Hegel y plumas como Dumas, Conrad o Cervantes​, aunque nada sobre la cría del canario. Stroud pudo hacerse con buenos manuales y la dirección le permitió suscribirse a las revistas del ramo, donde posteriormente conseguiría colaborar como redactor y especialista. Al mismo tiempo, alternaba la ornitología con el derecho. En el módulo A, se abrió una biblioteca legislativa tanto para picapleitos como para reclusos, que el hombre pájaro supo aprovechar para intentar suavizar su condena.

Régimen bibliotecario

A los reclusos se les permitía sacar tres títulos, leer periódicos y suscribirse a ciertas revistas, pero todo pasaba por la censura del capellán. Las páginas de sexo y crimen eran arrancadas de cuajo. Tanto era así que cuando el famoso atracador de bancos Alvin Karpis cumplía condena empujando el carrito de los libros por los pasillos, al pasar por el locutorio, tras la mampara pudo ver a la hermana de un interno. A la vuelta le dijo a su compañero: "Llevaba 19 años sin ver a una mujer​". En sus memorias contaba que cada vez que pasaba por el lugar, no se podía arrancar de las meninges la imagen de la preciosidad.

Algunos títulos de revistas que recibía el presidio eran Better Homes and Gardens y The Literary Digest, jardinería y actualidad periodística semanal. De lírica había poco. A los hampones no les gustan los versos. La poesía no tiene nada que hacer en un mundo demasiado real. Incluso los más cultos eran ajenos a los versos. La lectura de estrofas les parecía una distracción vergonzosa, una payasada grande. La única rima que se permitían era la de las canciones carcelarias, aquellas que se cantaban junto a una ventana enrejada o tumbados en la litera con las manos en la nuca. Nada de coros, no era un worksong. Todos escuchan, mientras el reo canta impulsado por una querencia que sube desde el estómago. Las letras, fatalidades de la vida, el dolor de las madres o alguien que se enfrenta a su destino. Para saber más acudían siempre a la prosa. Novelas era lo que más había, preferiblemente históricas y de drama amoroso, autores como London, Sinclair Lewis, Washington Irving, Zane Grey o Hamilton Garland. Policiacas había pocas por la censura, pero tampoco les interesaban mucho, porque de sabuesos y cacos estaban bien hartos. La biblioteca y aquellas lecturas eran la oportunidad de escapar, de traspasar aquellos barrotes, de asomarse de nuevo al mundo, de vivir otras vidas.

En 1979, cuando la prisión federal de máxima seguridad llevaba algo más de década y media cerrada, Don Siegel decide conmemorar una de las más meritorias fugas de una prisión dirigiendo el thriller La fuga de Alcatraz. En la cinta, Eastwood representa a Frank Morris, uno de los fugados. Frank junto a El inglés (Paul Benjamin) planificaron su fuga en la biblioteca, un remanso de libertad.