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El bar Velódromo de Barcelona, donde se celebraban las reuniones del Club del Tebeo / BARCELONA TURISME

El club de los tebeos

Joan Navarro era el alma de una pandilla de aficionados a los cómic que atendían por Club de Amigos de la Historieta

07.10.2019 00:00 h.
6 min

A principios de los 70, cuando en Barcelona los tebeos no le importaban un rábano a nadie, yo estudiaba (es un decir) en la facultad de periodismo de la universidad de Bellaterra y albergaba la idea peregrina de que algún día me ganaría la vida como guionista de cómics. A medias con mi amigo de los escolapios Toni Olivé --quien, posteriormente, tocaría el bajo en el grupo pop Melodrama, que serían a Sisa lo que The Band a Dylan, o eso sostengo yo-- facturábamos unas historietas de dos o tres páginas inspiradas en el humor de René Goscinny, Marcel Gotlib y otras luminarias de la revista francesa Pilote (que Toni compraba con más frecuencia que un servidor, ya que la semanada de su padre era más generosa que la del mío). Nuestros ídolos del momento eran Ventura y Nieto, dos primos de Madrid que vivían en Cadaqués y se pegaban la vida padre, como pude comprobar un fin de semana que arrastré a mi socio, que se acababa de echar novia, hasta esa bella población del Ampurdán, no sin abundantes quejas por su parte. Como nos sentíamos muy solos e incomprendidos, pusimos un anuncio en el Star para buscar colegas con los que sacar un fanzine y de ese anuncio me salieron dos amigos para toda la vida, Ignacio Vidal-Folch y Joan Navarro.

En aquellos tiempos pleistocénicos, Navarro era el alma de una pandilla de aficionados a los cómic que atendían por Club de Amigos de la Historieta (aunque Joan a veces se refería a ellos, por diferencias de criterio, como Club de Amigos de Cualquier Historieta). No tardé mucho en sumarme a sus reuniones, que tenían lugar en el bar Velódromo de la calle Muntaner, famoso por sus mesas de billar, a las que acudía siempre en sus visitas a Barcelona mi tío Luís, funcionario madrileño del ministerio de la Vivienda. Puede que vistos desde fuera pareciésemos una pandilla de botarates infantiloides, pero yo me sentía allí en mi salsa: se valoraba mucho en aquella época encontrar gente con las mismas parafilias artísticas que uno. Navarro lideraba el sector moderno de la cuadrilla, pero lo que más abundaba eran los fans de los clásicos norteamericanos, personas cuya vida había cambiado a mejor gracias a Flash Gordon, El Príncipe Valiente o, en un caso, concreto, Supermán (el sector clásico lo comandaba el ínclito José María Delhom, funcionario civil de la administración militar que necesitaría un capítulo de esta serie para hacerle justicia, pero aún sigue vivo).

Ignacio no tardó en apuntarse a esas reuniones, cuyo volumen contribuimos a elevar a base de inflarnos a cervezas. El club publicaba un boletín y unos números especiales dedicados a un autor en particular: gracias a mi amistad con Navarro, Toni y yo pudimos dar a la imprenta un par de nuestras historietas, que leídas ahora dan vergüenza, pero en su momento nos parecían dignas de Ventura y Nieto o de Les dingodossiers de Goscinny y Gotlib. Fue mi primera obra publicada y aún recuerdo la alegría que experimenté al ver el tebeíto (que los del sector clásico no acogieron con tanto entusiasmo).

Eran unas reuniones ingenuas e inocentes, como las de esos pintores domingueros de los que hablaba Paolo Conte en una de sus canciones, los que van cumpliendo años, pero siguen teniendo la faccia di bambinoni. Creo que Ignacio y yo fuimos de los primeros en abandonarlas, pues no necesitábamos excusas para pimplar. Luego ya nos metimos con Navarro en la edición de cómic y aquello quedó como un recuerdo entre cutre y entrañable de lo solo que se sentía uno cuando nadie se tomaba los tebeos en serio. Nunca conseguí ganarme la vida como guionista, pero me lo pasé muy bien. Y aquellas reuniones un pelín absurdas de excéntricos modelo cada loco con su tema me vienen cíclicamente a la imaginación, aunque haga años que no se celebran y ya la hayan diñado varios de sus participantes.

Ahí empezó todo. ¿Todo qué? No lo sé muy bien, pero en el altillo del Velódromo uno atisbaba un futuro glorioso. ¿Qué más se podía pedir a los 18 años?

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