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Imagen de una portada antigua de 'El Víbora' / CG

Bryce y 'El Víbora'

Dejar de escribir es la muerte para un escritor, y un museo es un mausoleo para una revista que quiso ser portavoz de la contracultura

22.06.2019 23:38 h.
9 min

El mismo día que Bryce Echenique anuncia que no escribirá más libros, sea porque ya es mayor o sea porque considera que ya ha dicho todo lo que tenía que decir, se inaugura una exposición retrospectiva de El Víbora en el llamado Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC). Veo una relación entre estos dos pequeños acontecimientos. Dejar de escribir es la muerte para un escritor, y un museo es un mausoleo para una revista que quiso ser portavoz de la contracultura.

Pretendió ser tan antisistema que si la autoridad competente no lo hubiera evitado la revista se hubiera llamado Goma-3, en alusión al explosivo que ETA usaba para matar a la gente que no le gustaba. Cosas del editor, Berenguer, que fumaba muchos porros pero no era exactamente un angelote. Recuerdo que una vez –sería aproximadamente el año de la catapún-- yo estaba en la redacción, había ido a recoger a Gallardo para llevármelo a comer, y una chica que andaba por allí recogiendo firmas para un manifiesto contra la OTAN me pidió la mía. No sé si el aspecto jipioso de la chica o que sin conocerme me pidiera la firma me molestó, el caso es que le dije que nada de eso, que yo estaba, muy al contrario, a favor de la OTAN. La chica corrió a chivárselo a Berenguer, que salió de su despacho hecho un basilisco y me gritó: “¿Estás a favor de la OTAN? ¡Solo te faltaba esto!” Y en el paroxismo de la cólera añadió: “¡Ojalá cuando tiren la bomba atómica caiga sobre tu casa!”

Me detestaba, creo, porque yo postulaba desde Cairo la estética de la “línea clara”, que a él le parecía reaccionaria y burguesa y quizá fascista, y que encima le disputaba el mercado. Su maldición gitana de improbable cumplimiento no me asustó mucho, pero no la he olvidado, porque es rara y porque me reveló el fondo intolerante de aquel en principio simpático fumeta, y al hacerlo me ayudó en el proceso, que me llevaría varios años, de comprender que muy a menudo el progresismo no es sino un antifaz amable que se ponen las viejas miserias de siempre. Que es también lo que pienso de la literatura de Bryce. Para acabar con El Víbora, la revista sirvió para liberar vapor acumulado, para satisfacer simbólicamente las ansias transgresoras y libertarias de una generación, y acogió en sus páginas a algunos dibujantes de mérito, como Mariscal, Roger, Nazario, Max, Calonge, que falleció prematuramente, y el dúo de Gallardo y Mediavilla, geniales creadores de Makoki. (Contra lo que suele decir, Felipe Borrayo poco tuvo que ver, nunca tuvo talento salvo para montar años después con el mismo nombre una librería bastante turbia en la plaza San José Oriol) Alguna vez, pero pocas, El Víbora publicó también páginas de Vallés, que es de todos los citados y los no citados el más plenamente artista, el más auténticamente creador, el más raro y radical, como ya expliqué aquí el 31 de julio de 2016.

El Víbora era una revista muy sexualizada. Recuerdo a un dibujante que firmaba “Pons” y hacía historietas muy trabajadas sobre colegialas lascivas en un internado. (También murió prematuramente) Nada tiene de extraño que cuando la revista dejó de ser el negocio que había sido, o que hubiera podido ser, Berenguer lanzase otra publicación, ésta ya de carácter puramente porno, muy bien pensada, que aún se encuentra en los kioscos de las Ramblas, creo. Esto demuestra que como empresario no era tan negado  como algunos pensábamos.

Ahora, El Víbora en el museo. ¿Por qué no?... Por el tono de estos párrafos creo que se nota que mi simpatía por aquella revista no es desmesurada. De ella me desagrada, en el recuerdo, lo que me desagrada en la escritura de Bryce: esa autocomplaciente impostación de la libertad y el progresismo. Bryce cayó en el descrédito cuando lo pillaron plagiando artículos de prensa; pero compensa esa deshonestidad, francamente fea en un escritor que debería respetarse a si mismo y a sus colegas, el hecho de que fuera amigo de Ribeyro y en el prólogo a la antología de relatos de Ribeyro, Silvio en el Rosedal, contase una de las visitas que le rindió en su piso de París, creo que en la place du Tertre. Como es notorio, Ribeyro era un fumador empedernido. En un momento determinado salió al balcón y viendo a sus pies la plaza llena de sindicalistas que celebraban una manifestación, le preguntó a Bryce:

--¿Qué hace toda esa gente en mi cenicero?

Al margen de la gratitud por esa anécdota, abomino de la literatura de Bryce. Siempre la misma historia supuestamente graciosa del escritor bohemio, torpe, enamoradizo e irresponsable. Lo último que leí de él fue una novela cuyo héroe, huésped en casa de unos burgueses limeños, liga con la criada y están enamoradísimos… pero al final no se la lleva a vivir con él a París porque no tiene cultura y cómo se la iba a presentar a sus amigos escritores. Recuerdo una escena de sus memorias: habla de Cuba, cuenta que a él el régimen le trataba muy bien, le cambiaron la dentadura casi gratis, le cedieron una casa estupenda, le pusieron de amante a una capitana del Ejército muy simpática… Todo lo aceptaba encantado, y claro, de los horrores del castrismo ni se enteraba.

Así son los intelectuales irresponsables, los niños eternos, siempre en las nubes. Salen a pescar en un yate Fidel Castro y Felipe González, con García Márquez y Bryce. Gabo aspira a que en el curso de la excursión su amigo Fidel y Felipe traben amistad. Ya en alta mar, Castro le pide a González que controle un poco a la prensa española, que le critica mucho. Felipe se saca el habano de la boca y le responde irritado que él no se dedica a controlar a los periodistas, porque España es una democracia y hay libertad de prensa. Castro replica enfadado. Viendo venir la bronca, Gabo, muy alarmado, le dice a Bryce: “¡Haz algo! ¡Lo que sea! ¡Haz alguna gracia!” Y Bryce se pone a contar chistes y a bailar flamenco y hacer, en fin, el payaso, hasta que las sonrisas vuelven a los rostros de los dos gobernantes. Lo más asombroso de esta anécdota es que la cuente, como si tuviera gracia, él mismo y no su peor enemigo.