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El tenista español, Rafael Nadal, tras ganar su 13º Roland Garros / EP
Examen a los protagonistas de la semana

Rafa Nadal

5 min

El único que cumple

En un país como el nuestro, en el que nada funciona como debería, Rafael Nadal Parera (Manacor, 1986) constituye una curiosa anomalía que suscita admiración y rechazo a partes iguales. A muchos nos parece un buen chico que ha tenido la suerte de hacerse millonario jugando al tenis y nos cae bien, pero también son legión los que lo detestan, lo envidian o lo consideran un facha, que es el insulto español de referencia cuando ya no sabes cómo ciscarte en alguien que te cae mal. Tras ganar la última edición del Roland Garros, los haters se pusieron las botas con él. Hasta hubo un tuitero demente que, antes del partido contra Djokovic, animaba a éste a derrotar al “fascista” de Nadal. Especialmente detestado por votantes de Podemos y catalanes independentistas, Rafa es, junto a Bertín Osborne, el objetivo favorito de quienes se autodefinen como “progresistas” o “antifascistas”. A mí me caen mejor estos dos personajes que quienes los aborrecen, pero supongo que eso me convierte también en facha.

Rafa Nadal solo se ha autoimpuesto una misión en la vida, que es ganar siempre al tenis, y hasta ahora va cumpliendo su objetivo. Se ha hecho rico, sí, pero a raquetazos, no timando a la gente o metiéndose en política, que últimamente viene a ser lo mismo. Parece que no es precisamente de izquierdas, que se siente muy español y que sigue con interés las andanzas futbolísticas del Real Madrid. Ninguna de estas cosas me parece especialmente grave, pero las tres son utilizadas en su contra por los que no lo soportan. Yo solo veo a un chaval agradable que hace bien su trabajo y que, en teoría, no debería molestar a nadie. Casado con su novia de toda la vida, no se le conoce ni un escándalo ni una salida de pata de banco. Igual es aburrido, pero eso tampoco es un delito.

Los haters de Rafa Nadal reaccionan ante sus éxitos como lo hacía el Pato Donald ante los de su primo suertudo, Narciso Bello, un hombre (perdón, un pato) al que todo le salía bien mientras Donald, a cargo de tres sobrinos extremadamente irritantes y sometido a la tiranía económica de su tío Gilito, pringaba constantemente. Yendo por la calle, a Donald solo le pasaban desgracias. En un paseo normal, Narciso Bello podía toparse con un buen fajo de billetes tirado en el suelo o con un collar de perlas asomando de un cubo de basura. Yo diría que Rafa Nadal es el Narciso Bello de muchos de mis compatriotas, que no le dejan pasar ni una: siempre gana, es millonario, su mujer le quiere y sus amigos lo aprecian… Motivos suficientes para desearle lo peor en un país en el que todo deja mucho que desear, pero nadie tiene la culpa de nada, ya que todos se consideran víctimas de extrañas conspiraciones que les han impedido desplegar todo su potencial. Así es como el pobre Rafa se ha convertido en una especie de muñequito de vudú al que utilizar de acerico para superar las más variadas frustraciones personales. Sí, estamos hablando de envidia pura y dura.

Pero Rafa no tiene la culpa de destacar por su maestría en la pista de tierra batida en un país en el que otros lo hacen por su incompetencia: un país en el que, desde la alcaldesa de Barcelona al rey emérito, pasando por gobiernos nacionales y autonómicos, nadie cumple dignamente con su labor. Admirarlo o denigrarlo ya depende del carácter de cada uno y de los horrores que arrastre su psique.