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Francisco Nicolás Gómez Iglesias, apodado 'El pequeño Nicolás' / EP
Examen a los protagonistas de la semana

El pequeño Nicolás

5 min

Al trullo por cansino

Me sorprende que aún no se haya rodado un largometraje de ficción o un documental sobre Francisco Nicolás Gómez Iglesias, más conocido como El Pequeño Nicolás, al que le acaban de caer tres años de talego por usurpación de personalidad y algunos cargos más que podrían resumirse en un concepto ampliamente extendido por el mundo: la pesadez. La condena podría haber sido mayor (le pedían siete años a la sombra), pero ha obrado en su favor la muy extendida teoría de que el muchacho no acaba de estar en sus cabales. Fantasioso, quimérico, ambicioso y, según propia confesión, movido por sus ansias de “darse el pisto”, este peculiar mangante adolescente ha disfrutado de una carrera criminal bastante larga y, sobre todo, precoz. Cuando los chavales de su edad iban por ahí dándole patadas a un balón en patios y plazas, él ya se había enjaretado el blazer y se dejaba ver con figurones del PP en todo tipo de actos a los que, la mayoría de las veces, no había sido invitado.

Como el Zelig de la película homónima de Woody Allen, el pequeño Nicolás ha aparecido retratado junto a personajes que pintaron algo en España y gozó de la protección de alguno de ellos (que no estaría de más que se explicase). Durante varios años, estuvo paseando el blazer, la sonrisa bobalicona y las ideas de bombero por España, llegando en cierta ocasión a hacerse pasar por enviado especial del rey Juan Carlos I. A la derechona le hacía gracia su desfachatez y parecía considerar que, total, el chaval tampoco hacía daño a nadie con sus delirios de grandeza. Los demás veíamos a un adolescente con pinta de badulaque y aires de haberse llevado en el colegio todas las collejas habidas y por haber y nos pasmábamos ante su jeta superlativa, que tampoco sabíamos muy bien a dónde le llevaba, pues todo lo que hacía era de un burdo que parece mentira que llegara a colar en varias ocasiones (como así fue).

Y ni siquiera llegó a caernos demasiado mal. A mí, a veces, hasta me enternecía verle con aquel blazer que le iba grande y la corbata estrangulándole. Nunca entendí cómo sus maniobras, burdas y pueriles, consiguieron despertar el interés de algunos políticos, pero también es verdad que éstos nunca me parecieron de una brillantez excesiva. Como el medio amigo de la canción de Peret, el pequeño Nicolás se tiró unos años enredant per aquí, enredant per allà, y hasta llegó a echarse una novia muy vistosa cuyo nombre he olvidado, pero no así su alias, La Pechotes, que no me dirán que no resulta sugerente. No le duró mucho porque la chica debió de darse cuenta de cómo las gastaba el perla que la cortejaba, pero no es del todo descartable que nuestro hombre llegara a mojar en alguna ocasión.

Con el paso del tiempo, Nicolás dejó de ser un muchacho extravagante cuyas apariciones en prensa y televisión se seguían con cierto interés por parte de la gente que, como yo, siente una atracción natural por las mentes perturbadas, para convertirse en un pelmazo sin gracia y un cansino que empezaba a militar con entusiasmo en el mundo de la delincuencia alternativa. Teniendo en cuenta que parece faltarle una patata para el kilo, tal vez habría sido mejor internarlo en un sanatorio psiquiátrico en vez de enviarlo al trullo, de donde puede salir mucho peor de lo que entró. Si es que llega a entrar, que todavía está por ver. Si así es, le recomiendo que siga el ejemplo de Arturo Fernández en Truhanes y se busque un Paco Rabal que lo proteja: ese modelo de delincuente absurdo no suele caer bien entre los galeotes de presidio, gente grosera incapaz de apreciar las hechuras de un buen blazer.