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El escritor Felipe Benítez Reyes / J.M.SÁNCHEZ PHOTO

Benítez Reyes, escuela de carpintería

El escritor gaditano condensa su visión del mundo en un brillante diccionario de autor donde divaga sobre filias, fobias, trabajos, días, vivencias y decepciones

07.06.2019 00:00 h.
8 min

La verdad de un escritor está escondida en sus libros periféricos. Aquellos que no siempre forman parte de las biografías oficiales o, en el mejor de los casos, merecen una nota al pie de su bibliografía canónica, premios ilustres incluidos. Esta regla, que es puramente subjetiva pero que a nosotros nos parece indudablemente cierta, convierte en apasionante la lectura (despreocupada) de muchos textos menores de escritores mayores, donde los autores de prestigio –esa vana invención literaria– se nos muestran, por lo general, sin el característico ropaje de la ficción o vueltos de espaldas al sujeto poético, ese famoso personaje retórico al que don Nicanor (Parra) tuvo que asesinar para poder crear al antipoeta, el único cantor que suena natural en estos tiempos extraños.

Felipe Benítez Reyes (Rota, 1960), poeta temprano y novelista celebrado, ensayista ingenioso y articulista elegante, ha decidido dar a la imprenta, tras lustros de trabajo artesanal y silencioso, las virutas de su particular taller de carpintería literaria. Y lo ha hecho bajo la forma de un prontuario a la antigua usanza, que viene a ser como una colección de notas dispersas y suertes caprichosas sobre su visión del mundo, que ya sabemos que es ese espacio (infinito) que se extiende desde la esquina del callejón de al lado hasta el último confín del cosmos. El resultado es El intruso honorífico, un diccionario de autor al que la Fundación Lara le ha otorgado el Premio Manuel Alvar de Estudios Humanísticos. El libro condensa, bajo la forma de una enciclopedia incompleta, abierta a variaciones futuras, todas las voces del Universo Benítez Reyes, donde se juega con la honorable tradición de la ironía, el destello verbal y el hallazgo conceptual.

Se trata, como es natural en estas lides, de una colección fragmentaria en la que los asuntos elegidos en unos casos sólo son esbozados, en otros se desarrollan a partir de una anécdota, se persigue el fogonazo ardiente del aforismo, se recopilan citas de autoridades (que no lo son) o se cultiva la analogía y el insigne arte de la contradicción, que consiste en decir una cosa y la opuesta sin incurrir por completo en el pecado de la incoherencia. La pretensión de resumir la totalidad del universo en una enciclopedia es, además de una variante del género fantástico, como ya nos enseñó Borges, una pretensión destinada al fracaso, esa otra forma de creación.

Benítez Reyes se vacuna frente a este destino por la vía de la confesión, desvelando que no es la primera vez –y esperamos que no sea la última– que aborda la hercúlea tarea de tratar de sistematizar el desorden (vital) en un volumen fingidamente ordenado. Su primer intento fue después de comprar en un estanco de Rota –imaginamos que similar a la covacha del zapatero andaluz de El juguete rabioso, la novela de Roberto Arlt– la enciclopedia de Novalis, el poeta romántico, autor de otro diccionario fallido. El intento de emular al escritor alemán, como era previsible, terminó en un cajón de viento. Intuimos, sin embargo, que parte de sus cuartillas han formado parte de los materiales de este prontuario, igual que las clasificaciones escolares que el joven Benítez Reyes perpetró –el verbo nos parece exacto– en sus lejanos años como estudiante de filología hispánica, esa musa ingrata. Ambas incursiones, sumadas a la lectura de la Nueva enciclopedia de Alberto Savinio, constituyen los principales afluentes de El intruso honorífico, que podría definirse como una colección de divagaciones creativas y, justo por esta razón, voluntariamente inexactas.

El intruso honorífico, Benítez ReyesNo estamos pues ante un diccionario de definiciones, sino ante un compendio de sugerencias, armado a la manera de los carpinteros que conocen bien su oficio y practican con maestría el arte de la simulación. Benítez Reyes, a quien el gran Juanjo Téllez, poeta y periodista de Algeciras, define (con un humor absolutamente serio) como “un viejo desde los 20 años”, es un tipo pausado, incapaz de aburrirse, con cierta afición por la retranca y cuyo Parnaso es su propio estudio. Un señor al que no le hace falta cruzar el globo para encontrar la felicidad (privada). Diríamos que tiene algo de los antiguos caballeros de fortuna. Es un sabio de pueblo que en determinados pasajes de este prontuario muestra un envidiable dominio del estilo de los grandes clásicos castellanos. Y cuya forma de ver la realidad es consecuencia de esa sabia elección que consiste en ver pasar la vida corriente cerca del mar y lejos de las grandes cortes imperiales, como un ilustre fenicio o un discípulo de Antonio de Guevara, el único obispo (de Mondoñedo) por el que sentimos una tenue devoción.

Las descripciones de la vida corriente, incluso vulgar, que incluye este diccionario nos parecen excelentes. En especial las reflexiones sobre el aburrimiento, las almohadas, las colas de los comercios, la metafísica de los bolsillos, las maldiciones sinnúmero del viajero profesional, la secreta peligrosidad de la cama o la elegía (escrita en prosa) a la muerte de las bombillas, ese objeto moderno con un deceso inmediato, inesperado y súbito.

Igualmente brillante nos resulta la decisión de comenzar el libro con un (falso) diálogo, a la manera del género socrático que tanto juego daría muchos siglos más tarde a los grandes humanistas del Renacimiento, sobre la impertinencia de inaugurar un tratado supuestamente científico con un imperdonable pleonasmo. Ambos episodios, junto a otros muchos, establecen el marco de lectura del libro. Definen un tono que es hijo directo del amor por la ironía y arte del humor inteligente. Benítez Reyes es, quizás, uno de los escritores más cervantinos de la literatura española. Alguien capaz de reírse de sí mismo sin hinchar ningún perro y de mirar a los demás –que en el fondo somos también nosotros– desde la perspectiva que otorga saber que la vida no es un poema épico, sino un verso suelto y absurdo. Un escritor al que, si se le pide que defina el bucolismo, responde: “Un sistema de regadío para las flores de papel”. Que describe a Dios como “el director artístico de un circo de pulgas”. Y que, a la manera Tom Waits, piensa que un caballero es “alguien que, sabiendo tocar el acordeón, no lo toca”. Mayormente, por pasar desapercibido entre el caudal de tantos espejismos cotidianos.

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