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Artie Shaw, un jazzista por los acantilados de Begur

Artie Shaw, un jazzista por los acantilados de Begur

El genial e influyente músico pasó parte de su jubilación en la Costa Brava

12.02.2018 00:00 h.
6 min

De Artie se ha dicho de todo: que si era un judío más de Nueva York, que si hacía música para blancos interpretada por negros, que si era un tipo inconstante, que si era un paria... Todo lo que largaban esas lenguas era cierto. El pionero del swing era un tipo esquivo, con cierto desencanto con el personal, aunque muy comprometido en lo social. Su deambular por el largo camino de la vida lo hizo tan irascible que llegó a cambiar su idea de epitafio. De "lo hizo lo mejor que pudo con el material que tenía", pasó a una frase más corta: "Lárgate".

Durante su infancia en New Haven sufrió el ferviente antisemitismo de las primeras décadas del XX. De aquellos años difíciles le vino lo de recluirse en los libros y en la música. Empezó con el saxo tenor, luego pasó al alto y, finalmente, dejó la chapa para tocar madera. Con el clarinete era bueno, muy bueno, pero haciendo piezas orquestales era mucho mejor. Títulos como Frenesí o Nightmare son claros ejemplos. De su rival en el swing, Benny Goodman, llegó a decir: "Benny sin duda sabe soplar, pero yo además hago canciones". El swing de Benny era salvaje, vendible en un momento en que los americanos se despojaban de las miserias de la Gran Depresión al ritmo de jazz, pero el de Artie era otra cosa, era revolucionario. Fusionó la clásica con el jazz, introduciendo cuerdas.

El swing más comercial

Por aquellos años los conjuntos estaban integrados por cuatro trompetas, igual número de trombones, saxos y una sección rítmica compuesta por piano, guitarra, contrabajo y percusión. La multiplicación de instrumentos principales en las bandas se debió, en gran medida, a que se tocaba en amplios salones con escasos medios de amplificación. Benny era una buena estrategia de marketing, arrancaba músicos de las orquestas negras a base de dólares, para coronarse rey del swing. Pero Artie fue más allá, introdujo violas, violines y chelo en una perfecta armonía, sin que éstos fuesen solapados por la fuerza de los vientos. En Moon Face o en Dancing in the Dark la sección de cuerdas se impone sobre todo lo demás. El resultado, un swing más sinfónico por el que se mecía la voz de Billie Holiday, aquella gatita negra que maullaba dulcemente en perreras de blancos. Con ella graba en el 36 No Regrets y Any Old Time en el 38. La experiencia fue breve, la propia Holiday abandonó la formación por la hostilidad del público. A su marcha le sustituye la voz de Helen Forrest y Artie Shaw parece sucumbir a un público deseoso de diversión.

El swing cada vez era más comercial. Las orquestas se estandarizaron siguiendo todas la misma ruta, convertirse en un mecanismo de alta precisión. Los directores seleccionaban a los integrantes por saber interpretar a la perfección la partitura, no por saber improvisar. Los arreglistas pusieron sus ojos en las taquillas y las big bands quedaron huérfanas de expresión. Poco a poco fueron decayendo, aunque a Artie le seguían lloviendo los dólares. Se reinventaba continuamente.

Huída a la Costa Brava

Al clarinetista no le hipnotizaba el dinero pese a haber empezado desde abajo. Había llegado a Nueva York con una mano delante y otra en el trasero. Nada le fue regalado. Tuvo que aprender a leer corcheas para meterse en el negocio. Comenzó grabando anuncios en aquellas estaciones de radio que tenían que ser deletreadas para decir su nombre, como la CBS. Y ahora que estaba en la cresta había llegado el momento de dejarlo todo, empezar de nuevo, como había hecho en sus anteriores matrimonios con Lana Turner o Ava Gardner. En 1953, los chivatos del senador McCarthy, el Comité de Actividades Antiamericanas, lo acusó de "progre". Ese fue el momento de largarse. América había terminado para él y como destino eligió la España franquista. Allí por lo menos vería al enemigo de frente. En la Costa Brava, en Begur, levantó lo que fue su chamizo durante seis de sus cincuenta años de jubilación. A sus ochenta volvió a asomarse al Mediterráneo, esta vez para saludar por última vez a sus incondicionales.

Antes de caer en la caja de pino, Artie, postrado aún en la cama, le dijo a su matasanos: "Mi vida se puede resumir en tratar de dejar las cosas un poco mejor de cómo las encontré". Ya se sabe, pequeños movimientos, grandes cambios. Artie era un revolucionario atípico. Sus revoluciones eran sonoras, pero no violentas. Llevaban el sonido a los oídos que no querían escuchar.

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