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Imagen de Pablo Hasel dentro de la cárcel de Lleida publicada por el diputado de la CUP en el Congreso Albert Botran / @ALBERTBOTRAN (TWITTER)

Pablo Hasél

7 min

El olvidado

Se queja Pablo Hasél (Pablo Rivadulla Duró, Lérida, 1988) de que se han olvidado de él Podemos y los partidos independentistas catalanes, que le prometieron cierto apoyo, o eso dice él, cuando lo metieron en la cárcel por no darse el piro como su colega Valtónyc, que actualmente ejerce de bufón en la corte de Puchi I en Waterloo y se pega la vida padre. Ambos estaban acusados de las mismas cosas, pero solo pringó uno de ellos, el rapero ilerdense, a quien solo le quedó el consuelo de los disturbios que ocasionó su encierro y que fueron tan contundentes como breves: durante unos días, Barcelona ardió por las protestas; al cabo de un tiempo, se acabaron las manifestaciones y la quema de contenedores y todo el mundo pareció olvidarse del rapero enjaulado, algo que, lo reconozco, nunca acabé de entender muy bien en ninguna de sus fases: no entendí ni las protestas por un charlatán antisistema que decía dedicarse a la música ni la súbita desaparición de sus seguidores, que igual se pasaron en masa a C. Tangana.

El señor Hasél entró en el trullo con el puño en alto y convertido en una especie de ídolo de la insumisión y, ya puestos, del prusés, aunque yo diría que este asunto nunca le quitó el sueño, ya que él, como todos sabemos, está por el triunfo del comunismo, la eliminación de la monarquía y la reivindicación del terrorismo progresista. Digamos a su favor que, a diferencia de su compadre mallorquín (y de Puigdemont), nuestro hombre dio la cara y pechó con la condena que le había caído, lo cual le honra, aunque todos sabemos que el principal peligro de dar la cara es que te la partan, como así ha sido en este caso.

Una vez enjaulado, el hombre se ha mantenido en su usual actitud farruca, negándose a participar en nada que le pueda acortar la condena y quejándose ahora de que se le quiere lavar el cerebro (aunque yo me temo que eso, o lo que Pablito tenga en su lugar, no hay quien lo lave). Además del lavado de cerebro, el señor Hasél denuncia la actitud abandonista con respecto a su augusta persona que ha detectado en ERC, Junts x Cat, Podemos y los Comunes, partidos que, ciertamente, no parecen haberlo incluido en su lista de prioridades. De lo que me extraña que no se queje, pues no le faltan motivos, es del abandono sufrido a manos de sus hooligans, los que armaron la de Dios es Cristo cuando lo encerraron y un buen día se fueron a casa, se olvidaron del rapero y si te he visto, no me acuerdo.

A mí me sorprende más esta actitud, digamos, popular, que el supuesto desinterés de los partidos políticos, pues ya sabemos que éstos siempre van a sus cosas y son muy dados a utilizar a alguien cuando les conviene para luego dejar que se pudra por ahí. Me pregunto dónde estaban los fans de Hasél cuando a éste le aumentaron la condena una vez ya entre rejas y nadie se dio por enterado. “Se va a liar otra buena”, me dije en su momento, pero no pasó nada de nada, fue como si el personaje hubiera pasado de moda y ya no interesara a nadie (igual no ando tan desencaminado con el trasvase de fans de Pablo a C. Tangana).

Las más recientes quejas de nuestro héroe tampoco han tenido una gran repercusión. Han sido recogidas por algunos diarios, sobre todo los digitales subvencionados por el régimen catalibán, y eso ha sido prácticamente todo. Juraría que los partidos políticos señalados como pusilánimes por el rapero ni se han tomado la molestia de contestarle. Si no me equivoco, al desafortunado Hasél aún le puede caer más tiempo a la sombra, pues está pendiente de alguna actividad judicial más. Si se tratara de alguien mínimamente razonable, podríamos hacernos la ilusión de que una larga temporada entre rejas contribuyera a su redención, pero me temo que estamos ante un ser irredimible que saldrá de la cárcel peor de lo que entró.

Y es que Pablo no está contra el fascismo, sino contra el mundo y, probablemente, contra sí mismo. Los fanáticos y energúmenos suelen ser huesos duros de roer para cualquier sistema penitenciario. Y si además tienen un código moral, como es el caso que nos ocupa, por delirante que nos parezca, no hay quien les defienda porque nunca se apuntan a ningún club político que pueda salir en su defensa. Valtónyc tuvo la astucia de hacerse pasar por independentista de los países catalanes y así accedió a la sopa boba de Waterloo, pero Hasél es tan purista, tan reacio a las componendas, tan sincero (en su burricie) que es incapaz de apuntarse a nada que le convenga mínimamente. En cierta medida, recuerda a Ignatius J. Reilly, el protagonista de La conjura de los necios, y no solo en el físico orondo. Ignatius decía que él solo se trataba con sus iguales y que, como éstos no existían, no se trataba con nadie. Teoría que nuestro Pablo podría suscribir al completo.