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'El loco que ríe' (1500), pintura atribuida al pintor holandés Jacob Cornelisz van Oostsanen.

¡Aprended a reír!

La impertinencia de los grandes cómicos, desde Groucho Marx a Chaplin, supone un desafío a las reglas monolíticas y una puerta abierta a reírnos de nosotros mismos

18.09.2019 00:00 h.
13 min

“Esta corona del que ríe, esta corona de rosas: ¡A vosotros, hermanos míos, os arrojo esta corona! Yo he santificado el reír; vosotros hombres superiores, aprended... ¡a reír!”, escribe Friedrich Nietzsche en Así habló Zaratustra. Esta invitación a la risa que nos hace el pensador alemán, y al humor en general, no es una banalización del sufrimiento, ni una exhortación a atender únicamente lo trivial, lo inocuo, lo aséptico. Con la risa besamos, sí, pero también podemos escupir a la cara. Por eso algunos políticos aún saltan, ofendidos y desconcertados, cuando alguien practica frente a ellos, sin agachar la cabeza, la sátira

Eso es lo que le ha pasado a Eduard Pujol, diputado de Junts per Catalunya, en el programa Preguntes Freqüents, de TV3. Un cómico, Godai García, realiza un monólogo donde, con un tono más incisivo que brillante, se burla de una cierta tendencia folklorista en las manifestaciones independentistas de la Diada de Cataluña. Describe, con toda la mala leche posible, las giga-fotos, las camisetas, las gorras, los cascos de color amarillo, y toda la indumentaria necesaria para, un día al año, ser retratado como a un buen catalanet. Pero Pujol, que atiende atónito, no puede reprimirse y, segundos después de que acabe el cómico, interrumpe el programa para reñirle. “Podemos bromear sobre muchas cosas, pero…”. Y en ese pero está todo. Es la autoridad, tan desnuda como autoproclamada, de quien pretende decirnos sobre qué y cómo hemos de reírnos.

El pensador Miguel Morey tiene un ensayo, recogido en el espléndido libro Pequeñas doctrinas de la soledad, en el que desarrolla esa incitación de Nietzsche, ese “aprender a reír” que, una vez más, tenemos que recordar a los políticos, azules, rojos o amarillos. Y también a nosotros mismos. Porque, como señala Morey, el mandamiento de la risa es un mandamiento filosófico que, como tal, “se nos propone como experiencia de conocimiento”. ¿Sobre qué no estamos dispuestos a reír? ¿Confundimos, aún, la crítica con la burla? ¿Es la sátira lo mismo que el sarcasmo? ¿Qué cortocircuitos de la representación activa la ironía? ¿Por qué el poder, siempre tan a gusto con la caricatura edulcorada, no soporta los mecanismos de lo cáustico?

La risa para el filósofo, nos dirá Morey leyendo a Nietzsche, no es una fuerza, no es algo que poseemos, ni si quiera una cualidad que sea bueno ejercer. La risa, por el contrario, es algo que hay que aprender porque “es más cosas que lo que se dice y puede decirse”. La risa escapa de la identidad cerrada, incluso del discurso razonado, y por eso siempre es una transgresión. “Es el punto de vértigo de la alegría, pero también del dolor... Es abiertamente inmoral, es previa”.

El filósofo Friedrich Nietzsche (1869).
El filósofo Friedrich Nietzsche (1869).

Y, sin embargo, la risa (o la sonrisa) ocupa un espacio en el territorio cotidiano. También en la creación. Benet Casablancas nos explica, en su ensayo El humor en la música, los mecanismos de la broma y la parodia en compositores como Mozart, Beethoven, Strauss o Haydn, entre muchos otros. La transgresión puede ser sintáctica —una repetición o un error consciente— pero, siempre, “apela a la activa complicidad de la inteligencia”. 

¿Quiere decir eso que todas las mofas, y todos los chistes, son igual de lúcidos? ¿Que todo el que se pone a burlarse de algo o alguien tiene el mismo valor? Parece evidente que no. Casablancas sostiene que el fenómeno se alimenta “de la experiencia previa acumulada por el receptor”. Existe, pues, un código compartido y es ahí, en la astuta desviación del límite de lo políticamente correcto, donde aparece el ingenio. Un diputado no debería confundir un monólogo cómico con un discurso parlamentario. El contexto, aquí, no es un mero disfraz. Es la convención de un género.

El humor, como asevera Casablancas, lo que hace es cuestionar las certezas, “toda tentación de maniqueísmo, las ideas absolutas de todo signo”. El cómico –o el que simplemente utiliza esporádicamente las posibilidades del humorismo– desenmascara la rigidez de las principios. Cuando alguien, sea de la tendencia ideológica que sea, ha transformado su imagen pública en la repetición mecanicista de su propia propaganda, no puede soportar la demolición de sus esencias. Cada exceso, incluso cada acercamiento al esperpento, es visto como una traición inadmisible.

Distancia, acumulación, desfase, denuncia e, incluso, inocencia subversiva son algunas de las características que definen la comedia según Yves Lavandier, autor del libro La dramaturgia, y uno de los mayores expertos en el estudio de los engranajes que conforman todo relato. Por eso hay que reconocer, ahora sí, el talento, y la capacidad de reacción, de un programa como Polònia, también en TV3, que, después de lo ocurrido, ha convertido a Eduard Pujol en un personaje que, señalando con el índice a todo y a todos, va paseándose por la televisión pública opinando sobre qué se puede hacer broma, y sobre qué no. En el gag, el personaje apuesta por un humor que no moleste a nadie, y acaba denunciado por los recolectores de naranjas de Murcia por un chiste sin gracia sobre el tamaño de la fruta. El humor, si está bien hecho, siempre tiene algo de punzante. Es catártico, sí, pero por su misma insubordinación.

“El hombre es también un animal que ríe, el único animal que ríe”, escribe Miguel Morey. Somos animales políticos, y animales que nos reímos. Las dos cosas, a la vez. Eso es lo que simboliza Diógenes cuando Alejandro Magno le pregunta si quiere algo de él. El maestro cínico, recostado frente a su barril, le responde que sí, que lo que necesita es que se aparte, que le está tapando el sol. Alejandro Magno, el mayor de los conquistadores, no se considera insultado por esa respuesta. Le podría haber cortado la cabeza allí mismo. Pero solo puede tener admiración por alguien que, frente al poder humano, solo siente respeto por el poder de la naturaleza libre.

Pintura de William Dyce titulada 'Rey Lear y el loco en la tormenta' (1851)

Pintura de William Dyce titulada 'Rey Lear y el loco en la tormenta' (1851).

Esos “hombres superiores” a los que hace referencia Nietzsche, en realidad, siempre han tenido respeto por aquellos que se atreven a burlarse de ellos. Pensemos en el bufón arquetípico de Shakespeare. En Rey Lear es representado como una suerte de payaso, o de loco, que entretiene al monarca. Pero solo aparentemente. De hecho es el bufón, aunque le amenazan con el látigo, el único capaz de señalar la ceguera del poder. “Quisiera saber de qué especie sois tú y tus hijas: ellas me mandan azotar por decir la verdad y tú por mentir, y a veces me azotan por estar callado. Antes cualquier cosa que bufón. Y, sin embargo, contigo no me cambiaría”, llega a decir. Y añade, hablado cara a cara al rey: “Eres un cero pelado. Yo soy más que tú: soy un bufón; tú no eres nada”.

Lo cierto es que el humor, nazca de la exageración, la provocación o la torpeza, siempre ha funcionado como elemento anti-autoritario. Pero también hoy, cuando los algoritmos de lo posible no solo funcionan en internet, es una buena estrategia anti-mecanicista. La impertinencia y la hilaridad de los grandes personajes cómicos, desde Groucho Marx a Charles Chaplin, suponen un desafío a las reglas monolíticas y, al mismo tiempo, una puerta abierta a reírnos de nosotros mismos. También de las injusticias que padecemos, por supuesto.

La risa viene, entonces, a interrumpir un lenguaje prefabricado —y de eso, estaremos de acuerdo, no vamos faltos— y permite aflorar, como sostiene Miguel Morey, “su sinsentido interno, el vacío donde pierde pie, un intersticio a través del cual el objeto del discurso se entrega a una experiencia silenciosa”. Por eso, ante un monólogo o una parodia, algunos no pueden quedarse callados. Han de decir la última palabra. No pueden soportar la electricidad de la descarga. Al muro le ha nacido una grieta que no viene ni del argumento ni de la retórica. La falta de sentido del humor de algunos políticos suele manifestar, por todo ello, una profunda incapacidad para la autocrítica.

Algunos podrían defender que las afirmaciones en las que se sustenta la comedia no son verdaderas. Eso es lo que el político arguye, lo que no soporta de su reverso grotesco. Las verdades de la risa, añade Morey, parecen estar siempre en otro lugar. “Incluso bajo su apariencia más humilde, enjaulada en el artificio del chiste, incluso ahí se muestra irreductible a todos los empeños por plegarla a una explicación: bien o mal explicado el chiste, su suerte depende de que prenda la comprensión, de que le encontremos la cosa, el qué”. No hay nada más frustrante –en uno mismo y en los demás– que ver cómo los otros se ríen a carcajada limpia de algo que no nos hace ni puñetera gracia.

Si el humor es una transgresión, si de verdad sirve para dilatar los límites que no nos atrevemos a ampliar en otros registros, entonces sí, podemos preguntarnos qué risa funciona como una forma de conocimiento —desvelando nuestros traumas y anhelos— y qué risa supone, contrariamente, el efecto reflejo de nuestra obediencia ciega. Y por qué motivo una palabra tan bella como cinismo –que implica el atrevimiento de quien no tiene amo– ha pasado a utilizarse como un triste sinónimo  de la hipocresía. Sobre todo, cuando, como sabemos, pocas cosas hay más sinceras que una risa abierta y salvaje.

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