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Evolución del personaje de Astérix

Astérix en el barrio

Se cumplen 60 años de la publicación del primer álbum de Astérix, dibujado por Uderzo y escrito por Goscinny, irreductibles héroes del tebeo mundial

28.01.2019 00:00 h.
12 min

En el pasado se podía medir el nivel socioeconómico de un hogar según el número de álbumes de Astérix que atesoraba en su biblioteca. Los cómics de tapa dura, elegante diseño y guardas en monocolor, eran, sin duda, un artículo de lujo. Nuestros Rolex. Cuando bajábamos al centro de la ciudad, sus portadas nos hacían ojitos desde los anaqueles de las mejores librerías, con miradas seductoras y centroeuropeas. Pero nuestras madres nos tiraban fuerte de la mano para que no escucháramos sus cantos de sirena y nos acuciaban a seguir haciendo recados olímpicos antes de coger el autobús de vuelta a casa: había que recoger unas recetas, acudir al practicante, pagar el recibo de los muertos.

Pronto nos dimos cuenta de que, por muchos viajes que Astérix y Obélix realizaran --Egipto, Grecia, Europa entera--, a los quioscos del barrio nunca llegarían. En casa apenas teníamos dos, acaso tres, pero entre algunos chavales de clase tramamos un plan quinquenal para logar reunirlos en su totalidad.

Los pedíamos como regalo de cumpleaños; escribíamos sus títulos, intentando hacer buena letra, sin entender del todo lo que escribíamos –La Residencia de los Dioses, El Escudo Arverno– en la carta a los Reyes Magos, aún sabiendo que a estos les costaría encontrarlos; la víspera de la primera comunión rezábamos, un poco culpablemente, para que en vez de calcetines calados o el diario para escribir nuestros recuerdos de la cata de la oblea --¿no es la forma consagrada una suerte de poción mágica?--, nos  regalaran otro cómic de nuestros galos dopados favoritos. Tal vez fuera Astérix y Cleopatra, puede que El Adivino.

Cuando finalmente conseguíamos hacernos con alguno, ¡Astérix y los Juegos Olímpicos!, le rendíamos culto con fervor religioso, encomendándonos, claro, a Tutatis, y no parábamos de leerlos aunque el cielo se cayera sobre nuestras cabezas. No hay obra que hayamos releído más --sorry, Borges-- que las obras completas de Uderzo y Goscinny. Memorizábamos sus diálogos. Aprendíamos a dibujarlos en cuadernos de espiral. Mirábamos cómo crecía el número de títulos publicados desde el enorme menhir que trasportaba Obélix en la contraportada con anhelo completista. 

La Residencia de los Dioses, Astérix

Una viñeta de La Residencia de los Dioses.

Pese a las dificultades de base objetivas, acabamos descubriendo lo que pasaba en cada uno de ellos mediante métodos variados. En la biblioteca tenían unos cuantos gravemente dañados, forrados hasta tres veces, con los lomos rasgados del trasiego diario. Otros nos los intercambiábamos, como rehenes felices, con la vecinita del cuarto. O también, especialmente los fines de semana, veíamos las versiones que emitían las jóvenes teles autonómicas o la alquilábamos en el videoclub para después contárnoslos oralmente a la hora del patio. Como si fuera la Ilíada.

De Homero no conocemos más que a veces se dormía. De Uderzo sabemos que nació con seis dedos en cada mano. Aunque se los operaron pronto, pareciera que desde su nacimiento estaba destinado a la maestría en el arte manual del dibujo. Sus padres, emigrantes italianos en la Francia, intuyeron la invasión nazi en París y optaron por enviar al chaval a un pueblito de Bretaña, fuera de los rigores de la ocupación en la capital. Cuando años después, junto a su socio Goscinny,  tenían que decidir en qué región se ubicaba su nuevo héroe, un irreductible galo, optan por la ubicación de la aldea infantil. Así, Astérix es la crónica de un paraíso perdido, de una arcadia improbable e idealizada. Una obra chauvinista que parodia el chovinismo.

Debutan en la revista Pilote en forma de tira el 29 de octubre de 1959. Antes de optar por la coartada romana, pensaron realizar un cómic sobre la Edad Media, pero ya existían muchos referentes para esa época. Así, acuciados por la economía --cuentan que cuando Goscinny no tenía un duro se alimentaba de las grandes croquetas que les preparaba la mamá italiana de Uderzo-- pensó que necesitaban un héroe local cuyo nombre empezara por A. Así estaría al principio de los anaqueles de todas las librerías.

Astérix en Italia

Personajes del cómic Asterix en Italia.

Explicaba Borges que ningún esfuerzo más inútil que el de querer ser contemporáneo, ya que no tenemos más remedio que serlo. Escribamos lo que escribamos no podemos escapar a nuestra circunstancia. Así, Astérix, el Galo, situado en el 50 antes de Cristo, es un fiel reflejo de los años que vivieron en Francia sus autores. Como el espejo aquel de Stendhal que se fue a pasear por el camino, en él se reflejan los deseos de Francia como pueblo en los años 60 y 70. Más que lo que ya era, lo que quería ser.

La dupla cómica Astérix y Obélix, el listillo aquejado de acondroplasia y el bobalicón de tórax bajo y hueso ancho, se convierten en un nuevo arquetipo clásico, como Oliver y Hardy, C3PO y R2D2, Horacio y la Maga, Quijano y Panza. Suman a su encanto el estar acompañados por un casting de personajes magistral, bautizados con un gracejo onomástico que hace las delicias de los lectores y el desvelo de los traductores --por aquí fueron Víctor Mora y Jaume Perich-- de los 120 idiomas a los que la colección está traspasada. Así, el perrillo testarudo Ideafix, en inglés responde al nombre de Dogmatix, o en Alemania llaman Miraculix al druida Panoramix. El crecimiento es exponencial a los nuevos tebeos, la obra ganaba lectores a cada álbum. En 1965 la Asterixmanía se declara en todo el continente. Los personajes aparecen por doquier en publicidad y hasta el primer satélite francés se llama Astérix. 

Para los niños de finales del siglo XX, eran los álbumes de Astérix un lectura aspiracional. En la calidad de página, en los materiales nobles del producto, en la erudición jocosa de su puesta en escena, podíamos imaginar un trozo de la Europa a la que todavía no pertenecíamos. Mientras en los cómics de Carpanta se pasaba hambre, en los de Astérix se metían unas comilonas pantagruélicas, tenían barra libre de jabalíes. Mientras los fondos de los cómics de Mortadelo y Filemón estaban plagados de gusanos y telarañas, en los del pueblo Galo, Uderzo dibujaba hermosos pollos, verdes florestas. Los héroes patrios no viajaban más que al barrio de al lado. La dupla cómica gala se dirigía a Egipto, a Bélgica, a Italia y hasta los confines de la India. 

Por no hablar de la sofisticación de sus recursos narrativos. Goscinny gustaba de poner asteriscos, textos al margen irónicos, jugar con los paratextos. Uderzo se placía en dibujar maravillas históricas con tal detallismo y verosimilitud que siguen haciendo las delicias de las profesoras de Historia del Arte, que alegran el día a los profesores de Latín. Estamos seguros que Astérix ha despertado tantas vocaciones por el mundo clásico como Mary Beard, otra heroína de la divulgación. 

Astérix en Helvecia

Viñeta final (con banquete) de uno de los cómics de Astérix.

Tal vez debamos a Astérix el proyecto de la unión económica europea, el deseo de Interrail, las becas Erasmus, el corazón de la Unión Europea parece latir entre sus páginas. Tal vez la solución definitiva al Brexit sea imponer como lectura gozosamente obligatoria los cómics de Astérix a todos las escuelas británicas. 

Para acabar --ya noto como los lectores van preparando sus sogas y mordazas para atarme al árbol en honor al bardo incomprendido Asuranceturix, el asado de jabalí ya cruje en las brasas bajo el cielo estrellado y la clara luna-- permitidme una última reflexión. ¿Se enrolarían Astérix y Obélix en las protestas de los chalecos amarillos? Como acaban de cumplir 60 años ¿se harían yayoflautas? ¿Qué harían en una situación política como la actual?

Ante cualquier situación que nos incomoda, seamos del bando que seamos, todos nos creemos, ay, irreductibles galos. Los romanos, los malos, que además están locos, siempre son los otros. En estos casos nos deberíamos acordar de las buenas maneras entre Astérix y Julio César, de que no llevaron nunca el conflicto a lo personal o a la descalificación del enemigo. Deberíamos acordarnos, en fin, de que el muérdago está caro y ninguno de nosotros dispone de la poción mágica.

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