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La serie completa de 'La guerra de Alan' de Emmanuel Guibert

Alan Cope, el memorioso

Emmanuel Guibert, uno de los autores de cómics europeos más interesantes, combina en su trilogía sobre Alan Ingram Cope biografía y ficción, fotografía y dibujo, intimidad y universalidad

02.07.2019 00:00 h.
7 min

Traten de recobrar su primer recuerdo. ¿Ya lo tienen? Pues resulta que no es tal. “Creo que si recuerdo algo, por ejemplo, si hoy recuerdo algo de esta mañana, obtengo una imagen de lo que vi esta mañana. Pero si esta noche recuerdo algo de esta mañana lo que entonces recuerdo no es la primera imagen, sino la primera imagen de la memoria. Así que cada vez que recuerdo algo no lo estoy recordando realmente, sino que estoy recordando la última vez que lo recordé, estoy recordando mi último recuerdo”.

Algo así le decía Jorge Guillermo Borges a un joven Georgie, atónito y entristecido, sobre la realidad de nuestra memoria. Nuestros recuerdos no serían más que copias de copias, desdibujándose incesantes. Lo más profundo de nuestra identidad se basa –sólidamente– en algo parecido a la ficción. Parece corroborarlo también el neurólogo y escritor Oliver Sacks, cuando confiesa su sorpresa al descubrir, gracias a una conversación con su hermano mayor, que uno de sus primeros recuerdos –nada menos que el bombardeo nazi sobre su ciudad– es mentira. Él tenía la certidumbre de haber vividos dos bombardeos. Su hermano mayor le aclaró años más tarde que eso era imposible. Solo había vivido uno. 

 El dibujante de cómics Emmanuel GuibertDesconocemos si Emmanuel Guibert (París, 1964), uno de los autores de cómics más personales de la actualidad (en la imagen), miembro de la pléyade que revolucionó el mundo de las Bande Dessiné [tiras dibujadas] desde editoriales indies en la Francia de los 90, a un tiempo exquisito y visionario, ha leído a Borges o a Sacks. Lo que sabemos es que sus obras hace reflexionar sobre lo vivido y lo imaginado, lo recordado y lo sentido. En julio de 1994, cuando Guibert tiene 30 años, decide viajar para pasar las vacaciones en las playas de la isla de Ré, un destino turístico francés situado en el Atlántico. Allí, por casualidad, se encuentra con un anciano norteamericano que vive retirado en la isla.

Se llama Alan Ingram Cope. Se caen bien. Guibert descubre que Alan, como muchos de los jóvenes norteamericanos, fue reclutado en el ejército para combatir a Hitler en la Segunda Guerra Mundial con apenas 18 años y pasó los mejores años de su juventud deambulando por una Europa en ruinas. Cuando inicia la conversación con él, lo que le llama la atención es que Cope destaca que nunca luchó en combate directo; que sus aventuras no son especialmente heroicas; ni él queda especialmente en buen lugar. Cope resulta entonces un donnadie excepcional, un fulanito de tal interesantísimo y memorioso que anuncia lo que Karl Ove Knausgard haría años después. 

Guibert no sabe que, por culpa de esa conversación, va a dedicar los próximos doce años de su vida a escuchar a Cope. Un treintañero y un anciano. Un europeo y un norteamericano. “Pasamos mucho tiempo juntos, intercambiamos centenares de cartas y llamadas telefónicas. Nos nutrimos de libros, de dibujos, de casetes. Practicamos la jardinería, cocinamos, montamos en bici. Tocamos el piano. Hicimos compras”. Cope graba sus recuerdos en cintas de casete, Guibert, fan de la radio desde niño, escucha y dibuja. El resultado es una trilogía que ya ha encontrado su sitio entre los clásicos intocables de la historia del cómic

Entre el 2000 y el 2008 Guibert se dedica a pasar a formato viñeta los recuerdos de Cope. El resultado es La guerra de Alan, un tochito delicioso que ahora acaba de publicar Salamandra Graphic en versión integral. Años más tarde llegarán La infancia de Alan y Martha y AlanAmbas expanden el universo de la vida de Cope hacia la juventud e infancia de nuestro protagonista en los Estados Unidos de los años 30. Los tres conforman un tríptico extraño y necesario. Se pueden leer por separado pero es mejor leerlos juntos. No tienen exactamente el mismo tratamiento gráfico, pero se complementan de fábula. No juegan con la lógica del cliffhanger pero uno se queda enganchado.

El resultado general es un documental difuso, un largometraje con contornos diluidos en agua. Un fresco superlativo sobre un tema que parecía minúsculo, una obra a medio camino entre la crónica y la biografía, que aúna lo poético, lo fáctico y lo imaginado. Donde el virtuosismo del autor nunca abruma sino que acompaña las aventuras infinitesimales de Alan, sus renuncias, reflexiones y vicisitudes. Una suerte, como bien dice el periodista Guillermo Altares, de Boyhood extendida. Se aprende más de la guerra de verdad viendo cómo Alan se aburre en un traslado que atendiendo a los maximalistas espectáculos del género bélico hollywoodiense. Alan explica las muertes por descuido, las trampas de los soldados, la humanidad de algunos nazis. Se ruboriza al explicar algunos de sus amores no correspondidos, su fe inquebrantable y perdida. Las veces que fue cobarde. En fin, la vida. 

Alan no pudo ver publicada la obra de Guibert. Falleció ocho meses antes de su publicación. Ustedes harían bien en no perdérsela.

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