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El cantante Raphael en su último concierto en Madrid / EP

Raphael

5 min

Digan lo que digan

Durante mi ya lejana adolescencia, Rafael Martos --en arte Raphael-- me daba una grima considerable. Como buen jovenzuelo rockero, nada quería saber yo de aquella cataplasma franquista porque había crecido con los Beatles y los Stones y solo quería escuchar a David Bowie, Lou Reed y Roxy Music. Con el paso del tiempo, el hombre dejó de molestarme tanto y, como en el caso de Camilo Sesto, hasta acabé viéndole la gracia. Me sedujo con la explicación que encontró para el alcoholismo que le propició un trasplante de hígado --la funesta presencia del minibar en las habitaciones de hotel, donde se recluía tras los conciertos por ser poco dado al jolgorio postconcierto y se veía obligado, para combatir el aburrimiento, a beberse todo lo que había en la neverita: no es que le gustara pimplar, es que el maldito mueble le obligaba a hacerlo-- y me fascinó con su capacidad para reírse de sí mismo en la película de Alex de la Iglesia Mi gran noche.

Los hay que siguen considerándole esa cataplasma franquista de la que les hablaba al principio y que estallaron en cólera hace unos días cuando a nuestro hombre se le ocurrió celebrar un par de conciertos en Madrid para celebrar sus sesenta años en el escenario, aunque la audiencia estaba reducida al 30% de la capacidad del local y se mantuvieron todas las medidas de salud necesarias. Es indudable que Raphael es como el dinosaurio de Monterroso y que, cuando te despiertas, siempre sigue ahí, ¿pero hasta cuando nos vamos a pasar la vida recordándole sus fotos con la Collares y su nula contribución a la lucha contra el franquismo? ¿No es mejor aceptar su presencia inmortal como aceptamos la de Keith Richards y celebrar su resistencia y su bombástica manera de ir por el mundo y, sobre todo, por los escenarios?

Como ésa ha sido mi opción, pasé la Nochebuena en solitario y viendo en Movistar el documental Raphael. Desde Rusia con amor, que recomiendo encarecidamente a mis lectores. La cosa va sobre los años de gloria del cantante en la Unión Soviética y sirve, entre otras cosas, para comprobar que la propaganda franquista de los años 70 no mentía en este caso: Raphael lo petaba en Rusia desde el incomprensible estreno de su primera película, Digan lo que digan, que fue vista por cuarenta millones de ruskis; entre ellos, la ministra de cultura de la época, principal factótum de las visitas triunfales del cantante a la URSS entre 1971 y 1978, año en que, muerta la ministra y sustituida por alguien más proclive al talento local, la administración le hizo la pascua al niño de Linares, que no pudo volver hasta finales de los 90, cuando le seguía esperando lo mejor del documental, las raphaelistas de San Petersburgo, unas señoras adorables que hasta aprendieron español para entender las melodramáticas coplas de Manuel Alejandro.

Lo que son las cosas: resulta que la cataplasma franquista fue en Rusia la respuesta de occidente a la aburrida juventud soviética, que veía en él libertad, romanticismo y --prohibidos los Beatles y los Stones-- hasta un poco de rebeldía adolescente. Para las autoridades, además, se trataba de un buen chico inofensivo que, aunque procedente de la capital europea del facherío, no se metía en política ni en España ni en Rusia y no traía consigo ningún mensaje subversivo: las chicas se lo pasaban bien con él y él no les metía ideas peligrosas en la cabeza. Un negocio ideal para todas las partes implicadas: el artista, sus fans y las autoridades del régimen. Por su parte, Raphael se retrataba con el Caudillo, con Leónidas Breznev y con el doctor Fumanchú, si se lo llegan a presentar.

Pese al tiempo y los minibares, Raphael sigue ahí. Y las raphaelistas de San Petersburgo también. Yo sigo adorando a Bowie, Reed y Ferry, pero ya no le detesto y hasta le aprecio un poco. El tiempo y un poco de sentido del humor, que todo lo curan.