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Raimon posa en el patio de butacas del Palau de la Música / EUROPA PRESS

Raimon

4 min

El grito octogenario

Raimon ha cumplido ochenta años y ha vuelto a decir que no es independentista. Hasta el momento, nadie se le ha lanzado al cuello, nada que ver con lo que le sucedió hace unos pocos años, cuando dijo lo mismo por primera vez y se le echó encima el sector más feroz del inframundo lazi. Hay que reconocer que no fue un ataque masivo y que se redujo al colectivo más juvenil del movimiento nacional: los demás se mantuvieron callados porque Raimon es, más allá de su interés social, político y musical, una figura que concita el respeto generalizado. Yo mismo, que nunca fui fan suyo --de joven me parecía rancio, en comparación con mis admirados Jaume Sisa o Pau Riba--, le he ido cogiendo aprecio con el tiempo, tanto como persona como por su eficaz austeridad a la hora de componer, actividad en la que siempre ha esquivado cuidadosamente el melodrama y la cursilería consustanciales a, pongamos por caso, Lluís Llach. De hecho, la mera existencia del llorón de Verges me ha ayudado mucho a respetar a Raimon. Y lo mismo me ha ocurrido, por poner un ejemplo que no tiene mucho que ver con el cantautor de Játiva, con Manu Chao: desde que descubrí a Macaco, echo de menos y valoro más al autor de Clandestino.

Cuando el primer conato de linchamiento, recuerdo que me llamó la atención la ira juvenil de gente que no había podido entender lo que significó Raimon durante el franquismo. No estoy diciendo que el señor Pelegero acelerara el deceso del Caudillo, tampoco hay que exagerar, pero, dentro de sus limitaciones, se jugó más o menos el pellejo y vivió un sinfín de prohibiciones y demás situaciones incómodas. Prohibiciones y situaciones que los chavales que lo ponían verde --algunos lo conminaban a volverse a Valencia-- no habían sufrido jamás en sus propias y bien cebadas carnes. Para ellos, aquel señor mayor era un enemigo más de Cataluña y como tal había que tratarle. Los lazis maduros y provectos, como les decía, no se sumaron al linchamiento, tal vez porque hasta a ellos les parecía excesivo meterse con alguien como Raimon. No dudo que, mentalmente, tacharon su nombre de la lista de Héroes de la Patria, pero, de puertas afuera, hicieron como si no lo hubieran oído.

Pero es indudable que se tomó nota. No he visto felicitaciones oficiales por la entrada del cantante en su novena década de vida y hasta la prensa ha dado la noticia un poco de tapadillo. Supongo que a Raimon le da igual, pues para algo viene, según propia confesión, de un silencio antiguo y muy largo y lleva cultivando su propio silencio desde los recitales de despedida en el Palau de hace unos años. Lo bueno de una carrera tan larga y satisfactoria es que no te debe quitar el sueño lo que opinen de ti cuatro maulets criados por el Club Súper 3. En la Cataluña catalana, Raimon está situado más allá del bien y del mal, algo que cuesta mucho de conseguir en esta sociedad nuestra, que es de natural mezquina y miserable. Otros no han tenido tanta suerte: a Juan Marsé se le sigue insultando después de muerto por haber escrito en el idioma equivocado, y algunos --pienso en Cirlot, Barral o Gil de Biedma-- es como si no hubiesen existido pisado nunca la catalana tierra.