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Imagen de un póster de Batman y Robin como el que se vendía en el Bazar del Póster / CG

El Bazar del Póster

La tienda del pasaje Arcadia te traía a tu ciudad algo de lo que habías oído hablar, pero no habías podido ver con tus propios ojos

23.06.2019 23:38 h.
6 min

 A partir de cierta edad, tener la casa llena de pósteres puede ser una señal evidente de que:

              1/ Eres un pelagatos al que no le llega el presupuesto para comprar cuadros o grabados.

              2/ Te has quedado atrapado en la adolescencia y matarías a quién intentara robarte tu poster de Black Sabbath.

Los carteles de películas son otra cosa. Como la chaqueta con estampado animal de Nicholas Cage en Corazón salvaje, son la afirmación de tu personalidad intransferible. Eso sí, no es lo mismo colgar en la pared el cartel de Taxi driver que el de Los albóndigas en remojo. Pero el patetismo más extremo se da en esos progres recalcitrantes que, a su avanzada edad, aún conservan los pósteres del Guernica de Picasso o del célebre retrato que el fotógrafo Korda le hizo en su momento al Che Guevara. Salvemos, eso sí, pósteres de tono seminal: los retratos psicodélicos de los Beatles a cargo de Richard Avedon o un cartel original del festival de Woodstock tienen una excusa histórica y social muy notable. Lo que se ha perdido para siempre es el elemento de novedad estética que aportó el poster en los años sesenta, cuando el póster era, insisto, el equivalente gráfico de la chaqueta de Nicholas Cage en la película de David Lynch.

En los años sesenta, en Barcelona, todo lo estimulante venía de fuera. Por eso se acogió con gran gozo la inauguración en 1967 -¡el verano del amor, por lo menos para los habitantes de San Francisco que echaban el día en la esquina de las calles Ashbury y Heights!- de El Bazar del Póster, situado en el hoy decadente pasaje Arcadia, un conducto que llevaba de Balmes a Tuset y en el que también estaba el Stork Club, bar que no pude disfrutar por cuestiones de edad, pero sobre el que Jaime Gil de Biedma escribió unos párrafos de lo más elegíacos. El Bazar del Póster te traía a tu ciudad algo de lo que habías oído hablar, pero no habías podido ver con tus propios ojos. Lamentablemente para mí, tenía once o doce años, los pósteres costaban la friolera de cincuenta pesetas (o más) y mis padres consideraban que mi cuarto -que compartía con mi hermano mayor- no era exactamente un sitio en el que podía hacer lo que me saliera del níspero, sino una habitación puesta a mi disposición en régimen de realquilado mental.

Entre una cosa y otra, me pasé bastante tiempo visitando el Bazar del Póster sin comprar nada, aunque había uno del señor Spock de Star Trek que me tenía el corazón robado. Abundaban los retratos en blanco y negro de grandes estrellas de Hollywood: Valentino, Marilyn Monroe, James Dean, Marlon Brando subido a su moto en Salvaje…No recuerdo cómo fue, ni cuando, que acabé comprando tres pósteres largamente anhelados: el de Marilyn, el de Batman y el de Robin (yo era fan de Batman por una cuestión de fe, ya que tanto los tebeos como la serie de televisión los había prohibido don Manuel Fraga por motivos que nunca he conseguido entender). Supongo que mi padre rebajó la disciplina en el cuarto que nos había cedido generosamente a mi hermano y a mí. Y que debí ahorrar lo que pude de mi magra semanada. En cualquier caso, una cosa tan tonta como ver, nada más despertar, a Marilyn y a Batman me llenaba de gozo (lástima que una vomitona imprevista dejara el poster del pobre Robin hecho unos zorros).

Los pósteres se popularizaron y extendieron por toda España, hasta que empezaron a pasar de moda y solo se salvaron el Guernica y el Che Guevara. El Bazar del Póster, espacio pionero que yo visitaba como si fuese la fábrica de chocolate de Willy Wonka, palmó a finales de los años noventa por falta de clientela. A mí se me ha quedado grabado en la memoria como un pasaporte a la modernidad y una muestra de que, como decía Dylan, los tiempos estaban cambiando.

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