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Oriol Mitjà, epidemiólogo / EUROPA PRESS
Examen a los protagonistas de la semana

Oriol Mitjà

4 min

Que alguien me eche algo

Curioso caso el del epidemiólogo Oriol Mitjà. Durante unas pocas semanas fue la gran esperanza blanca (y catalana) en la lucha contra el coronavirus. Luego cayó en desgracia (o eso parece) y dejó de salir en TV3, de ser alabado por los nacionalistas y de ser tenido en cuenta a la hora de plantear estrategias contra la pandemia. ¿Qué pasó con Oriol Mitjà? ¿No se mostró lo suficientemente independentista? ¿Cometió el descaro de salir a la calle sin el lazo amarillo en la solapa? Con lo bien encaminado que iba… Y es que nadie dudaba de sus conocimientos, pero había algo en él que permitía intuir ciertas tendencias al arribismo social, que ahora se confirman cuando, después de poner a caer de un burro a la Administración catalana en general y a la consejera de Salud en particular, declara su admiración por lo bien que lo está haciendo Isabel Díaz Ayuso y manifiesta su disponibilidad para trasladarse a Madrid a echar una mano con el bicho.

Nadie nos ha explicado qué pasó exactamente entre Mitjà​ y el gobiernillo lazi, pero es evidente que, en algún momento de la relación, se enfrió el romance o se les rompió el amor de tanto usarlo, como a Rocío Jurado. De echar pestes contra el Gobierno central y alabar al regional, Mitjà pasó a poner verde a este y a quejarse de que nadie le hacía ni puñetero caso. En la nostra prescindieron de sus servicios y lo sustituyeron por otros expertos en el tema. Pero no hubo explicaciones de ningún tipo. Por no haber, no hubo ni intentos lazis de desprestigiarlo. Simplemente, se olvidaron de él, confiando en que la fiel infantería del prusés hiciera lo propio. A todo esto, Mitjà se resistía y siempre conseguía que lo entrevistaran en alguna parte para poder seguir defendiéndose y atacando a sus antiguos padrinos. Ahora parece haber tirado la toalla en Cataluña y pide trabajo en Madrid de manera no muy sutil. No hay que descartar que su nacionalismo se haya debilitado un tanto después de ver cómo se lo montan sus administradores.

Oriol Mitjà, ¿para qué negarlo?, nos sigue pareciendo un poco trepilla, pero hasta en esa actividad los hay con suerte y sin ella: toda la que le falta al pobre Mitjà la disfruta el hábil Trapero. Puede que el problema de Mitjà sea que se le nota en exceso el ego, mientras que Trapero domina la falsa humildad. En cualquier caso, el segundo puede dar lecciones al primero de adecuación a las circunstancias y es quien parece haber entendido mejor ese clásico de Dale Carnegie que es Cómo ganar amigos e influir en la sociedad.