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La vidente Pepita Vilallonga, en una de sus intervenciones televisivas

Pepita Vilallonga

4 min

Tímame, pero no me mates

Los videntes son gente de poco fiar, pero da igual porque casi nadie se los toma en serio. Incluso quienes recurren a ellos, lo hacen más por curiosidad y ganas de entretenimiento que porque confíen en sus supuestos poderes adivinatorios. Los conocemos incluso los que nunca hemos puesto los pies en sus gabinetes, pues es fácil cruzárselos de noche, en algún canal cutre de televisión, ofreciéndose a arreglarte la vida a cambio de un dinerillo. Algunos hasta se hacen famosos –pensemos en Rappel o en la aterradora Aramís Fuster–t y llegan a aparecer en programas de canales más o menos serios, pero la mayoría se conforma con una clientela de su ciudad (o de su barrio) a la que saca los cuartos a cambio de informaciones difusas que no comprometen a nada. Desde el punto de vista legal, su actividad se considera parte de la picaresca nacional, una engañifa inofensiva, un timo consensuado entre vidente y cliente al que no hay que conceder excesiva importancia. O sea, que para que te caigan dos años y medio de trullo y te revoquen la licencia de tarotista, tienes que haberte excedido mucho en el ejercicio de tus funciones. Eso es lo que le ha pasado a la psíquica catalana Pepita Vilallonga, cuyos poderes de anticipación no debían ser gran cosa si no vio venir el fregado en el que se estaba metiendo cuando le dio por anunciar a una clienta una muerte inminente si no le soltaba una pasta gansa (se habla de 31.000 euros) por unos conjuros que la alejaran un poco del desastre que se cernía sobre ella.

La clienta en cuestión empezó llamándola al número que aparecía en pantalla y cuando quiso darse cuenta ya la estaban dando por muerta y la estaban extorsionando para retrasar todo lo posible tan funesta posibilidad. Ante noticias semejantes, me temo que lo normal es tomárselas a chufla (aunque seas el juez que las dirime) y llegar a la conclusión de que en el caso en cuestión se habían juntado el hambre y las ganas de comer: es decir, una engañabobos y una boba dispuesta a dejarse engañar. Así suele ser en la mayoría de intercambios entre el adivino medio y su clientela. Pero aquí a la adivina le faltó vista: su cliente atravesaba una depresión devastadora, se mostraba especialmente frágil y fomentaba, sin pretenderlo, que alguien abusara de su confianza y utilizara sus miedos para lucrarse. Que es, al parecer, lo que hizo la señora Vilallonga. Si estás deprimido y además te dicen que la vas a diñar (tú y tus mascotas, Pepita estaba en todo), el hundimiento debe ser total y justifica cualquier actitud que, en otra situación, te parecería absurda. Por ejemplo, soltarle treinta mil tronchos a una cantamañanas que ha dejado de tener presente la fina línea que separa la picaresca paranormal de la extorsión amedrentadora.

Todo parece indicar que Pepita Vilallonga se pasó de lista y de mala persona. La avaricia rompe el saco, dice el refrán. Y no sé si llegará a cumplir la condena que le ha sido impuesta, pero, en cualquier caso, se va a tener que buscar un nuevo trabajo. A ser posible, uno que no incluya el trato con el público.