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El presidente catalán, Pere Aragonès, en el Club Siglo XXI en Madrid / EP

Pere Aragonès

5 min

Chiquito, pero matón

A falta de algo más consistente, el lazismo opta últimamente por la desobediencia (de boquilla, por lo menos). Aquí se desobedece todo. ¿Qué la Junta Electoral Central exige que se le retire el acta de diputado al cupaire Pau Juvillà por un quítame allá esos lazos amarillos a destiempo? ¡A desobedecer! ¿Qué el Tribunal Superior de Justicia dice que hay que cumplir con el 25% de las clases en castellano? ¡A desobedecer de nuevo! Ya sabemos que se trata de maniobras dilatorias con poco recorrido y que el gobiernillo acabará cumpliendo las órdenes para evitar la inhabilitación o el talego, pero, mientras tanto, se entregan en cuerpo y alma a unas tareas cansinas que a ellos les llenan de orgullo y a los demás nos aburren mortalmente.

En este sainete ridículo, el papel de desobediente en jefe le ha caído al presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, que insiste en su cruzada por el monolingüismo mientras deja que Laura Borrás se encargue del caso Juvillà y que Anna Erra, la alcaldesa de Vic, se entretenga prohibiendo carpas, manifestaciones y tenderetes de todos los partidos que le caen mal. Son como un grupito de críos permanentemente cabreados porque los mayores no les dejan salirse con la suya. Y su actitud solo se explica por su evidente incomprensión de la realidad, que, como no les gusta, prefieren sustituirla por una ficción más de su agrado según la cual Cataluña es una nación independiente (y si aún no lo es, tranquilos, que no falta mucho, solo hay que implementar la voluntad popular de octubre del 17 y bla, bla, bla). Como se sienten soberanos, aunque no lo son, consideran una grosería improcedente que la JEC pretenda obligarles a deshacerse del ínclito Juvillà o que la justicia española imponga un 25% de clases en castellano. Grosería a la que hay que responder con la desobediencia, confiando en hacerla durar lo suficiente para no hacer demasiado el ridículo.

Como mandamás del gobiernillo, Aragonés está obligado a sobreactuar más que sus secuaces, y para ello se ve obligado a abrir nuevos frentes, como el de los juegos olímpicos de invierno de 2030, de los que aún no sabemos si está a favor o en contra o se la soplan o qué (¡que hable el territorio, pero no en su conjunto, solo los sitios con nieve y no todos!). Siempre esquivando la realidad, Aragonès hace como que esos juegos son una iniciativa nacional catalana, aunque Cataluña no sea una nación y la cuestión dependa del Comité Olímpico Español, que aboga por la participación de Aragón en la iniciativa. Según Canadell, ¡otra lumbrera lazi!, lo suyo es aceptar las componendas con el gobierno español porque, total, como todo el mundo sabe, Cataluña será independiente en 2030. Y el petitó de Pineda las acepta a su manera porque no tiene las cosas tan claras como el copiloto de Puchi, pero se encarga de basurear a Aragón, relegando a nuestros vecinos a la noble tarea de arrimar el hombro sin esperar reconocimiento ni agradecimiento algunos, y consigue que el presidente Lambán le dé plantón en una reunión que tenían apalabrada.

Vivir en una fantasía es lo que tiene. Y actuar como independiente antes de una independencia que ni está ni se la espera solo puede conducir a la melancolía y a la amargura. De ahí el recurso inútil a la desobediencia de boquilla. Y a la insistencia en mostrarse más desagradable y antipático cada día. Es como si los lazis pensaran que, mientras aguardan esa independencia que la mitad de la población no desea, solo queda el recurso de caer mal a la mayor cantidad de gente posible, ofendiendo por el camino a quien se ponga a tiro y poniendo a prueba la paciencia de la justicia española. Gracias a Aragonès y su pandilla, el resto de España nos detesta o pasa de nosotros. Y uno ya no sabe cuál de las dos cosas es peor.