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El filósofo Emilio Lledó /RTVE.

El alfabeto Lledó

Cipriano Játiva compone un diccionario sobre el pensamiento filosófico de Emilio Lledó, cuya obra intelectual reivindica el papel de la filología clásica dentro del humanismo ilustrado

14.02.2019 00:00 h.
8 min

A muchos les parecerá una provocación, pero si uno se pregunta --en serio-- cuándo se jodió el Perú (léase, la universidad) una de las hipótesis plausibles es que fue el día exacto en el que empezaron a demonizarse las antiguas clases magistrales y a ser sustituidas por las nuevas corrientes pedagógicas que, a pesar de sus indudables buenas intenciones, lograron el prodigio de dejarnos huérfanos de grandes maestros y convirtieron a los profesores de la academia en funcionarios intercambiables entre sí, sacrificados en beneficio del sistema educativo. 

Una sociedad que sin una reflexión seria considera de pronto vetusto algo que ella misma calificaba de magistral es una sociedad que cava su propia fosa. Escribir esto provocará --no nos engañamos-- las reprimendas de algunos de los aludidos, poco o nada dados a que desde un auditorio libre, en vez de cautivo, se les contradiga en sus doctrinas. Mala suerte. Pero ésta es precisamente una de las mejores ideas de un hombre --Emilio Lledó (Sevilla, 1927)-- que ha consagrado su vida al saber, a su estudio y a su transmisión. Y que ama la educación.

sobre la educacion lledóLledó, al que difícilmente puede discutírsele la condición de sabio, ha sido siempre crítico con su gremio --los docentes-- y con la asignaturización del conocimiento. Lo aprendió (en primera persona) en Heidelberg (Alemania), donde llegó de joven como estudiante --en realidad era un emigrante enjuto que escapaba de la posguerra con una maletita de cartón--, y terminó como insigne Herr Professor. De esta fecunda experiencia europea, sumada al prolongado ejercicio posterior de su maestría, que lo llevó a institutos de secundaria de Valladolid y Alcalá de Henares, a las universidades de La Laguna, Barcelona, Berlín y Madrid, sacó esta conclusión: la verdadera educación es el diálogo libre entre individuos críticos, no una superestructura ni ningún sistema administrativo. Los griegos ya lo sabían todo del hombre. Por eso enseñaban conversando, sin temarios. Nadie que no acoja de buen grado la controversia intelectual y ame la libertad de sus alumnos debería enseñar nada.

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El filósofo Emilio Lledó /FPA.

En la filosofía griega, que Lledó ha estudiado con la devoción de un monje budista, palpita constantemente la misma pregunta: ¿Quiénes diablos somos? Básicamente --escribe el profesor sevillano-- palabras. Precisamente con ellas uno de sus más dilectos discípulos, Cipriano Játiva, ha compuesto para el Centro de Estudios Andaluces y la Fundación Lara una síntesis condensada del pensamiento filosófico de Lledó, enunciada con su propia voz a través de sus textos escritos. Un excelente complemento al libro de conversaciones --Dar la razón-- publicado en 2017 en Oviedo por KRK Ediciones.

DAR RAZON, lledóAmbos son libros capitales sobre Lledó que no ha escrito Lledó. El ensayo de Játiva, titulado Palabras en el tiempo, adopta la forma de un diccionario de ideas y acompaña su antología de glosas con un ensayo inicial y una semblanza (final) donde se repasa la trayectoria vital de Lledó. De coda se incluye el deslumbrante poema que Joan Margarit, escritor y arquitecto, le dedicó cuando tuvo que enfrentarse a su tempranísima viudedad: “Cada cual escucha en su propia Ilíada/las armas que chocan con brillantes yelmos,/los hórridos gritos que lanzan los griegos/en las barcas que arden”.

La vida de Lledó es su obra intelectual; sus libros son la materia condensada de su existencia, que se prolongará --más allá de la inevitable muerte que a todos nos cercará antes o despues-- en las eternas lecciones magistrales de un hombre humilde y sencillo, nacido en el Sur pero criado en Viválcaro (Madrid), cuyo pensamiento es una defensa de la utilidad de la filología --la ciencia de la palabra-- para arribar hasta la filosofía. “No sería posible diferenciar” --escribe Játiva-- “entre el filólogo y el filósofo en Lledó. Su filosofía es filología: cuidado y amor por las palabras, por su origen y sentido, como raíces que son de cualquier pensamiento”.

Palabras en el tiempo, lledóSi nos paramos a pensarlo, tiene toda la lógica del mundo: un hombre es, además de un cuerpo concreto, la interpretación íntima que a lo largo de su existencia hace sobre sí mismo. Y, en consecuencia (todos) somos una reflexión sobre el propio lenguaje, instrumento único de toda las filosofías que en el mundo han sido y serán.

En busca del origen de las palabras, que son la génesis misma de los conceptos, Lledó estudió con obstinación a los clásicos latinos y griegos, sus mayores. Logró el prodigio de leer a Tucídices y a Homero como quien lee un periódico. “¿Cuál es su patria?”, le preguntaron. “Mi lengua y el mundo real o literario que la cobija”, respondió. El interés por el verbo --por decirlo a la manera bíblica-- le condujo a la hermenéutica y a la escuela filológica alemana, especialmente a Gadamer, que le acogió como pupilo, y a Löwith.

Imágenes y palabras, lledóDe esta madre nutricia que es el lenguaje de los clásicos nace su filosofía, que lo es por accidente. “La filología, en mi formación, fue un fondo de seguridad, algo firme a lo que agarrarse. Saber sintaxis griega para mí era un afán de entender, una búsqueda de la precisión y del rigor, una necesidad intelectual por conocer el pensamiento filosófico desde el latido mismo del lenguaje. No eran órdenes separados: la filología y la filosofía eran la misma cosa, hacer filología era igual a hacer filosofía, es decir, filosofar”.

Lledó descubrió el gran secreto: detrás de los anaqueles infinitos de las bibliotecas, en los surcos sagrados de los libros ancianos, en el infinito abecededario de la cultura, igual que bajo los adoquines del París del 68, estaba --y está-- la vida. Y su alfabeto milagroso.