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La ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto / EP

Reyes Maroto

5 min

Los volcanes son muy guays

Hay países en que los políticos dimiten porque los han pillado intentando librarse de pagar una multa de tráfico o porque han hecho unas declaraciones imperdonables. Como ustedes ya sabrán, España no forma parte de esa lista de naciones híper éticas: aquí a los atorrantes hay que echarlos a patadas porque nunca se van por su propio pie, como se demuestra a diario en el caso de Irene Montero y tantos ministros, ministrillos, subsecretarios y subsecretarillos (por no hablar de funcionarios autonómicos o municipales) que meten la pata sin tasa y se quedan tan anchos.

La última en sumarse a la colección de torpes boquirrotos ha sido nuestra flamante ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto (Medina del Campo, Valladolid,1973) con sus alegres comentarios sobre la catástrofe volcánica de la isla canaria de La Palma. Ya saben, lo de que la erupción es un espectáculo muy bonito que hará las delicias de propios y extraños y hasta contribuirá al esplendor de la industria turística en la zona. La buena mujer soltaba estas burradas mientras la lava ponía en peligro a los habitantes de La Palma y se llevaba por delante sus casas, sus tierras y todas sus posesiones. Y ahí sigue, al frente del ministerio.

Lo peor de todo es que, en su delirio optimista, le asistía la razón. Gente que estaba de visita en La Palma decidía de repente alargar su estancia para no perderse el espectáculo, y abundaban los visitantes que se plantaban en la isla para presenciar semejante maravilla de la naturaleza: el turismo de corte morboso había encontrado un nuevo y fascinante destino.

Hace unas semanas se hizo brevemente célebre (los famosos quince minutos de fama de los que hablaba Andy Warhol) un majadero británico que se plantó en Kabul dos días antes de que entraran los talibanes y que acabó colándose en un avión militar para salir pitando de allí al ver cómo se las gastaban los de la barba (soplándole el sitio a alguien que, probablemente, lo necesitaba más). El hombre practicaba eso que ha dado en llamarse danger tourism (turismo del peligro) y que es el último escalón, hasta ahora, del turismo morboso (que empezó por las visitas guiadas al barrio londinense de Whitechapel para revivir los asesinatos de Jack el Destripador y continuó entre ciertos aficionados a recorrer los campos de concentración nazis).

Puede que la señora Maroto pensara en él al imaginar la clase de turismo que podía atraer la erupción de volcán de La Palma, pero la salida de pata de banco fue de aúpa y muy adecuada para presentar la dimisión segundos después de la emisión del exabrupto tontiloco. Puede que en otro país –uno de esos donde se castigan los intentos de no abonar las multas de tráfico-, alguien como Maroto hubiera dimitido, pero en España ya se sabe que no dimite nadie. Aquí el lema vital de los políticos es el mismo del personaje de la zarzuela El rey que rabió: “¡Todo menos dimitir!”.

 ¿Y por qué debería hacerlo?, se pregunta tal vez la señora Maroto- ¡Pero si tengo la isla llena de espectadores del dolor ajeno que hacen gasto y aportan riqueza a los que no han sido afectados por la ira del volcán! A fin de cuentas, como dice el refrán popular, el muerto al hoyo y el vivo al bollo.