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Un globo aerostático sobre el mar.

El arte de callarse

El ensayista Alain Corbin dedica un delicioso opúsculo, ganador del Premio Caillois, a la historia cultural de uno de los mayores tesoros de la inteligencia: el silencio

08.08.2019 00:00 h.
7 min

El silencio se parece sospechosamente al tiempo. Ambos necesitan de su contrario –el ruido, en el primer caso; la muerte, en el segundo– para poder ser comprendidos, aunque sea por aproximación. Como todas las cuestiones trascendentes, desentrañar su significado exacto se convierte en una quimera. Sencillamente, no es posible, pese a intentos como el del abate Dinouart, que en su tratado sobre la materia distingue hasta once clases distintas de silencio: prudente, artificioso, complaciente, burlón, espiritual, estúpido, afirmativo, humorístico, desacralizador, caprichoso y astuto.

El silencio es un misterio envuelto en una incógnita escondida en el interior de una pregunta, igual que el alma eslava, según la definición de Churchill, que compuso esta boutade a partir del mecanismo mágico las muñecas rusas. Todos creemos saber lo que es, pero en realidad lo ignoramos porque es una cosa distinta para cada uno de nosotros. No equivale a la ausencia de ruido, que es la definición ortodoxa. Es otra cosa. Puede existir un silencio con palabras, otro lleno de sonidos (interiores), un silencio místico, otro religioso; ser ese instante suspendido en el vacío que anuncia la próxima guerra, una forma de autodefensa o un sellar los labios ofensivo.

Funciona pues como una polisemia: sus significados cambian en función del contexto y el marco cultural al que nos refiramos. Sobre esta cuestión ha escrito un brevísimo ensayo, casi un opúsculo, el historiador francés Alain Corbin, profesor emérito de la Sorbona y uno de los autores más representativos de la corriente académica de la historiografía de las emociones, que sustituye los hechos políticos y de armas –los relatos oficiales de poder, gloria y miserias– por una investigación basada en el decurso de los conceptos culturales, los marcos de referencia mental gracias a los cuales interpretamos el mundo. 

Alain Corbin en un programa de televisión

Alain Corbin, en un programa de la televisión francesa.

Corbin es especialista en el siglo XIX europeo y un discípulo ferviente de Lucien Febvre, fundador de la Historia de las Mentalidades. Ha escrito sobre la sexualidad decimonónica, prostitución, la historia de los olores, la idea del cuerpo humano a través de los siglos o el ideal (siempre cambiante) del placer. Su Historia del silencio, publicada ahora en español por Acantilado con traducción de Jordi Bayod, es un libro delicioso, si bien incide –a nuestro juicio en exceso– en la erudición (el texto es una galería de referencias culturales de todo orden y condición, desde literarias a pictóricas, pasando por filosóficas y cinematográficas) a costa de la argumentación (propia).

Historia del silencio, Alain CorbinSu mérito es otro: tiene que ver con el espíritu de lo enciclopédico, que logra a pesar de su discreta extensión. Y también con la capacidad de hacernos pensar (de otra forma) sobre lo que parece evidente, siendo en realidad complejo. Incluso metafísico. “Hoy en día es difícil que se guarde silencio (...) de este modo, se altera la estructura misma del individuo”, escribe Corbin. Su reflexión no puede ser más oportuna: en un momento histórico en el que la tecnología (y sus ruidos) controla nuestras vidas, espía nuestros días y vigila nuestras las noches, este breviario sobre el arte del callar(se) muestra toda una galería de reflexiones, desde los filósofos griegos hasta nuestros días, que insisten en la importancia de saber estar en soledad y sin hablar, rumiándonos, perdidos con nuestra individualidad. Encerrados entre cuatro paredes, como dijo Pascal

Para un adolescente de nuestro tiempo probablemente el lujo del silencio sea un infierno. Para los humanistas, escritores y creadores de la historia cultural, en cambio, es un atributo esencial no sólo para crear, sino para ser. El viaje de Corbin tiene algo de inmersión marina: no aspira a profundizar en las inmensidades del océano del saber silente; enuncia interpretaciones, describe usos y explica las funciones culturales del arte de no hablar. De esta forma alcanza la condición de cualquier buen ensayo: conseguir que el lector comience a hacerse (solo) preguntas hasta aceptar o rechazar su propuesta moral, dicho sea en el sentido más noble de la palabra. Igual que en un viaje, el placer de este ensayo está en el trayecto; el destino apenas es un pretexto.

Un monje lee un libro en una abadía.

Un monje lee un libro en una abadía.

El silencio se nos muestra con sus miles de rostros: como el espacio de nuestra identidad, la melodía de genius loci o la sinfonía de la naturaleza. También como la antesala del terror –el silencio del moribundo, la nada de la tumba–, el espacio más propicio para el misticismo –cuya representación es el desierto– o el lenguaje secreto de quienes se aman de verdad, aquellos que no necesitan hablar para entenderse. Thoureau escribió: “Sólo el silencio es digno de ser oído”. El libro de Corbin merece ser leído por quienes quieran comprender la muerte, creer en Dios –a pesar de que el Pantocrátor no se manifieste– y sentir la magia de la vida de la misma forma que los sabios antiguos. En calma, sin ruido. Con la música de fondo de la verdadera poesía.

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