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El escritor Mario Vargas Llosa / EFE

Acierto y error de Vargas Llosa

Valoro más la formidable obra literaria del escritor hispano-peruano que algunos errores de opinión en asuntos de política

6 min

Vargas Llosa ha tenido una rara suerte: la realidad ha copiado a una de sus novelas. Pero curiosamente él no lo ha sabido ver.

Termino de leer Tiempos recios, su última y valiosísima novela, el mismo día que se pone a circular por las redes sociales una fotografía toscamente amañada en la que figura el presidente de Bolivia en el exilio, Evo Morales, recientemente depuesto por un golpe militar, sentado y riendo a carcajadas junto al narco mexicano Chapo Guzmán (actualmente y para el resto de su vida cautivo en una prisión estadounidense) y el narco colombiano Pablo Escobar (ejecutado por la fuerza combinada de la policía y de los Pepes, o Perseguidos por Pablo Escobar, exsocios y narcotraficantes que la tenían jurada a aquel asesino de masas).

Ahora bien, la fotografía está trucada, como el incidente en torno a la embajada de México en La Paz y los diplomáticos españoles expulsados del país; amañado, como lo está todo en el ultrareaccionario Gobierno golpista de Jeanine Áñez, con el objetivo de desprestigiar al depuesto presidente, su equipo de colaboradores y sus políticas --tan exitosas--, de manera que sus seguidores no tengan ninguna opción de ganar las elecciones que supuestamente se celebrarán durante el próximo mes de mayo. Ya veremos si antes no se ilegaliza el MAS, el partido de Morales, como forma drástica de evitar que gane esos comicios.

Digo que es valiosísima la última novela de Vargas Llosa no exactamente por sus méritos literarios --no es su mejor obra-- sino porque Vargas, como es público y notorio, es hombre de firmes convicciones liberales; no caben pues sospechas de simpatías izquierdosas, ni en general ceguera ideológica, en su exposición del golpe de Estado que el Gobierno de Washington asestó en 1954 contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz. La amarga paradoja es que Árbenz era un admirador de Estados Unidos, intentaba instaurar en su país una democracia a la americana, crear una sólida clase media y arrancar de la miseria a la comunidad indígena. Pero estos intereses contradecían los de la poderosa United Fruit Company: para defender a la multinacional frutera, la CIA armó a una guerrilla de demócratas (o mercenarios) y los pertrechó con algunos aviones que bombardearon los cuarteles del ejército regular, que carecía de fuerza aérea, hasta obligarlo a rendirse. Sustituido en la presidencia por el espadón Armas Castillo, Árbenz tuvo que exiliarse en México (donde llevó una vida trágica hasta su muerte en 1971).

Eran los tiempos del senador McCarthy y su lucha paranoica contra los elementos soviéticos infiltrados en la sociedad nortemericana. Una falsaria pero competente campaña de publicidad intoxicó a la opinión pública en EEUU con la idea de que Árbenz era un peligroso agente comunista que actuaba a las órdenes de Moscú. La verdad es que Árbenz tenía el apoyo del muy minoritario partido comunista guatemalteco, que respaldaba su política agraria, pero él era un demócrata convencido.

Varias veces, en la campaña de promoción de su novela, Vargas Llosa ha subrayado que el golpe de la CIA en Guatemala fue trascendental: contribuyó decisivamente a radicalizar a los barbudos de Fidel Castro cuando tomaron el poder en Cuba; Castro y el Ché --este asistió en primera fila al golpe contra Árbenz-- extrajeron del caso Árbenz la conclusión de que debían someter al ejército para evitar cualquier golpe interno y ponerse bajo el paraguas de otra gran potencia, la URSS, para estar fieramente armados y conjurar golpes de la CIA. Y de los acontecimientos en Guatemala en 1954 se deriva en general la tragedia hispanoamericana de la segunda mitad del siglo XX.

Todo, o casi todo, lo que le ha sucedido a Evo Morales, cuyos ministros son acusados de “terroristas” por el gobierno de Áñez, me recuerda el caso brillante y valientemente denunciado en Tiempos recios. Desde luego, el autor de la novela no lo ve así, pues recientemente ha publicado en El País una de sus célebres Piedras de toque execrando a Morales y celebrando a Jeanine Áñez. Claro que también es reciente su celebración de Singapur: la conculcación sistemática de la democracia en la próspera isla-estado no le parece tan censurable como los intentos de Evo Morales de prolongar sus posibilidades de ser reelegido forzando más de lo decoroso la legislación.

Esto no reduce mi admiración por el novelista peruano y español. Naturalmente, valoro más su formidable obra literaria que algunos errores de opinión en asuntos de política.