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Imagen del cine Boliche de Barcelona / Comedia

Cómo jugar borracho a los bolos

Languideció a finales de los 80 y cerró en 1993. Me refiero al Boliche, situado en el número 508 de la Diagonal. Hoy en día es un cine

19.08.2019 00:17 h.
5 min

Ahora es un cine que proyecta películas en versión original subtitulada, pero se fundó en 1953 como bolera. Durante los años ochenta fue un bar (en la parte superior del local) y una bolera (en la parte inferior). Lo frecuenté mucho durante esa época, cuando era lugar de encuentro obligado para jóvenes modernos que estaban a punto de irse a Nueva York o acababan de volver de allá y lo recuerdo con sumo cariño. Empezó a languidecer a finales de la década y acabo chapando en 1993. Me refiero al Boliche, situado en el número 508 de la Diagonal, casi tocando a Tuset.

No sé quién tuvo la brillante idea de emborrachar al personal en la planta de arriba para que luego pasaran a la de abajo a poner en peligro la vida de los que jugaban sobrios, pero les aseguro que la cosa tenía su gracia. Por regla general, los de arriba -que habíamos venido a lo que habíamos venido- no frecuentábamos a los de abajo, a no ser que alguien -yo mismo, sin ir más lejos- anunciara desde lo alto de su torrija que podría ser divertido echar una partidita a los bolos. Uno ya tenía cierta experiencia en jugar al billar americano bajo los efectos del alcohol, pero con los bolos no era exactamente lo mismo: lo máximo que te puede pasar frente a una mesa de billar es rajar el tapete con el taco o lanzar la bola a cierta distancia, pero las posibilidades de que ésta le abra la cabeza a alguien son escasas. En los bolos, el beodo se pone en peligro a sí mismo y a quienes le rodean (a no ser que formes parte del selecto círculo de amistades de The Dude, el protagonista de El gran Lebowski). El infeliz del carril de al lado, concretamente, puede recibir en la chola el impacto de una bola que pesa lo suyo. De acuerdo, el dipsómano apuntaba a los bolos, pero a veces se le disparaba el proyectil hacia donde no era. Me extraña que la autoridad competente no tomara cartas en el asunto, ya que la convivencia entre el alcohol y los bolos podía llegar a ser muy complicada.

La más elemental prudencia aconsejaba elegir entre la planta de arriba y la de abajo, pero algunos insensatos dados a las epifanías inoportunas, como un servidor de ustedes, aspiraban a lo mejor de ambos mundos. Creo que hubiese salido más a cuenta para la salud de todos los presentes instalar unos autos de choque en el sótano, pero parece que no se le ocurrió a nadie.

El Boliche de mi juventud estaba instalado en la Casa Coll Portabella -donde ahora está el cine-, un edificio de 1913 desde cuyo principal supervisó Franco el Desfile de la Victoria de 1939. Catorce años después se inauguraba la bolera, que no visité jamás hasta que se convirtió en un centro de esparcimiento y delirio para los moderniquis. Lo recuerdo como un bar muy iluminado, carente de la habitual penumbra de esa clase de sitios, y lleno de una alegre muchachada que le daba a la priva como si no hubiese un mañana. Estaba tan acostumbrado a echar allí las noches que, cuando vino a actuar a Barcelona el gran John Foxx -del que yo era un rendido admirador desde que ejercía de líder del grupo Ultravox, con el que grabó tres discos espléndidos (sobre todo el segundo, Ha Ha Ha) antes de que lo sustituyera Midge Ure, hombre que sirve para un barrido y para un fregado y que lo mismo heredaba un grupo como Ultravox que le fabricaba un disco al posturitas de Steve Strange, que en paz descanse (Strange, no Ure)- y hubo que escoger un decorado para hacerle unas fotos para El Noticiero Universal -diario delirante del que ya les hablaré en una próxima ocasión-, lo cité en el Boliche. No sé qué tenía que ver el gélido tecnopop de nuestro hombre con los bolos, pero así le funcionaba a uno la cabeza en aquellos tiempos: supongo que era como situar en casa a un admirado desconocido.

Boliche nunca partió la pana por sus copas o por su interiorismo, pero atrajo a un montón de gente que me caía bien durante unos cuantos años. Los que faltaban para cambiar de abrevadero o, en mi caso, para considerar la posibilidad de alejarme de la bebida.