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El presidente de Òmnium Cultural, Xavier Antich / EFE

Xavier Antich

4 min

Solidaridad nepotista

Hace semanas que la presidente del parlamento catalán, Laura Borràs, va llorando por las esquinas y quejándose de que sufre una persecución implacable por parte del perverso estado español porque es independentista (obviando que la justicia no se interesa por ella a causa de sus ideas políticas, sino de sus supuestas corruptelas en el reparto de dinero público cuando estaba al frente del ILC). Las jeremiadas de Borràs ya no impresionan a nadie y casi nadie se la cree, pero siempre hay alguien dispuesto a seguirle la corriente y darle la razón en su lucha a lo David contra Goliat. El último en sumarse a la solidaridad con la señora Borràs ha sido el nuevo mandamás de Òmnium, Xavier Antich (La Seu d´Urgell, 1962), quien también considera que la pobre sufre una persecución intolerable por parte de la justicia española. Sin esperar a ver cómo acaba todo el asunto, Antich da muestras de su fe indepe y se alinea con la presunta corrupta. Supongo que esa actitud viene con el cargo (comes with the territory, que dicen los gringos), pero yo diría que hay algo más que los une, que es su tendencia al nepotismo, algo que debe hermanar lo suyo y que, sin duda, altera un tanto la percepción que puedas tener de las cosas.

Si a Borràs se le acusa de fraccionar contratos para favorecer económicamente a un amiguete, debemos recordar que, hace un tiempo, Antich estuvo al frente del suplemento cultural de La Vanguardia porque su hermano Pepe (actualmente al frente de El Nacional) era el director del diario y a él no se le conocían más méritos para ocupar tan distinguida posición. Una vez al mando, en la línea de la Geganta del Pi, se dedicó a elaborar unos abstrusos temas centrales en colaboración con una serie de sicofantes convencidos de que a quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija. Se suponía que era filósofo, aunque apenas tenía (ni tiene) obra publicada, y lo único claramente demostrable era que daba clases en la universidad de Girona. Lo que se le daba (y se le da) muy bien era medrar: de ahí su presidencia de la Fundació Tapies y ahora de Òmnium Cultural. De hecho, es posible que su obra sea tan escasa porque el medro apenas le permite disfrutar de su tiempo libre. Cuando el conde de Godó se deshizo de su hermano Pepe, Xavier no tardó mucho en desaparecer de La Vanguardia junto a sus leales. No sabemos cómo le irá en Òmnium, pero lo cierto es que hereda la entidad en un punto álgido gracias al iluminado Jordi Cuixart y que, gracias al progresivo desinfle del prusés, no lo va a tener fácil para devolverle la gloria a la institución. Si no lo consigue, tranquilos, que ya se las apañará para colocarse en otra parte, aunque eso le aleje cada vez más de su (se supone) imprescindible contribución a la filosofía universal.

De momento, nuestro hombre cierra filas con Laura Borràs y hace como que se traga lo de la persecución judicial por motivos ideológicos. Parafraseando a Agustín González en La escopeta nacional, podríamos decir que lo que el nepotismo ha unido en la tierra, ni Dios lo separa en el cielo.