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La cantante italiana Raffaella Carrà / EFE
Examen a los protagonistas de la semana

Raffaella Carrà

5 min

Resulta que era la más grande

Hay que ver lo equivocado que puede llegar a estar uno: toda la vida convencido de que Raffaella Carrà era una señora muy simpática y salerosa que presentaba programas de variedades un pelín cutres y cantaba tonterías en su italiano natal y en algo parecido al español, pero a menudo indescifrable, y ahora que se ha muerto descubro que era una artista como la copa de un pino, un icono gay (del sector que disfruta con el festival de Eurovisión, intuyo), una pionera del empoderamiento femenino, una fiel votante del partido comunista y no sé cuántas cosas más que, en mi simpleza y mi burricie, se me habían pasado por alto. A raíz del fallecimiento (que lamento, ya que a mí también me caía bien, pero como me puede caer bien Georgie Dann), me he tragado infinidad de artículos que la ponían por las nubes y he visto su foto en la portada de El País y de otros diarios de relumbrón. Me he sentido, francamente, como si se hubiera muerto de nuevo Marlene Dietrich o Madame Curie. Y me pregunto cómo no me di cuenta en su momento de la relevancia cultural y social de la señora Carrà, a quien consideraba, parece que equivocadamente, una entertainer inofensiva, pero no especialmente interesante. Hay que ver lo zafio e insensible que puede ser uno.

Yo a Raffaela Carrà la descubrí de pequeño en un cine de barrio gracias a una película de guerra protagonizada por Frank Sinatra que se titulaba El coronel Von Ryan. Por esa época, detecté una foto suya en una de las revistas del corazón que compraba mi madre y en la que aparecía en bikini, de cuya parte inferior le asomaba la rajita del culo, que era muy mona y constituyó uno de mis primeros encuentros con eso que Machado llamaba la Otredad (no me pregunten por qué, pero esa imagen se me quedó grabada durante años). Ya de adolescente, me harté de verla en programas cutres de televisión, diciendo cosas como que para hacer el amor había que venir al sur o que a hacer el amor más vale que empieces tú. No le hice mucho caso porque yo estaba en lo que estaba: el punk rock, la new wave y cosas así: cuando estás pendiente de Elvis Costello y los Talking Heads, te tomas a risa obras maestras como las que interpretaba la Carrà. Mea culpa, mea grandísima culpa.

Creo que la única canción de la Carrà que he disfrutado realmente es A far l´amore comincia tú, pero no porque me gustara, sino porque el remix a cargo del francés Bob Sinclair que coló Sorrentino en la secuencia de la fiesta de cumpleaños del gran Jep Gambardella en La gran belleza tenía un empaque que le daba a las imágenes y al contenido una nueva dimensión (el hombre hasta añadió compases que no estaban en el original, eliminando fragmentos que le sobraban). Cuando murió la Carrà, pensé que la había diñado otro personaje de mi infancia, adolescencia y juventud, pero, para entendernos, no fue como cuando palmó David Bowie, que me tiré una semana meditabundo y escuchando sus discos en bucle. Realmente, hay que ver lo insensible que puedo llegar a ser. Pero ahora que he visto la luz, solo me queda pedir a El País y a todos los articulistas para los que Raffaella fue tan importante que tengan presente a mi querido Georgie Dann cuando doble la servilleta, momento que, sinceramente, espero que se demore todo lo que haga falta. Si Raffaella fue el fenómeno socio-musical que ahora todos dicen que es, no sé por qué el hombre de La barbacoa debería verse ninguneado.

Nada más lejos de mi intención que ejercer de aguafiestas, se lo aseguro, pero es que hay cosas que me superan.