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El poeta Antonio Machado.

Antonio Machado respira en irlandés

Ochenta años después de su muerte, la obra del gran poeta sevillano es vertida de nuevo al gaélico, una lengua minoritaria pero de cultivo constante

04.09.2019 00:00 h.
8 min

Las literaturas crecen de diversas maneras, y una de ellas, la menos importante, es debida al número de cultivadores que desde la propia lengua incrementan la producción. Ese aluvión, en cantidad, tiene mucha menor repercusión que la de contadas y selectas obras de otras esferas lingüísticas que, en contacto, injertan, abonan, vigorizan, fructifican. En el siglo XVI, España no requería de más poesía de cancionero, de más octosílabos miméticos hasta la saciedad; precisaba, y lo consiguió, la polinización italiana que arribó merced a Boscán y Garcilaso. Que luego aquellos aires frescos llegaran a viciarse en otros repetidos, cansinos, maquinales, no importa. Era necesario un cambio de frecuencia, como también lo fueron –si no necesarios, convenientes– otros posteriores. En ello tienen capital importancia, claro está, los conocedores de otras lenguas y literaturas; también, porque han de ser eso además de demostrarlo luego en sus trabajos, los traductores

Las traducciones poseen un gran valor en las literaturas boyantes, pero también en aquellas que luchan por su supervivencia o tratan de recuperarse tras periodos de enfermedad o letargo. Un rasgo frecuente de las literaturas minoritarias es la de la traducción a sus lenguas de especímenes valiosos de otras, paradigmas avalados por el prestigio y, quizá, la promesa de unas ventas que un nombre arraigado, famoso, puede facilitar. 

Es lo que sucede por ejemplo con una obra tan singular como Pedro Páramo, que ha sido trasladada a numerosas lenguas, incluida el náuhatl, la indígena más hablada del país en que nació su autor y donde alienta el mundo que él recrea y sobre todo crea, pues Rulfo no se limita a reproducir el lenguaje popular sino que inventa y dota a lo que dice de una novedad que, como suele ocurrir, se confunde con tradición, en felices esponsales de vuelo y de raigambre. 

Antonio Machado por Leandro Oroz (1925)Tomás Mac Siomóin es un autor irlandés que ha traducido varias obras a su nativo gaélico, incluido Pedro Páramo. Ahora acaba de ver la luz su traducción de una selección de poemas de Antonio Machado. El sevillano no solo fue catedrático de francés; también estudió inglés para poder leer en el original a Shakespeare, como Unamuno hizo lo propio para acceder sin intermediarios a Kierkegaard. Mac Siomóin ha vertido ahora a nuestro paisano a una lengua minoritaria pero que tiene un cultivo continuado, como poco y siendo muy, muy cicatero, desde hace no menos de quince siglos. La traducción acaba de aparecer en una serie en la que unos poetas traducen a otros, por ejemplo Liam Ó Muirthile a Rimbaud

Hablando de literatura rusa en una conferencia de 1922, Machado aseveró: “Y es que los adornos, gracias y matices que pone en su obra el habla del poeta se amenguan, marchitan y corrompen cuando se los trasiega y vierte en otros moldes lingüísticos. Sólo si una obra contiene valores esenciales hondamente humanos y una sólida estructura interna, puede, aun disminuida por la traducción, ser admitida en lengua extranjera”. 

Al reseñista de la serie en The Irish Times le llamó la atención que el traductor haya convertido el río Duero en masculino. Se entiende la extrañeza, dado que los nombres fluviales son femeninos en irlandés (en realidad, en todas las lenguas célticas) y hasta el sustantivo que los designa, abhainn (”río”), lo es. A propósito, ese, tan simple, río, es el significado del que pasa por la localidad natal de Shakespeare, el Avon que se ha soldado a Stratford-Upon-Avon, pues eso es lo que es Avon: abhainn en irlandés o, porque era la lengua hablada en la isla de Gran Bretaña abona en britónico o afon en galés moderno, y me levantaría para cotejarlo en córnico o bretón, pero eso es solo algo que ahora mismo haría por otra cosa que también ostenta nombre acuático, un buen whisky, voz que procede de esa otra, uisce, que un francés exclamaría como eau.

Dánta Antonio MachadoTomás Mac Siomóin (Dublín, 1938) vive en España desde hace veinte años, en la provincia de Gerona, donde se estableció después de pasar una temporada en Cuba. Científico, es doctor por la Universidad norteamericana de Cornell (la decimotercera mejor del mundo según la clasificación de Shanghai); traigo el dato solo para subrayar que es un individuo de cabeza bien amueblada. Ha llevado al irlandés a autores hispanoamericanos (como al mentado Rulfo y a Ernesto Cardenal) así como a españoles lo mismo en castellano que en catalán, y él mismo ha sido traducido a ambas lenguas.

Cuimhní ar phaitió in Sevilla is ea mo naíocht, / is ar ghort geal inar bhláthaigh an crann líomóide: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero”. Aunque se aparte a veces (en la traducción se entiende el azahar, no la redondez del cítrico), su Machado respira perfectamente en irlandés, lengua emparentada con la que se hablaría en aquellos campos celtíberos de Numancia, no lejanos de la Soria en la que amó y sufrió el autor de Campos de Castilla. Antes de esto, Antonio marchó a París, donde ya estaba su hermano Manuel, para desempeñarse como traductor de la casa editorial Garnier (también estuvo allí traduciendo, antes de ser protagonista innominado de Luces de bohemia, Alejandro Sawa). Otro irlandés, Ian Gibson, con quien suelo coincidir en los cócteles de la Embajada de Irlanda degustando buen uisce beatha, ha escrito una voluminosa biografía de Antonio Machado. En ella, claro, refiere el encuentro parisino del sevillano y otro dublinés, Oscar Wilde. Y aventura que pudo presentarlos Enrique Gómez Carrillo. 

Es una pena que Gibson hable tan buen español. Así no hay quien practique inglés. ¡Ni irlandés! 

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