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'This Vicious Cabaret', Alan Moore and David J. (1983).

El arte secuencial de Alan Moore

La obra del dibujante británico, formidable autor de cómics, novelista y mago, artista desbordante, agranda los poderes del tebeo y lo lleva a terrenos nuevos

28.08.2019 00:00 h.
10 min

Lo mejor de empezar el artículo diciendo que Alan Moore es mago es que no es una metáfora. En efecto, el bueno de Alan, con su look gótico total, mitad Merlín, mitad heavy de la vieja escuela, combina su condición de pope del cómic mundial con el lanzamiento de cartas del Tarot, el cultivo de la psicogeografía y otras prácticas cabalísticas. Masonería, ocultismo y viajes astrales. Lo decidió al cumplir los cuarenta años, cuando otros se tiran al monte del ciclismo amateur o fantasean con amores juveniles. El autor mismo lo aclara: “Creo que la magia es arte, y que el arte –ya sea música, escritura, escultura o se presente bajo cualquier otra forma– supone, literalmente, magia. El arte es, como la magia, la ciencia de manipular símbolos, palabras o imágenes para generar cambios en la conciencia. De hecho, realizar un hechizo consiste en jugar con las letras, en manipular palabras, para así alterar la conciencia de la gente, y por eso creo que un artista o un escritor es lo más parecido en la actualidad a un chamán”. El cómic es el arte que es capaz de transformar espacio en tiempo.

Un poco de magia no le hubiese venido mal en su barrio, allá en el remoto 1953. Sabemos que los mayores genios literarios acostumbran a nacer en un suburbio. Piensen, si no se lo creen, en el afuerino Miguel de Cervantes, nacido en Alcalá de Henares; en la cuna de William Shakespeare, hijo del pueblillo de Stratford; o en la infancia de Georgie Borges en el limítrofe Palermo. Alan Moore (Northampton, 1953) también lo es. La comparación tal vez no sea tan caprichosa como parece a simple vista. La revolución que ha provocado el guionista y creador en el mundo del tebeo es homologable a las hazañas del vate inglés, del falso manco de Lepanto y del porteño universal en la literatura. Vamos a demostrarlo.

Decíamos que el suburbio estimula a la imaginación, como si abrir esa ventana interior fuera la única manera de sobrevivir en un entorno monocromo y carente de oportunidades, lejos del centro. El pequeño Moore, a falta de vistas exteriores, se asoma a las viñetas de los tebeos que llegan de USA, tan diferentes a las que estaba acostumbrado. Escapismo del bueno en cuatricomía. Cuando la realidad flojea, nos quedan los mitos. En éstos, Moore no hace distinciones: lo mismo le vale la alcurnia antigua de las sagas nórdicas que la nueva estirpe de héroes que lucen trajes de lycra, tanto vale Odín como Batman. Flash como Zeus. 

El dibujante Alan Moore.
El dibujante Alan Moore.

Después de una infancia brillante en la escuela de barrio, Moore se da de bruces con la realidad de su talento académico en el instituto. Descubre, pese a su pasmo, que no pasa de ser un alumno mediocre. Decide entonces que no quiere jugar a un juego al que no podrá ganar. Opta por la heterodoxia y el autoaprendizaje. A los 17 años, lo expulsan de la escuela por, entre otras cosas, hacer de camello a la hora del recreo sin demasiado disimulo. Así, privado de referencias y sin contactos, se pasa años deambulando por los peores trabajos posibles: limpiador de baños en hoteles, auxiliar de matarife, autor de cómics undeground, administrativo. Todo regado con sus buenas dosis de LSD.

Pronto descubre que no quiere dibujar más, que lo suyo es el guión. Ahonda en las historias, va pasando por capas y capas de fanzines y editoriales indies hasta que consigue depurar el método. En la época final de esa primera etapa da con su primer personaje popular. En una de esas revistas se publica por primera vez en blanco y negro la primera aventura de V de Vendetta, con su icónico anarquista tras la máscara de Guy Fawkes, que hará las delicias de indignados, quinceemistas y otros anonimous treinta años después. El proyecto original quedará en barbecho muchos años, hasta que lo retomará en color y con nuevos superpoderes como creador, para entregar el definitivo tomo final. La obra resulta un verdadero ensayo narrativo sobre el libre albedrío, explora los límites de la revolución en un Reino Unido futurista y fascistoide.

'V de Vendetta', de Alan Moore.
'V de Vendetta', de Alan Moore.

El joven llama la atención en USA, la todopoderosa DC se lo lleva para rehacer La cosa del pantano. El joven Moore convierte un cómic de monstruos segundón en una obra de arte. Por primera vez se habla en viñetas de superhéroes de ecología, sentimiento de culpa y asuntos sociales. Pasa también a escribir historias de Superman y Batman. En 1986, tras curtirse en mil guiones, llega a Whatchmen, tal vez su obra magna junto a From Hell. Una obra enorme, desbordante, que agranda los poderes del tebeo, que lleva al cómic a terrenos que ni siquiera había soñado hasta ese momento. Para hacernos una idea, es como si a día de hoy, una youtuber estuviera consiguiendo llevar al género a cotas de complejidad y belleza nunca vistas. Que además lo hiciera no remedando ningún arte anterior, sino que explorara las características intrínsecas del medio para exprimirlo hasta la esencia. ¡Ah, seguro que esa chica ya existe, pero no nos enteramos todavía!

Watchmen tira por la borda todos los prejuicios que el género iba acumulando con los años. Es compleja y adulta, no hace prisioneros, se la juega. En ella se explora el lado oscuro de la heroicidad, las miserias cotidianas de los superhéroes, sus problemas psíquicos y sexuales, sus depresiones. Esa hondura psicoanalítica no tiene parangón. Su metacrítica al género de superhéroes es similar a la que desarrolla la segunda parte de El Quijote respecto a los libros de caballería.

'Lost girls' Alan Moore y Melinda Gebbie.A la revolución conceptual, se le suma la estética. Cada página está diseñada pensando en la globalidad. Los dibujantes siguen al pie de la letra los copiosos guiones del británico –una página puede durar ocho páginas de descripción– y expande el uso de numerosos recursos narrativos, maneja la elipsis como nadie, prescinde de didascalias (esas cartelas con informaciones de los cómics), disloca el espacio y el tiempo con tino y enjundia. Pese al éxito que cosecha, o gracias a él, Moore abandona DC debido a que no le pagan nada por el merchandising de la obra y vuelve a ocuparse de proyectos de forma independiente. También busca formas no convencionales de vida en lo personal. Por esa época se instala con su esposa y su amante, poliamor avant-la-lettre, y escriben a seis manos la erótica Lost Girls, protagonizada por heroínas de la literatura infantil.

Desde entonces, tras otro paso por el mainstream, no he hecho más que explicar lo que le venía en gana, realizando obras osadas como Jerusalem o Providence, basada en la biografía de Lovecraft. Justo ahora que ha anunciado su retirada del mundo del tebeo cuando acabe de escribir La tempestad –el cuarto tomo de La liga de los hombres extraordinarios–, es hora de los reconocimientos. Si alguna vez el jurado de los premios Nobel se atreve a premiar a un autor de cómics, si se animan a ampliar el campo de batalla de la literatura al arte secuencial, como ya hicieron con Aleksiévich en la crónica, o Fo en la comedia, o Dylan en la música, probablemente nunca se lo concedan al salvaje de Moore. Ni falta que hace. Sus obras brillan solas.
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