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El historiador Bartolomé Bennassar

En la muerte de Bartolomé Bennassar

La obra del pensador francés, uno de los grandes hispanistas de los últimos tiempos, revela un infinito amor por la historia de España, a la que dedicó su vida

7 min

El 8 de noviembre del año en curso ha muerto Bartolomé Bennassar en Toulouse, ciudad de la que fue profesor y catedrático de Historia Moderna desde el año 1956 hasta su jubilación en 1990. Ha muerto un hispanista, concepto actualmente a lo que parece en decadencia, uno de los últimos representantes de una generación dedicada a la historia de España​ desde su condición de hijos de exiliados políticos o de emigrantes socioeconómicos, especie ésta a la que él pertenecía. De esta generación quedan ya muy pocos. Quiero recordar aquí a las figuras de Joseph Pérez o Augustin Redondo.

Bennassar ciertamente ha dedicado su inmensa obra a la historia de España con una capacidad de trabajo excepcional. Desde su clásica tesis doctoral sobre el Valladolid del siglo XVI, publicada en francés en 1967 (por lo que le tocó sufrir el frío glacial en los archivos de la Castilla de los años 50), ha abordado todos los rincones de la historia de España desde la Inquisición a las biografías de Hernán Cortés o Juan de Austria, desde la problemática de los cristianos de Alá o renegados a la biografía del pintor Velázquez, desde la visión general de España --su Historia de los españoles-- a sus libros sobre América Latina, de su ensayo sobre 1492 a su biografía de Franco o su libro El infierno fuimos nosotros, toda una revisión sobre la guerra civil y la posguerra…

La españa del siglo de oro, por bartolome bennassar Todo lo humano le interesó, e hizo lo que estuvo en su mano para aprender y explicarlo con singular capacidad literaria y al mismo tiempo con cartesiana capacidad expositiva. A lo largo de su trayectoria biográfica, evolucionó de un braudelianismo convicto y confeso (aunque en sus memorias reconoce que Braudel era de "diente duro"), que le llevó por las montañas de la historia económica y social (la regionalización, el estudio sobre las pestes…) a las laderas de la historia de las mentalidades.

Su libro sobre El hombre español, sus estudios sobre la Inquisición, su inmersión en el mundo de los conversos del lado cristiano al musulmán, reflejan bien su pasión por penetrar en las señas de identidad del fenómeno religioso. Siempre tuvo una singular audacia a la hora de introducirse en ámbitos temáticos difíciles con un sentido de la libertad de pensamiento anómalo.

Sus investigaciones en la historia reciente sobre Franco o la Guerra Civil, le generaron no pocas descalificaciones por no ser progresistamente correcto. Él que era muy sensible, lo asumió sin renunciar a su interés por saber y enseñar. Su vitalismo viajero por todo el mundo (América Latina le fascinó y en particular, Brasil, país por el que tuvo especial devoción), su capacidad de amistad y generosidad, su muy buena interrelación conyugal con Lucile, le ayudaron a superar alguna tragedia familiar y a no perder nunca la ilusión por la reconstrucción del pasado histórico español. 

Hijo de padre mallorquín y de madre francesa, nació en Nîmes en el marco de una familia humilde, con muchos problemas económicos en su infancia, apasionado por el fútbol y por los toros (tema al que dedicó una excelente Historia de la tauromaquia), su mayor disfrute confesado estuvo en saborear la naturaleza (presumía de ser un gran pescador de truchas), que le permitía evadirse del mundo académico, en el que se sintió más de una vez preso (fue rector de la Universidad de Toulouse dos años). 

La españa de los austrias, bartolome bennassar Tuvo grandes reconocimientos académicos (doctor honoris causa en varias universidades) pero ello nunca le privó de la extraña conjunción de la pasión por escribir, y la felicidad de conocer el mundo más remoto y el más cercano. Un hombre intelectualmente abierto, ecléctico entre el progresismo y el conservadurismo, con más capacidad, según él mismo decía, por la descripción que por la introspección.

Nunca le interesó la metafísica identitaria del problema de España, ni los debates esencialistas. España nunca fue un problema para él, sino simplemente un país con muchos problemas. Significativamente no escribió una historia de España, sino una historia de los españoles. Le interesó la base social, nunca las construcciones elitistas. La literatura española del siglo de oro le fascinó, sobre todo, en la medida que había un mercado lector detrás. 

La escritura le ejerció no sólo a través de la historia, sino también de la literatura con cinco novelas en su haber, alguna de ellas por cierto, convertida en película de cine. Nunca perdía la mirada optimista ante la vida, más allá de los desgarros familiares que sufrió, compartió plenamente su amor hacia su país de origen (España) y el país que le dio su identidad (Francia), tuvo una capacidad de ironía tierna que le dotaba de una sonrisa entrañable que refleja muy bien en su último libro Pérégrinations ibériques, un ejercicio de memoria personal sin amagos de autojustificación o de venganza tan frecuentes en este género literario. Se nos ha ido un gran historiador, un hispanista excepcional, un amigo inolvidable.