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Imagen de un ejemplar de El Rrollo enmascarado / TODOCOLECCION.NET

Atendían por "El Rrollo enmascarado"

Allí se trabajaba hasta la hora de cenar y a partir de ahí empezaba el desfase, que para algo eran jóvenes y alternativos

10.06.2019 00:00 h.
5 min

A principios de los 70 corrían por Barcelona unos emprendedores muchachos que se dedicaban al comic underground y atendían por el nombre conjunto de El Rrollo enmascarado (también conocidos como los del Rrollo). Fabricaban sus propios tebeos, que vendían en la Rambla y en algunos bares alternativos, y se contaba de ellos que vivían todos juntos, en plan comuna urbana, en un piso de la calle Comercio situado en un edificio perteneciente a la familia del artista conceptual (y aristócrata) Antoni Muntadas. En esa época, yo estudiaba periodismo --si se le puede llamar estudiar a lo que hacíamos, o no hacíamos, en la pomposamente bautizada como Facultad de Ciencias de la Información-- y aspiraba a ganarme la vida en un futuro próximo como guionista de tebeos (¡santa inocencia!). Como yo era de influencia francesa y los del Rrollo bebían más del underground norteamericano, sus tebeos me gustaban en parte, inclinándome por los autores, digamos, más narrativos: nunca entendí muy bien lo que me contaban los hermanos Farriol o Roger --con el que mucho después fabricaríamos un álbum a medias--, pero veía en Nazario, Max y Antonio Pamies (hermano de Sergi, el escritor, que un buen día se fue a Granada, cambió los tebeos por la docencia y no se ha vuelto a dejar caer por Barcelona) a unos autores con cierto fundamento. En cualquier caso, lo que me fascinaba del Rrollo era su entrega al oficio y su vida libre y alternativa, que resultaba atractiva a la fuerza para alguien que, como yo por aquel entonces, todavía vivía en casa de sus padres.

Quiso el azar que una amiga de la facultad, la vasca Ana Busto, fuese también amiga de Nazario y frecuentara el mítico piso de la calle Comercio. Tras pedírselo amablemente, me llevó a tan sagrado lugar una tarde y pude ver en directo cómo vivían los alternativos genuinos, no los de boquilla como yo. Reconozco que experimenté una satisfacción instantánea al ver a todos aquellos individuos dibujando juntos en una gran sala, cada uno en su mesita, en silencio y dando muestras de una disciplina digna de Yukio Mishima. Era evidente que se tomaban lo suyo muy en serio. Allí se trabajaba hasta la hora de cenar y a partir de ahí empezaba el desfase, que para algo eran jóvenes y alternativos: papear algo, beber, drogarse, tal vez follar... En fin, un lifestyle envidiable que yo observaba desde mi realidad de burguesito con aspiraciones artísticas sin olvidarme de intentar convertirme en el Tom Wolfe o el Hunter S. Thompson español.

La verdad es que no me hicieron mucho caso y casi todos siguieron a lo suyo tras saludarme con cierta displicencia. Solo Nazario se tomó la molestia de darme conversación: aún no había salido del todo del armario y era un tipo amable y de una seriedad asombrosa que me dio un cursillo avanzado de lo que significaba ir por la vida de dibujante underground. En cualquier caso, salí de aquel apartamento como el que ha estado en Lourdes y ha sufrido una de esas experiencias que te cambian la vida. Poco después monté un tándem con un amigo dibujante y di comienzo a una carrera de guionista que nunca llegó a ser una carrera, pero me permitió fabricar algunos álbumes a medias con gente tan interesante como Montesol, Sento, Keko, Bartolomé Seguí o Sagar Forniés.

El Rrollo enmascarado se disolvió, como tantos otros grupos artísticos desde el principio de los tiempos. Casi todos acabaron en El Víbora, pero, como suele decirse en estos casos, eso ya es otra historia.

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